Sirenas de alta escuela

Las pioneras de la natación uruguaya evocan los tiempos de la "chata" de Neptuno y la piscina de Trouville, cuando pocas chicas se animaban a zambullirse en público.

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LUIS PRATS

Aquellas noches de verano siempre había tiempo para un chapuzón más en una bahía que entonces era calma y cristalina. Mientras las luces de la ciudad se veían lejanas, el tibio fulgor de la luna reflejaba estrellitas en las gotas de agua sobre la piel de las jóvenes nadadoras. Un brillo similar se adivina hoy en los ojos de Gloria, Gladys, María del Carmen y Edna cuando evocan esos momentos.

Las cuatro formaron parte del grupo de pioneras en la natación uruguaya, se formaron en las aguas heladas de la piscina abierta de Trouville o la bahía de Montevideo, y por años se mantuvieron en actividad en Neptuno, Biguá o la Asociación Cristiana de Jóvenes.

Los niños de la Ciudad Vieja de hace seis o siete décadas no aprendían a andar en bicicleta por los peligros del tránsito en las angostas calles del barrio, pero en cambio supieron nadar temprano, con el mar frente a su casa.

María del Carmen Requejo, de 82 años, fue una de las primeras nadadoras del país y tenía que competir contra los hombres porque no había otras. Gladys Gazzaneo, a quien todos llaman Beba, de 77, le perdió muy pronto el miedo al agua zambulléndose desde el muelle Guruyú, cercano a la escollera. Gloria D`Alessandro, hoy 78, no llegó a competir, pero nadó con ellas durante años. Edna Somogyi, con 76, es la única que mantiene su rutina de piscinas, aunque se queja: "En julio sólo nadé 24 mil metros, cuando llegué a nadar 33 mil metros en un mes".

Las tres primeras forman parte de un grupo, junto a Nelly Rodríguez, que mantiene una estrecha amistad desde que dieron sus primeras brazadas junto a la "chata" del Neptuno. Son además socias vitalicias del club. Edna las conoció en la convocatoria para esta entrevista, pero en los álbumes de fotos que llevaron se reconocieron ellas y otras amigas, integrantes del mundillo de la natación montevideana de los años `40 y `50, cuando era un deporte por lo menos exótico para mujeres.

"Empecé en 1943, compitiendo contra varones porque ninguna chica lo hacía. Corría contra ellos o integraba sus postas. Eso estaba mal visto, `¿como va a estar una muchacha haciendo natación?`, decían. Lo que pasa es que nací y crecí en Neptuno, iba con mi hermana, cuatro años menor, y era natural para mí", cuenta María del Carmen.

EL BARCO. Para quienes no conocen la historia de la natación uruguaya, la forma en que se integraban al círculo puede resultar más extraña todavía: nadaban en la bahía de Montevideo, al costado de la "chata" del club Neptuno. Así le llamaban a un viejo barco anclado cerca del muelle que daba al club, al que se llegaba en un bote a motor o de remos. Los novatos se colocaban un cinturón de cuero con una argolla y una cuerda para mantenerse unidos a la embarcación y a la vista de su profesor se lanzaban al agua (antes de eso se practicaba una especie de simulacro "en seco", acostados sobre un taburete, donde ensayaban la patada y la brazada). Cuando dominaban el estilo, ya se aventuraban libremente en las olas del Plata.

"Era un ritual ir a la `chata`, tanto que con mi esposo nunca pensamos en comprar una casa de veraneo. Cuando había agua salada en la bahía era perfecto, nos llamábamos para avisar y estábamos todas allí. El agua era cristalina, se veía pasar los peces. Además, tomábamos sol en la cubierta", relata Gloria.

"La gente de otros barrios decía: `¡cómo te dejan ir ahí!`. Pero a nuestras familias no les importaba porque sabían que íbamos a pasarlo bien. Como los pueblos que viven sobre el mar, había cultura de mar en la Ciudad Vieja. El mar, además de la recreación, daba de comer al barrio, a la gente pobre. La mayor parte de nosotros nos alimentamos con lisas, burriquetas, corvinas".

APOYO. "Soy del Guruyú y aprendí a nadar en el muelle del barrio, con mi hermano y mi perro. Me enseñaron mi padre y el fotógrafo Alfredo Testoni", evoca Beba. "Luego, mis padres tuvieron la cantina de la `chata`. Íbamos a las seis de la mañana a buscar el pan y el hielo. Luego llenábamos con las canillas del muelle varios tanques de agua para poner en la parte de arriba de la chata, que servían para bañarse. Mucha gente iba de saco y corbata, las mujeres de vestido y tacos, así impecables cruzaban en los botes, se cambiaban en la `chata` y se bañaban con esa agua. Cuando toda la gente se había ido, a eso de las once de la noche, nos poníamos a chivear con mi hermano y no nos podían sacar del agua".

Beba practicó caza submarina y una vez se anotó en un torneo en la isla Gorriti. "Me tocó participar a las seis de la tarde y el agua estaba helada. Entonces agarré una caña, me fui y saqué un cazón. Fui la única que sacó algo", dice, divertida. "Cuando yo competía, tenía todo el apoyo de la gente de Guruyú. Había algunos que corrían al lado de la piscina para acompañarme mientras yo iba nadando", agrega.

"Había mucha rivalidad entonces en natación o waterpolo entre Neptuno y Guruyú, Neptuno y Biguá. Estos eran como los clásicos entre Peñarol y Nacional. Claro, los del Biguá eran los de Pocitos...", explica María del Carmen.

Ella estuvo seleccionada para el Sudamericano de Buenos Aires, pero justo entonces se produjo un conflicto con Argentina y no viajó nadie. Edna, en tanto, participó en el Sudamericano de 1958 en la piscina de Trouville, pero salió quinta, le dio vergüenza y ya no quiso competir. "Hace poco corrí en Malvín y salí tercera, pero luego me enteré que había bajado todos los récords de mi categoría, que es de más de 70", comenta.

Como sigue en actividad, hace pesas y aparatos, algo inimaginable entonces. Las entrevistadas confiesan haber sido siempre menudas, lejos de los físicos grandes. casi geométricos, de las actuales competidoras.

SIRENAS. Todas eran devotas de Esther Williams, cuyas habilidades acuáticas eran el espectáculo central de sus películas, como Escuela de Sirenas. Edna recuerda que a la una de la tarde ya estaba esperando en la puerta del cine Metro el comienzo la primera función cada vez que llegaba uno de sus filmes.

Cuando clausuraron la piscina de Trouville y la cubrieron con tierra, ellas se sintieron felices, pese a los recuerdos de tantas carreras. "Era un caldo de cultivo de cualquier cosa. Para curarme una infección auditiva que me pesqué ahí me dieron seis inyecciones de penicilina con una aguja gruesa como este dedo", dice Edna. También María del Carmen sufrió problemas de oído.

Beba guarda un recuerdo más truculento: "Una vez en Trouville nadamos sin saberlo sobre un muerto. Como se llenaba con agua de mar y además se competía de noche, no se veía el fondo. Un muchacho epiléptico fue a nadar sin permiso y se ahogó. Después lo encontraron en la piscina donde habíamos nadado".

Las tormentas eran la gran amenaza para la `chata`. Cuando las nubes amenazantes se asomaban sobre el horizonte, los botes no daban abasto para devolver a tierra a los nadadores, aunque más de una vez las olas los hundían.

También las `chatas` sufrían el paso del tiempo, pero Neptuno la reemplazaba. Hubo tres embarcaciones diferentes a través de los años, hasta que un temporal en 1997 arrojó la última contra la costa y naufragó.

Gloria, que la frecuentó hasta ese año, todavía la extraña. Hoy la zona está cubierta por contenedores y el agua de la bahía ya no es cristalina, pero ellas se sienten las mismas muchachas que supieron doblegarla con sus brazadas.

CAFÉ Y UN POCO DE GRAPA

Por muchos años las nadadoras usaron trajes de baño de lana. María del Carmen los mandaba a confeccionar para que se le pegaran al cuerpo, porque de otra manera "embolsaban agua y pesaban una tonelada". Edna (la primera a la derecha en la foto grande) tuvo su primera malla de nylon en 1958: "Me la trajeron de Estados Unidos y venía con pollerita". A menudo competían de noche, al aire libre en Trouville. "Para sacarnos el frío nos esperaban con café y un poco de grapa. ¡Y éramos unas chiquilinas!", se ríe Beba.

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