Hugo Burel
El pasado viernes 27 de enero, con el desfile oficial por la avenida 18 de Julio, dio comienzo el carnaval más largo del mundo, pero semanas antes los informativos televisivos de horario central ya cubrían los ensayos de los distintos conjuntos carnavalescos. Se trasmitían en directo con móviles y periodistas especialmente apostados in situ y en todos los casos se le destinaba varios minutos de pantalla para destacar la importancia decisiva de lo que el televidente veía. No sé si en el Festival de Shakespeare que se desarrollará el próximo verano londinense, con motivo de los Juegos Olímpicos, la BBC se ocupará con tanto esmero la preparación de los distintos grupos teatrales que participarán. Ahora, con el concurso de agrupaciones funcionando a pleno en el Ramón Collazo, los reportes sobre las actuaciones de la noche anterior también forman parte del menú de noticias. Bravo por los carnavaleros.
Aparecer en el prime time de la televisión nacional, con el entorno serio del noticiero, no es poca cosa para cualquiera que se dedique a una actividad artística. Y el carnaval lo ha logrado: es una fiesta popular que moviliza mucho público y sobre todo mucho dinero. Los conjuntos tienen hinchada, una gran producción escénica y alguno de ellos hasta se las ingenia para seguir de largo todo el año con el carnaval. Varios de sus solistas son artistas individuales que desde el tablado han conquistado otros escenarios y públicos. Además, del colectivo artístico que sale en carnaval se ocupa un plantel de críticos que por lo general no ahorra adjetivos a la hora de juzgar las actuaciones y sus accesorios. En tal sentido no hay ninguna expresión cultural uruguaya que reciba tantos elogios y disfrute de la variada gama de epítetos que van desde "extraordinario" a "espectacular" expresados sin relativizar su alcance. A veces he leído comentarios sobre la actuación de alguna murga o grupo de parodistas que me han hecho pensar que desde el punto de vista artístico hay algo que el resto del mundo se pierde. Por eso me llamó mucho la atención que en la fiesta popular del festejo por los 200 años no hubiera participado ningún conjunto carnavalero.
Consignado lo anterior me pregunto por qué otras manifestaciones culturales, otros artistas y otras actividades de creación no merecen un espacio en el menú diario de la información televisiva. Hace años, una vez por semana, Blanca Rodríguez se ocupaba de reseñar la aparición de algún libro en el espacio de Subrayado, pero esa era la excepción que confirma la regla y hoy ese espacio no existe. Los últimos escritores que recuerdo en la pantalla noticiosa son Orhan Pamuk y Mario Vargas Llosa, extranjeros y Premios Nobel. Ningún artista plástico trabajando en su taller interesa a la información. Un creador de reconocimiento internacional y obra valiosa como por ejemplo el escultor Pablo Atchugarry -que además impulsa una fundación cultural de gran vuelo- es ignorado por las noticias. Lo que está por fuera de lo que es espectáculo -categoría que engloba al teatro, la música y los shows de stand up, además del carnaval- parece no ser reconocido como importante a la hora de informar en la pantalla. Rinde más un almacenero robado por décima vez o la queja de un vecino por el aumento de la contribución inmobiliaria que el trabajo solitario de un creador.
Pero esto que apunto es solo un síntoma. Rasgarse las vestiduras por el estado de la Educación, o quejarse porque los muchachos escriben con faltas de ortografía o no pueden entender la consigna de un problema matemático es válido pero no atiende a la totalidad del déficit. La crisis es más profunda: sumen las horas que la tevé abierta dedica a la farándula decadente de la otra orilla y repasen cuánto espacio se le da a la cultura verdadera -no a ese matete superficial y barullento que solo genera mediocridad-para entender que así vamos mal.
Todo bien con las Momo News y que la gente se divierta, pero que el letrista no se olvide de lo esencial.