2011: lo bueno, lo malo y lo feo

JAVIER DE HAEDO

Apelo a una variante del título del famoso film del género "spaghetti western" protagonizado por Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef en 1966, para titular esta nota referida al balance del año pasado.

Cuando está por finalizar enero, ya se cuenta con datos para todos los indicadores al menos hasta el mes de septiembre y por lo tanto los dados ya están echados en materia de números. Pero el balance trasciende los números y alcanza a ámbitos más allá de la macroeconomía. Allá vamos.

LO BUENO. Se completó el noveno año consecutivo de crecimiento económico y en los últimos ocho, se creció a una tasa anual media del 6,0%. La tasa de desempleo en el país urbano se ubicó en su mínimo histórico, 6,3% y la tasa de empleo fue en la misma área de 60,1%, también récord histórico.

Volvió a haber avances en materia de pobreza e indigencia, las que se acercan a los registros mínimos, de mediados de los noventa. Pero hay que tener en cuenta que parte del avance se ha dado sobre la base de subsidios, cuyo diseño deja dudas acerca de los incentivos que genera en materia de búsqueda de trabajo y capacitación.

A pesar de las condiciones adversas a nivel mundial, Uruguay volvió a generar muy buenas noticias en materia de deuda pública, con indicadores que siguieron mejorando y con acciones muy positivas, como el blindaje financiero logrado en el actual contexto y como la emisión en diciembre del bono global 2028 en unidades indexadas, con la mayor parte de cuyo producido se cancelaron anticipadamente deudas en moneda extranjera, atenuándose una vez más la vulnerabilidad generada por la dolarización de la deuda y su perfil de vencimientos. Los actuales indicadores de deuda son mejores que los de finales de los noventa, cuando las calificadoras de riesgo habían asignado al país el "grado de inversión".

También debe destacarse que las exportaciones volvieron a crecer, superando los US$ 12 mil millones de la mano de extraordinarios precios de exportación, a pesar de problemas de oferta en el principal rubro, el cárnico. El mayor crecimiento se dio en los servicios, que representan el 26% de las exportaciones.

La inversión extranjera directa se mantuvo en niveles muy elevados, equivalentes a 5,5% del PIB. Por último, y más allá de los indicadores, el país salió de la lista gris de la OCDE. Uruguay ha continuado realizando progresos significativos en materia de transparencia de sus instituciones tributarias y financieras.

LO MALO. Igual que en los últimos años, lo malo está en la inconsistencia que existe entre las principales políticas económicas y en los resultados que esas inconsistencias generan: alta inflación, deterioro de la cuenta corriente de la balanza de pagos, atraso cambiario y déficit fiscal.

Tras ocho años creciendo en promedio al 6% anual y con el desempleo en un nivel real casi nulo, es evidente que el PIB está en un nivel superior al de la tendencia de largo plazo. Podemos discrepar acerca de cuánto, pero es obvio que estamos en la cresta de la ola, como antes lo estuvimos, a principios de los ochenta y a finales de los noventa. Sin embargo, seguimos teniendo déficit fiscal (algo más de 1% del PIB), cuando en situaciones excepcionales como la actual debería haber superávit. Es decir que todos los ingresos extraordinarios provenientes de la situación actual se gastan, y aún más.

Además de tener al gasto público volando, también crecen significativamente los salarios en términos reales. Esto no debería sorprender en un contexto de fuerte crecimiento económico y casi nula desocupación, y con el propósito deliberado de subir los mínimos más que los promedios, pero sí llama la atención que los salarios privados terminen subiendo 15,0% (12 meses a noviembre) cuando se pretende que la inflación sea de 5%.

En ese contexto, el BCU pretende contrarrestar el carácter expansivo de las otras políticas y mantiene una estructura de tasas de interés de locura, siguiendo un libreto diseñado para economías con moneda propia. Lejos de incentivar al ahorro, incentiva el gasto en bienes importados y en viajes, de la mano de un dólar barato, que es lo único que consigue para que el IPC no suba tanto.

El mantenimiento de la inflación en tasas muy altas y muy por encima de los objetivos trazados (8,6% en 2011) y el deterioro de la cuenta corriente de la balanza de pagos (déficit de 2,4% del PIB en los 12 meses a septiembre), son consecuencia de la aplicación conjunta de políticas que en definitiva coinciden en ser expansivas.

Solo el dólar por debajo de lo debido y con expectativas de menor valor aún por las tasas de interés extraordinarias, ayuda a que al IPC no le vaya todavía peor. Pero esto se paga con atraso cambiario y al cierre de 2011 estamos muy lejos de los niveles históricos de competitividad con fuera de la región, en apenas dos tercios de aquel nivel.

LO FEO. Pasó otro año sin que pasara gran cosa en aquellas áreas en las cuales las reformas necesarias siguen sin concretarse: en el caso de la infraestructura, hasta ahora, mucho ruido y pocas nueces; en el caso de la reforma del sector público, nada; y en la educación, se pretende avanzar con el freno de mano puesto y los resultados van marcha atrás.

El común denominador a muchos de los bloqueos está en la fuerza de las corporaciones de trabajadores y en el divorcio existente en el seno de la coalición de gobierno. Quedan la sensación de "lucro cesante" por no poder avanzar en tiempos de viento a favor, y la duda acerca de qué nos ocurrirá cuando ese viento cambie de sentido.

El divorcio en el seno del gobierno tiene varias versiones: entre partidos que integran el gobierno; entre el Presidente y su partido; y en el propio equipo económico. En este último caso, 2011, producto de movidas e incorporaciones, dejó en evidencia la existencia de dos equipos.

Ello ocurrió en particular, pero no solo, en el ámbito impositivo donde se propusieron recurrentemente iniciativas contrarias al enfoque del MEF y al del espíritu de la reforma de 2007. Los cambios en el sistema tributario que se han concretado son incoherentes con los principios de aquella reforma y han sido vistos, correctamente, como un desmentido a los compromisos asumidos por el Presidente en los dos eventos del Conrad, hasta el extremo que ya no podrá haber un tercero.

Muchas de las propuestas que surgen del gobierno son producto de una ideología retrógrada, de ignorancia e intereses corporativos y resultan en una constante improvisación, empezando por la cima del gobierno.

Si hubo un caso emblemático de todo este embrollo, él se dio en 2011 en el caso Aratirí. Y ahí el desconcierto generado por la improvisación trascendió al gobierno e incluyó a la oposición.

Finalmente, en el caso de la política exterior, ya no hay política de país, cuando ella era uno de los aspectos característicos de nuestro país y uno de los fundamentos de nuestro prestigio. Se prioriza un Mercosur que formalmente ya no existe, desde que no hay arancel externo común.

Quizá el problema de fondo está en la lógica del Presidente, quien ha dicho que prefiere convencer que mandar. Y al final del día, no manda, porque no quiere, ni convence, porque no puede. No convence ni adentro, donde las corporaciones mandan y donde hasta sus propias huestes se oponen a sus iniciativas, como en el caso de la educación, ni afuera, donde las presidentas vecinas obtienen lo que quieren y no conceden lo que queremos nosotros, ni siquiera aquello a lo que tenemos derecho.

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