Cuentos sobre amores reales

| El antropólogo uruguayo Fernando Klein presenta un libro con las intimidades de reyes, reinas, concubinos y muchos personajes célebres de la historia universal.

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La historia de la humanidad está plagada de amores literalmente reales. El antropólogo, semiólogo y magíster en sociología Fernando Klein recopiló muchas de estas relaciones en el recién publicado libro Amores prohibidos (Ediciones de la Plaza), donde se cuenta la vida de reyes, reinas, concubinos y amantes de nombres célebres. En otras palabras, el investigador uruguayo se propuso curiosear en la biografía de importantes personajes de la historia, pero alejado de los grandes sucesos políticos o económicos. En breves tramos, Klein repasa vínculos de Alejandro Magno, Julio César, Cleopatra, Lady Godiva, Eduardo VIII, Catalina la Grande, María Antonieta, Napoleón o Isabel de Borbón, entre varios otros. Aquí, un resumen de algunos capítulos.

Una reina feA. Ana de Cléves fue la penúltima de las seis esposas de Enrique VIII. Engañado por una pintura, el rey eligió a la más fea de las feas. El canciller Thomas Cromwell, quien lo había apoyado para que se casara con Ana Bolena, y luego para que reemplazase a ésta por Jane Seymour, quiso repetir la jugada esta vez con Ana de Cléves, hija de un duque alemán sin mucha significación. Como primera medida, Enrique encargó a Hans Holbein, pintor oficial de la Corte, que viajara a Cléves y retratara a la dama. Holbein pintó, pero hizo trampa. En el afán de quedar bien disimuló la estatura y contextura física de Ana (era alta, robusta y maciza) y "olvidó" pintar las evidentes marcas de viruela que adornaban el rostro de la doncella. Ante la hermoseada imagen, Enrique se entusiasmó y quiso casarse cuanto antes. Hasta que la vio en persona. La desilusión fue enorme y la rabieta digna de sus antecedentes. La saludó con un mínimo de cortesía y huyó de su presencia. Tronó contra quienes habían sugerido ese matrimonio y en privado apodó a la doncella "la yegua de Flandes", pero estaba muy comprometido y tuvo que casarse con el fin de establecer un lazo entre Inglaterra y los príncipes protestantes de Alemania. (...) Casi sollozando, el gordinflón monarca afirmó que ni con un milagro de Jesucristo podría consumar el matrimonio con Ana. El casamiento fue anulado a los seis meses. Ella recibió el título de "Hermana del rey" y se le otorgó tratamiento de princesa y un castillo donde vivió tranquila hasta su fallecimiento, a los 42 años. Pasó el resto de su vida en el campo, siendo contadas las veces que acudió a la Corte.

Magno homosexual. Alejandro Magno consiguió, a lo largo de sus 33 años (356 a 323 a.C.), conquistar el imperio más grande de la historia. No sólo fue famoso por sus hazañas militares casi sobrehumanas o por su crudeza en la batalla. Fue amigo de Hefestión desde la niñez, de quien se dice que fue el amor más grande que tuvo en su intensa vida. Vivió el sexo en exceso, como casi todo en su vida. De hecho, se sabe que era pederasta. Tuvo relaciones y estuvo casado con diversas mujeres, fruto de acuerdos políticos y de estrategias militares. Pero quedó encandilado por un joven eunuco llamado Bagoas, el otro gran amor de su vida. Esto no es una suposición gratuita, sino que está confirmado por historiadores de la época. Plutarco, quien acompañó a Alejandro en algunas campañas, escribió que tras un concurso de baile que Bagoas había ganado, Alejandro lo llamó a su lado. "A lo que las tropas macedonias prorrumpieron en gritos para que lo besara, hasta que finalmente lo tomó en sus brazos y lo besó ardientemente". Este nuevo amor no afectó en modo alguno la profunda devoción que lo ataba a Hefestión, que sólo concluyó con la muerte de éste durante las fiestas veraniegas en Persia. Alejandro, que hasta entonces había resistido sin inmutarse privaciones y heridas, se sintió destrozado por esta pérdida. Se dice que yació sobre el cuerpo de Hefestión un día y una noche, hasta que finalmente lo separaron sus amigos. Durante tres días más, permaneció mudo, llorando y sin probar bocado. Y cuando por fin se levantó, fue para raparse y ordenar que retirasen todos los adornos de la ciudad. Prohibió la música y mandó a todas las ciudades a realizar funerales.

Grandes infieles. Napoleón se enamoró de Josefina -viuda del vizconde Alejandro de Beauharnais, 32 años, con dos hijos- en el invierno de 1795. Ella no lo amaba, pero le atraía su fuerte personalidad. Tras un tiempo como amantes, la mente ordenada y calculadora de Napoleón comenzó a pensar en el matrimonio. Gracias a ese casamiento, él recibiría como regalo el mando del ejército de los Alpes. La unión se celebró en marzo de 1796. Poco tiempo después, en una carta escrita de él para ella, se lee: "No pido amor ni fidelidad eternos. Únicamente la verdad, una franqueza ilimitada. El día que me digas `te amo menos` será el último día de mi amor o el último de mi vida". Y más adelante, pone: "Tú nunca me amaste. Tengo el corazón herido con miles de cuchillos".

Las desavenencias comenzaron casi de forma inmediata. Napoleón le era infiel a Josefina, pero ella era cornuda con "conocimiento de causa". Vivía con el constante temor de ser abandonada, pues no había podido darle un hijo. Por esto, la familia Bonaparte nunca la aceptó. La ausencia de herederos terminó por acorralar a Napoleón, inducido a divorciarse en 1809 para contraer matrimonio en 1810 con María Luisa, archiduquesa de Austria. Con este enlace vinculaba su dinastía a la más antigua de las casas reales de Europa, con la esperanza de que su hijo, nacido en 1811 y al que le otorgó el título de rey de Roma como heredero del imperio, fuera mejor aceptado por los monarcas reinantes.

Josefina se retiró a Malmaison, donde falleció, a causa de un catarro mal curado, el 29 de mayo de 1814, mientras Napoleón se encontraba exiliado en Elba. La víspera de su muerte, Josefina afirmó: "La primera esposa de Napoleón jamás provocó en él una sola lágrima". Sin embargo, se dice que, al enterarse el emperador de su muerte, se encerró durante días y comprendió que solo el deseo de un heredero para Francia fue capaz de separar su amor.

Azares de un zar. El zar ruso Alejandro II y su esposa María de Hesse tuvieron muchos hijos, hasta que él se aburrió y salió a buscar amantes. La zarina sufrió de tisis, y mientras estaba moribunda escupiendo los pulmones, él colocó en el segundo piso de su residencia a una nueva familia: la que comenzó a construir junto a Catalina Dolgoruki. La belleza de esta última lo impresionó de tal forma que durante años no se atrevió a tocarla. Cuando se descubrió su relación, toda la corte le recriminó a Catalina tachándola de desvergonzada y obscena. Alejandro los calló diciendo que ella era su esposa ante Dios. El 6 de julio de 1880, cuarenta días después de la muerte de la zarina María, se casaron.

Semiólogo en temas de religión

Fernando Klein (1970) es antropólogo y posee un máster en Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República. Es, asimismo, semiólogo y catedrático especializado en estudios de género, migración, religión antigua y comparada. Ha desarrollado investigaciones en el terreno de lo étnico, migratorio, social y cultural. Forma parte de organizaciones de renombre, como la American Anthropological Asociation, la European Asociation of Social Anthropologists y la International Sociological Asociation. Publicó, entre otros, los libros La Biblia desnuda: toda la verdad sobre el libro de los libros, Cristo apócrifo, Los pueblos del libro, Los evangelios gnósticos: la verdadera historia de los textos que la Iglesia condenó por apartarse de la doctrina oficial, Aprender a morir y La iglesia paranormal.

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