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Pese a algunos avances, Montevideo dista de ser un sitio con accesibilidad para los discapacitados motrices. Cada 3 días se presenta por ello una denuncia en la IMM.
Cuando Daniel Fernández (60) va a ir a un lugar, antes tiene que pensar si allí podrá ingresar en su silla de ruedas y utilizar el baño. Si precisa un taxi, deberá armarse de paciencia para afrontar lo que casi seguramente culmine en un mal momento. Lo más probable es que el taxista lo lleve de mala gana, si es que detiene la marcha. Si Lourdes Porro (35) es quien va a salir, también deberá apelar a su paciencia: para ella, que se moviliza con bastones, viajar en ómnibus suele ser, entre la actitud de los trabajadores y de los pasajeros, una experiencia poco grata.
Montevideo ha avanzado en brindar facilidades a personas con discapacidad motriz. Es cierto. Pero también lo es que la situación actual dista del deber ser. De que sea la norma que los baños de lugares públicos estén adaptados para usuarios de silla de ruedas, que las veredas sean mayoritariamente transitables, que las rampas y los rebajes de cordón sean lo frecuente y no la excepción, que las personas les brinden un trato respetuoso. Sí, respetuoso.
"Si hubiera que ponerle una nota le pondría `Regular Bueno, continúe mejorando`. Montevideo, y el país en general, están encaminándose a desarrollar acciones, pero hay ausencia de una planificación estratégica", señala el arquitecto Nicolás Li Calzi, consultor y director de la firma Uruguay Accesible.
Cada tres días, en promedio, la Intendencia de Montevideo recibe una denuncia relativa a un problema de accesibilidad de discapacitados motrices. Fueron cien el último año, el doble que en 2010, dice Federico Lezama, coordinador ejecutivo de la Secretaría de Discapacidad.
La propia comuna incentiva esa práctica y pide a los montevideanos que efectúen los reclamos ante el municipio -a través de secrediscapacidad@gmail.com o del teléfono 1950 2036- y no ante empresas o privados, para así poder evaluar la situación y, si es necesario, observar o multar. Aún no cuentan con el dato de cuántas sanciones aplicaron en 2011.
"Hay ausencia de requerimientos básicos para que una persona con discapacidad se pueda trasladar", señala Li Calzi, experto en accesibilidad. En concreto, señala con preocupación la falta de baños públicos y la carencia, en la mayoría de los barrios de la ciudad, de los rebajes de cordón necesarios para que una persona que usa silla de ruedas pueda movilizarse de forma autónoma. Porque ahí radica el fondo del asunto: en que pueda trasladarse sin precisar ayuda, sin un "lazarillo humano" que los guíe.
"Como cualquiera de nosotros", resume el arquitecto, que apunta otras fallas: ausencia de pavimentos diferenciados para ciegos que indiquen, por ejemplo, que hay veredas rotas u objetos, como contadores de servicios públicos, con los que pueden chocarse y lastimarse.
Una vereda en mal estado puede hacer que Lourdes, que camina con bastones, se tambalee o incluso se caiga. Las baldosas flojas o rotas también son señaladas como un problema por Daniel, que en su silla de ruedas está acostumbrado a buscar garajes que le permitan cruzar la calle.
Las autoridades del municipio capitalino reconocen la situación. "El estado de las veredas es malo", dice Lezama, pero de inmediato agrega que "hay una definición clara de mejorarlo". La Intendencia decidió "comenzar por casa" y actualmente repara las calzadas que son su responsabilidad. Además, intimó a los organismos públicos a que hagan lo mismo y comenzó a pedirle a los vecinos de algunas avenidas que arreglen las que les corresponde. Y seguirán con el resto de la ciudad, anuncia el jerarca.
El estado de las veredas, motos estacionadas en la vía pública y cartelería no debidamente señalizada, suman, junto a casos de discriminación, la mitad de las denuncias que recibió el municipio en 2011. En los casos de discriminación el motivo se repite: boliches que no permiten ingresar a personas en silla de ruedas. Ante esos hechos, además de derivar el tema a la Comisión Honoraria contra el Racismo, la Xenofobia y toda otra forma de Discriminación, la administración encabezada por Ana Olivera decidió que hará público los casos para buscar una condena social.
DESPECTIVOS. Hasta hace un año, las personas que usaban silla de ruedas no podían subirse a un ómnibus. La situación comenzó a cambiar. La Intendencia resolvió que todos los buses que incorporen las empresas de transporte deben ser aptos para ser usados por discapacitados motrices.
Ahora son menos del 10% de la flota, pero más allá de la aún escasa cantidad surgieron otros problemas: falta de información sobre los horarios y las frecuencias de estos coches, y la actitud de trabajadores de transporte y de pasajeros, según concuerdan usuarios y autoridades municipales.
Por eso, no es de extrañar que los problemas en el transporte público concentren la mitad de las quejas que recibe el área de discapacidad de la comuna. Lourdes dice que "no hay respeto" a las personas que usan bastones al subirse a un ómnibus. "Me puede parar a media cuadra o muy sobre el cordón. Después la gente... yo subo y si el guarda no pide el asiento no me lo dan. La sociedad ya no ve por la otra persona, sea o no discapacitada", dice apenada.
Tan negativa ha sido la experiencia de Lourdes, que cuando puede concurre a la Organización Nacional Pro Laboral para Lisiados (Onlpi) en silla de ruedas. Así evita tener que subirse a un ómnibus, y además, practica mejorar su tiempo, ya que hace poco comenzó a competir en atletismo. Fue este enero la primera mujer en silla de ruedas en participar de la Corrida San Fernando en Punta del Este.
Desde la Intendencia, Lezama cuenta que las vivencias de Lourdes no son excepcionales. El trato inadecuado es, en ocasiones, más evidente. "Les hacen comentarios despectivos o les dicen frase del tipo `Encima que te tengo que llevar`, como si fueran una carga", resume.
Otra de las quejas más frecuentes es que si la unidad va llena no se detiene ante un discapacitado motriz. La comuna debió informar a las firmas que el lugar para silla de ruedas es preferencial: es decir, debe quedar libre para que puedan ocuparlo.
Daniel tiene la suerte de poder tener vehículo propio. Una suerte que se buscó a fuerza de sacrificio, cansado de los problemas para movilizarse de otra forma. Pero cuando debe recurrir a un taxi ya sabe que enfrentará problemas. "No paran. Nos ha pasado que dejo que lo pare otra persona (sin discapacidad) y cuando me ven se van", afirma resignado. "No son todos los casos, pero que pasa, pasa. A veces, si se detienen te dicen que mejor no subas, que la silla les va a rayar el auto, que tienen ocupada la valija y no tienen donde ponerla. Y si está lloviendo, olvidate. ¿A vos te parece que un tachero se va a bajar el día que llueve? No se baja", agrega.
Para Jorge Reyes, expresidente de Onlpi, el problema no es nuevo. Tiene 51 años y tres décadas en silla de ruedas a raíz de un accidente de tránsito. Además de las dificultades para transportarse, destaca los escasos baños de sitios de uso público a los que puede acceder con su silla. Lo mismo afirman otros consultados sobre los cines: algunos posibilitan ingresar a un discapacitado motriz pero en general pueden colocar la silla en la primera fila, el último lugar que elegirían si de ellos dependiera. Por eso, dice Jorge, los shoppings suelen ser el refugio: baños adaptados y un "montón de comodidades" para movilizarse.
La intendencia va a intimar a los vecinos DE TODOS LOS BARRIOS a arreglar sus veredas
Daniel Fernández (60) es un sobreviviente de la epidemia de polio que afectó a Uruguay en los `50. Primero debió usar bastones, y cuando tenía 30 años a raíz de un problema cardíaco se pasó a la silla de ruedas. Es casado, tiene una hija y un nieto. Siempre que busca ayuda, la consigue. "Uno es canchero", dice. El estado de las veredas, el no poder ingresar a baños y los taxis que no paran son los problemas que destaca.
Lourdes Porro tiene 35 años y hace cinco que debe movilizarse con bastones a raíz de sufrir poliartritis y osteonecrosis en la cadera. Podrían operarla, dice, pero le "dan largas". Practica deportes en silla de ruedas, especialmente basquetbol y atletismo. Respecto a su movilidad lo que más le preocupa son las veredas en mal estado y el trato que recibe en los ómnibus. "No hay respeto si venís en bastones", dice.
La discapacidad es toda limitación y restricción en la participación, que se origina en una deficiencia que afecta a una persona en forma permanente para desenvolverse en su vida cotidiana dentro de su entorno físico y social.
En Uruguay, según los últimos datos disponibles procesados por el Instituto Nacional de Estadísticas, la prevalencia de la discapacidad alcanza al 7,6% de la población total residente en hogares urbanos de localidades de 5.000 o más habitantes (aproximadamente un 82% de los habitantes del país).
En cifras absolutas la población con al menos una discapacidad se estima en 210.400 personas.
De ellos, la mayoría (31,3%) afirma tener dificultades para caminar, ya sea porque no puede hacerlo o tiene limitaciones para movilizarse. Son 65.000 personas.
En orden de importancia le siguen la ceguera o las limitaciones para ver y la sordera o dificultades para oír, que representan 25% y 13,6% respectivamente.
No hay diferencias significativas entre quienes viven en Montevideo y quienes residen en el interior. Sí hay más mujeres (8,2%) que hombres (7%).









