CRISTIÁN M. GONZÁLEZ | EL MERCURIO
Enseñar con el ejemplo. Esa es la recomendación de expertos tras efectuar un estudio en Estados Unidos sobre cómo desarrollar en los niños el pensamiento positivo frente a situaciones difíciles; una tarea en la que la conducta del padre y la madre es fundamental.
"Aparte de la edad, lo que más ayuda a un niño a conocer los beneficios del pensamiento positivo es el nivel de esperanza y optimismo de sus padres". Así lo explica la psicóloga Christi Bamford, de la Universidad de Jacksonville y una de las autoras del trabajo publicado en la revista Child Development. "Nuestros datos demuestran que los progenitores son claves para que los hijos aprendan a usar el pensamiento positivo para sentirse mejor ante situaciones difíciles", dice.
Eso sí, los autores aclaran que otros factores -como el contexto social, cultural, político y económico- influyen en la capacidad del niño para ser más optimista.
MODELO DE CONDUCTA. Bamford, junto a colegas de la Universidad de California, les presentaron a 90 niños, de cinco a diez años, seis historias ilustradas en las que había personajes que respondían de manera positiva o negativa frente a diferentes experiencias, unas sencillas y otras más complejas.
Al pedirles que describieran las emociones de cada personaje, los investigadores observaron que incluso los niños más pequeños notaban la diferencia. "Entendían que pensar en positivo mejora las emociones y la negatividad, en cambio, hace sentir peor", señala la investigadora.
A más edad aumenta la conciencia infantil sobre cómo las reflexiones internas pueden modificar las emociones, incluso ante circunstancias objetivamente negativas.
Como explica Claudio Ibáñez, psicólogo y director ejecutivo del Instituto Chileno de Psicología Positiva, "la visión positiva del futuro es, esencialmente, pensar que no obstante lo desastrosa que puede ser una situación, las personas podemos salir adelante, podemos superarla y no vernos aplastados emocionalmente".
Eso es lo que también se conoce como resiliencia. Ésta, al igual que el optimismo, es una habilidad que se puede aprender y adquirir.
Aunque no es fácil, en eso la figura de los padres o profesores es clave. "Más que por la palabra o el discurso, se aprende a través de lo que se llama `modeling`: ser modelos para sus hijos", precisa Ibáñez.
Un padre "bajoneado" frente a un problema y que no hace nada por solucionarlo puede ser un mal ejemplo en la medida en que hace ver a sus hijos las desgracias de la vida y a desconfiar de todo el mundo, reduciendo su autoestima. En cambio, un padre positivo potencia lo mejor del niño y le enseña a confiar en sí mismo y en los demás; al tiempo que le enseña que un hecho negativo es un problema que se puede resolver. "Una de las cosas que los adultos deben hacer es mirarse a sí mismos y analizar cómo actúan frente a las dificultades", agrega.
El especialista aclara que tener una visión positiva no significa que no vayan a ocurrir cosas negativas. "Pensar eso es un optimismo ingenuo que puede ser tanto o más perjudicial que una visión negativa de las cosas".
Junto con ser un modelo de actitud positiva para los niños, los padres también deben enseñar la tolerancia a la frustración a sus hijos, enfatiza la psicóloga clínica Macarena Norambuena, de la Universidad Andrés Bello. "Hoy los papás tienden a complacer a los niños en todo, en parte por el sentimiento de culpa por no poder compartir mucho tiempo con ellos. No ponen límites ni dicen no cuando corresponde".
Norambuena precisa que desde que son pequeños se debe trabajar con ellos este tema, poniendo reglas y enseñándoles a ser responsables de sus actos, lo que suele derivar en actitudes positivas. "Si no se les enseña, la vida lo hará, y puede ser peor, porque no sabrán cómo manejarlo".