GABRIELA VAZ
Vos sos el papá?", le preguntan a veces a Uriel Stolovas alumnos del nivel inicial de un colegio, al verlo siempre al lado de un niño de cinco años al que llamaremos Nicolás. Pero muchas veces, antes de que llegue a contestar, algún otro compañerito de clase se le adelanta y le expone al curioso: "No, no es el papá. Es el amigo, que viene a ayudarlo para que se porte bien y haga las cosas bien". "En sus cabecitas de cinco años, ¡a veces lo explican mejor que yo!", se ríe Uriel, de 25 años, cuyo rol tiene un nombre menos coloquial que el que le dan los amigos de Nicolás, pero más ajustado a su tarea: acompañante terapéutico o "AT".
En Uruguay este concepto es relativamente nuevo, si bien la figura tiene larga data: siempre existieron roles similares, solo que "ahora está profesionalizado", indican los entendidos. "Lo que diferencia a un AT de un enfermero, un cuidador o una persona de un servicio de acompañantes es que se trata de alguien que tiene un objetivo terapéutico, por lo tanto necesita una formación académica. Está respaldado por un equipo interdisciplinario y se encarga de aterrizar una estrategia", explica la psicóloga Milagros Fernández, coordinadora de la Tecnicatura en Acompañamiento Terapéutico de la Facultad de Psicología de la Universidad Católica. Actualmente, añade Fernández, esta es la única institución que extiende un título de AT reconocido por el Ministerio de Educación y Cultura.
Allí estudió Uriel, quien además está a una tesis de recibirse de psicólogo. El acompañamiento de Nicolás -quien al ser tan pequeño no ha recibido un diagnóstico; tiene trastorno generalizado del desarrollo, que no afecta lo cognitivo pero debe trabajar aspectos sociales- es el segundo que realiza desde que comenzó la tecnicatura. Antes había hecho otros dos, pero hoy nota que en ese entonces le faltaban las herramientas necesarias para desempeñarse con eficacia. De hecho, en Uruguay, la mayoría de quienes trabajan como AT suelen ser estudiantes avanzados de Psicología, muchas veces sin formación específica en acompañamiento terapéutico.
Un AT puede permanecer con personas en muy diversas circunstancias: patologías psiquiátricas, trastornos alimentarios, adictos en rehabilitación, enfermedades degenerativas o trastornos generalizados del desarrollo (TGD). En estos últimos, motivo de la mayoría de las intervenciones de AT con niños, entran una amplia gama de alteraciones que afectan la conducta, las habilidades sociales y de comunicación.
Para cualquiera de estos casos, el AT es alguien que se inserta en la vida de su acompañado. En general, está en contacto con el psiquiatra, psicólogo o piscopedagogo, con quienes establece un objetivo y una estrategia para lograrlo. Luego, es quien se encarga de llevarla a cabo, dado que está junto a la persona varias horas al día o a la semana, en su casa, su trabajo o su lugar de estudio. Así está en contacto permanente con el sujeto, su entorno, su familia, su cotidianidad.
CASOS. Justamente uno de los mayores atractivos que encuentran los estudiantes de psicología en trabajar como AT -si bien cualquier persona con bachillerato completo puede cursar la tecnicatura- es tomar contacto diario con distintas patologías y empaparse de ellas.
Uriel cuenta que cuando se decidió a estudiar esta disciplina lo hizo "embalado por el fogueo, el trabajo conjunto con otros profesionales y la inserción laboral". Su primer caso profesionalizado fue acompañando a un hombre de 73 años que padecía Alzheimer. "Empecé cuando había terminado el primer año de la tecnicatura. Ya con las herramientas que había adquirido, me busqué un especialista en gerontología para que me supervisara, me sacara las dudas y para reunir material. Fui a su casa de tres a cuatro horas, cuatro días a la semana, durante un año y tres meses. Fue muy bueno, tengo una gran relación con la esposa, los hijos y los nietos de mi acompañado", comenta. Al preguntarle más en concreto sobre su labor diaria, detalla: "Mi función es trabajar habilidades sociales, control de impulsos, manejo de la ansiedad. En el caso del Alzheimer, en los primeros estadios trabajamos la estimulación cognitiva, la memoria, la atención. Eso puede ser a través de ejercicios o con lo cotidiano. Por ejemplo, ver fotos con él y pedirle que me cuente quién es cada uno; si no se acuerda, darle pistas. Otra función del AT en un caso así es `oxigenar el ambiente`, ya que con nuestra intervención la familia puede reacomodar su rutina y estar con el paciente desde otro lugar, más tranquilos".
De hecho, la relación y la empatía que el AT logre tanto con la familia como con el acompañado es fundamental para que el trabajo funcione. "Como en general la demanda viene de la familia, el vínculo con el acompañado es difícil. Por eso, en la primera etapa de trabajo, hay que ocuparse de la alianza terapéutica con el paciente. Y también con la familia, que si bien por un lado es quien contrata al AT, por otro los moviliza mucho que venga alguien de afuera a meterse en su casa o en su vida. Hay que lograr que la propia familia no sabotee el trabajo", dice la psicóloga Fernández.
Roy Turniansky, también de 25 años y a punto de obtener el título de psicólogo, comenzó a trabajar como AT casi de casualidad. Mientras cursaba primer año de facultad, se desempeñó como profesor particular de materias de liceo. Sucedió que su primer alumno sufría un trastorno obsesivo-compulsivo por lo que, de hecho, su rol terminó mutando de docente a acompañante terapéutico. "En ese momento yo no sabía de la figura del AT. Empecé a averiguar sobre su trastorno, hablar con psicólogos. Al final fue apoyo psicoafectivo más que curricular", cuenta. Luego de un año y medio junto al adolescente, fue recomendado para realizar otros acompañamientos. Así pasó a trabajar con un niño de cinco años con TGD. "Era un chico que no adhería a las normas, no acataba límites, hacía mucho berrinche, jugaba solo. En aquel caso fue el propio colegio quien condicionó: o se ponía un AT o el niño debía salir de la clase", señala Roy, quien apunta que cada vez son más las instituciones educativas que permiten el ingreso de una persona externa al salón de clase. De hecho, la psicóloga Milagros Fernández asegura que la demanda de técnicos ha aumentado sobre todo para acompañar niños en escuelas. "Es tal que no damos abasto", sostiene.
Actualmente, Roy está trabajando en el colegio La Mennais, donde se lleva adelante una propuesta muy interesante en este sentido. Es la propia institución la que se encarga de contratar y administrar un equipo interdisciplinario que incluye acompañantes terapéuticos. "No sólo se hacen cargo de lo económico. Yo estoy trabajando con un estudiante de primero de liceo y cuento con apoyo de la psicóloga, la psicopedagoga, la directora y los profesores para todo. Por ejemplo, me puedo sentar con el docente de Ciencias Físicas para ver cuál es el mejor método para saber si el chico que yo acompaño (quien debido a sus dificultades, que corresponden a un TGD, necesita adaptar las pruebas escritas curriculares) aprendió o no. Otras veces es más complicado porque no hay tanto apoyo de la institución, que considera que con permitir la presencia del AT es suficiente".
Mientras Roy permanece en el colegio durante siete horas diarias, Uriel acompaña a Nicolás unas tres horas cada día. ¿Cómo hacen para no confundirse o conmoverse al estar tan inmersos en la vida de la persona? Uriel admite: "Te enganchás. No podés no encariñarte. Además, en algún lado tenés que dejarte afectar para poder estar compenetrado y sentir el trabajo. Pero sí es fundamental no perder de vista tu rol y tu objetivo".
"Calma no depender solo de uno mismo"
A Marina le asignaron un acompañante terapéutico (AT) en el marco de su tratamiento de rehabilitación por drogas. Durante un año y medio -etapa en la que ella se encontraba fuera de Uruguay- el AT fue su sombra. "Me acompañaba en todo, todo el tiempo, a todos lados. A la universidad, a trabajar, a visitar amigos", rememora hoy, con casi 40 años.
¿Cómo sintió aquel vínculo?
"Al principio le tenía cierto desprecio y al final resultó ser una compañía agradable. Además inventaba maravillosas excusas para explicar por qué debía acompañarme. Me acuerdo que un portero de la universidad le preguntó por qué me esperaba todo el tiempo y ella dijo que yo era una diplomática. Otra vez en el trabajo alguien le preguntó lo mismo y dijo que ella tomaba notas de mis ideas porque yo era sumamente creativa. Creo que se tomaba con humor el rol que le tocaba cumplir". Para Marina, un adicto "necesita tener determinadas medidas de protección. Es necesario asumir que la adicción es más fuerte que uno. Entonces es importante que haya alguien cuidando/vigilando y que ese alguien no sea de la familia. Creo que en Uruguay no se estila mucho tener AT para ese tipo de tratamientos, también es cierto que es más caro, pero confieso que es tranquilizador no depender solo de uno mismo".