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Miguel Ángel Flores no será médico pero reconoce las virtudes de una vida sana. Para él, la medicina "es una conexión con los demás". Así es que con su manómetro y su estetoscopio va tomándole la presión a la gente que encuentra por estas calles de Montevideo, tan lejanas del Perú que lo vio nacer.
TOMER URWICZ
Control de presión?", repite cada vez que se cruza con alguien. Errante por la ciudad y conocedor de los secretos que esconde el asfalto, Miguel Ángel Flores Pacheco busca recaudar 500 pesos al día; y, de paso, alguna charlita.
Trabaja de domingo a domingo de lo que más sabe: controlar la presión arterial. Así se la pasa 12 horas por día con su manómetro y estetoscopio en mano, entrando a los bares y ofreciendo la toma "a voluntad".
Camina con un recorrido prefijado que va desde el Mercado del Puerto hasta la Intendencia de Montevideo. Su principal arma es la paciencia para cazar algún viejito con nanas.
Miguel Ángel le saca lustre a las calles, bajo lluvia o sol. Desgasta sus sandalias de suela de goma que recubren unas medias grises y sudorosas. Debajo de una campera negra con agujeros se escapa una túnica blanca algo manchada. Una tela fatigada por el maltrato, la falta de limpieza, el deambular por los rincones más oscuros, más próxima al oficio de carnicero que de médico.
Es que él jamás se recibió de doctor. Le faltan algunos exámenes y a sus 53 años aún conserva la ilusión de graduarse. Se presenta como médico y se lo cree. Aconseja a quien lo consulta y lleva su celular prendido por cualquier "emergencia".
Made in Perú. "Vos sos del enemigo, sos pachequista", recuerda Miguel Ángel que le decían los comunistas cuando llegó a Uruguay en alusión a su segundo apellido. Cuando muchos se escapaban, en 1978, él llegaba con las ganas de estudiar medicina. Vino por recomendación de unos amigos uruguayos de Lima, ciudad en la que nació.
En los primeros meses se las ingenió para trabajar de vendedor ambulante y así costear los estudios. Vendió empanadas y tortas fritas en medio de un paisaje urbano, gris, asfixiante. Muy distinta era su vida en Tarma, a 400 kilómetros al este de Lima, donde transcurrió su infancia, rodeado por el río que da nombre a la localidad.
Cada tanto su padre le mandaba "algún pesito" que con esfuerzo conseguía trabajando en las minas. La madre cuidaba del hogar y de sus hijos; siete en total. Miguel Ángel era el tercero más grande, y el segundo de los cuatro varones.
Desde pequeño tuvo la curiosidad de examinar, de tocar todo y poner a prueba. "Cuando mamá traía algún animalito del mercado yo lo abría y le sacaba los órganos", recuerda. Hoy, de grande, entiende que la medicina es otra cosa: "Una conexión con los demás".
Uno de sus hermanos comprende la medicina de forma más ortodoxa. Llegó a Uruguay luego que Miguel Ángel y se recibió antes. En realidad se recibió, porque Miguel Ángel aún no lo consiguió. Cuando falleció su padre, un trauma lo obligó a abandonar la carrera y hacer de la calle su hogar.
"No, gracias". Así le responde la mayoría de los clientes de los bares. Cuando lo ven arrimarse a su mesa levantan la cabeza, dejan al costado la concentración del diario o el plato de comida, lo miran, esperan el instante que dura la frase categórica: "¿Control de presión?", y en seguida lanzan la respuesta.
La gente no parece incomodarse, pero se los nota desconfiados. "Con la salud no se juega", parece ser el pensamiento, y prefieren probarse en una farmacia o enfermería. Miguel Ángel tampoco se vende demasiado, es tímido y de frases cortas.
Tranquilo y sereno camina por el Centro y la Ciudad Vieja. Tiene tiempo para todo, hasta se deja invitar a comer por algún viejo cliente. "Esos días ya no me tengo que cocinar", cuenta. Con la plata vive justo. Le da para el alquiler de su pensión en la calle Cerrito y Maciel. No tiene grandes lujos, pero tampoco demasiadas expectativas.
"Salgo con la meta de alcanzar los 500 pesos", explica. A veces los supera y equipara a los días que no. Cada vez tiene más clientes fijos que lo esperan sentados en los boliches, pero también su recorrido es más corto: "Los años me pesan", agrega.
Se cansa y se le nota. Lo demuestra en su forma de caminar, en las largas horas de charla que puede permanecer sentado junto a un compañero de la calle. Se le marca en los callos de las manos y en su sonrisa que rara vez reluce.
El encuentro. Tiene los rasgos típicamente indígenas, los ojos entrecerrados, la piel mulata, los pómulos inflados y el pelo canoso que esconde un antiguo negro azabache. Por eso, y por la túnica, se lo puede reconocer cuando se lo encuentra en Plaza Independencia.
Llega 23 minutos tarde, con la calma de quien no tiene que dar explicaciones. Un apretón de manos: "¿Empezamos?" El volumen de su voz es muy bajo y por momentos se hace imposible entenderlo con el murmullo de la ciudad.
Está distendido. De entrada aclara que no tiene las intenciones de llegar a los 500 pesos. "De última ayer trabajé bien", aclara.
Miguel Ángel conoce todos los bares, su clientela y a qué hora le conviene pasar. En algunos boliches entra confianzudo, dominando el territorio. En otros, prefiere pedir permiso a algún encargado antes de pasar mesa por mesa.
Sabe los atajos para llegar a cada lugar lo antes posible. "Por acá", indica en un semáforo donde la inercia incitaba a cruzar la calle. "Primero vamos al de allá", señala al Palacio Salvo. Se trata de un club de veteranos que se reúnen en el segundo piso del histórico edificio. Nadie aceptó controlarse la presión.
sin estrés. Sigue la marcha. Él camina tan lento que el huracán humano en 18 de Julio parece llevarlo consigo, para no volver. Cada tanto se frena y saluda. En unas tres cuadras conversa con seis personas. Algunos viejos conocidos le piden consejo. Otros parecen saludarlo por verlo siempre caminando, pero no parecen conocer quién es Miguel Ángel.
Deambula por los aspectos más banales que puede tener una conversación (el estado del tiempo, los paros sindicales, cómo está jugando Peñarol), hasta que dio en la tecla.
-Tengo tiempo para pensar.
-¿Lo qué?
-Acá nadie me apura, explica.
Él vive fascinado. Siente que Uruguay es un país tranquilo. Cuesta creerle. El porcentaje de adultos hipertensos en Uruguay es de los más altos de la región. Según la Sociedad Uruguaya de Hipertensión Arterial (SUHA), unos 800.000 adultos mayores de 18 años son hipertensos. La cifra coloca a la patología como uno de los principales factores de muerte.
Cuenta kilómetros. En la última encuesta realizada por el Ministerio de Salud Pública, en 2009 el 34% de los adultos mayores de 60 años tenía presión arterial alta. Miguel Ángel no entra en ese porcentaje. Y por más que diga que no se estresa, lo ayuda la genética, el comer una dieta reducida en sodio y la cantidad de horas que camina por día.
No sabe cuántos kilómetros recorre, lo único que tiene claro es que a las 12 del mediodía sale desde Ciudad Vieja y a medianoche regresa. Empieza la rutina a esa hora "porque la gente joven que trabaja en la mañana no se quiere tomar la presión". Y agrega: "A veces acepta alguna jovencita que se siente mal".
Él parece no agotarse; eso que sus piernas no van a ningún taller de mantenimiento. Como tampoco lo hace con su manómetro, que según los protocolos internacionales de medicina debe ser calibrado cada seis meses.
Pero su máquina no para. No sabe de feriados ni vacaciones. No tiene patrón y tampoco empleados. Es simplemente él, con su conocimiento, contra el mundo. Las calles son su oficina y la conversación con algún cliente su hora de descanso.
Quienes lo conocen hace tiempo tienen su teléfono particular, que está siempre encendido, atento a la llamada de quien necesita una atención en el hogar.
Delivery incluido. Le suena el celular. Quita del bolsillo derecho de la bata blanca un pequeño aparato gastado, que apenas vibraba, y atiende. Mira para todos lados y se aparta. Parecía esconder algo. Es que a los clientes hay que cuidarlos.
"Era una señora que está con unos problemitas, me pidió que la pase a visitar", cuenta dando por sentado que esa sería la forma de terminar el encuentro del día. Antes, la visita al último bar.
Es un auténtico bar. En el que venden grapa pura, faina de orillo y conservan la máquina de moler café. Adentro reina la soledad. Un tuboluz tintineante apostado en el centro de la sala apenas alumbra los cuadros que retratan un pasado que se fue. Un mozo frota un paño húmedo sobre una mesa que tenía la resaca de quien la ocupó. Al fondo, una persona mayor lee el diario. Un cocinero escucha unos tangos de una cantora mal sintonizada. Luego más nada. Es imposible zafar del olor a humedad, muy profundo. De ese que penetra en la piel, con su frío mojado, con sus hongos que pintan las paredes.
-¿Control de presión?
Nadie responde. Tan sólo un anciano del fondo atina a extender su mano y con una cara cómplice da a entender que no.
Al salir, dos muchachos toman una cerveza en una de las mesas linderas al bar, al aire libre.
-¿Control de presión?
-No, gracias.
Da cierta angustia. Pero al despedirse la clienta lo espera en su hogar, pronta para ser atendida. Un saludo final y lanza su reflexión.
"Tabaré me salvó la vida", dice mirando a los muchachos que tomaban la cerveza. Miguel Ángel entiende que el decreto aprobado por el expresidente de la República Tabaré Vázquez, en el que se prohíbe fumar en espacios públicos cerrados, fue su salvación. "Ya no tengo que tragar esa porquería cada vez que entro".
En Internet hay un dato más: el hombre de la calle tiene su espacio virtual.
HTA. La hipertensión arterial (HTA) es el nivel de presión sanguínea que puede producir una lesión cardiovascular en un paciente.
El precursor. En 1773 el inglés Stephen Hales realizó la primera medición de presión arterial.
Control. Los centros de salud deben tener equipamiento para controlar la presión arterial. La presidenta de la Sociedad Uruguaya de Hipertensión Arterial (SUHA), María del Carmen Fontáns, explica: "Dentro de las normas, todo aquel que sepa la técnica, practique la toma en buenas condiciones y con los aparatos en estado óptimo, es válido para el control".




