IGNACIO ÁLVAREZ
Cuál es el pecado abominable de que algunos soldados de este país pasen a servir y reciban educación policial para intentar darle más seguridad en las calles a nuestro pueblo? Nos parece que esta es una manera de buen gobierno, en el sentido de que damos una prioridad a algo que nos impone la realidad hoy".
Estas fueron las palabras del presidente Mujica en su audición radial del martes pasado, horas antes de reunirse con los jefes militares y plantearles su propuesta de pasar 1.500 soldados a la Policía y matar de esa forma dos pájaros de un tiro: tener más azules en las calles en vez de tantos verdes en los cuarteles, permitirles ganar un poco más -como paga la Policía-, y tener más plata para repartir entre unas Fuerzas Armadas más reducidas. Brillante jugada de gobierno, y absolutamente pragmática… con un detalle: cuando en plena campaña electoral el Partido Nacional propuso reconvertir soldados en policías para combatir la flagrante inseguridad, el Frente Amplio al unísono se rasgó las vestiduras rechazando de plano la idea de la derecha. Y el propio José Mujica, hace apenas unos meses, declaraba: "Los hombres con el fierro largo están educados para destruir, la guardia civil es guardia civil, es otra historia. (…) La Policía y los militares son cosas distintas. No, no. Tirar con un Fal, cuerpo a tierra; hacer ejercicio de orden cerrado... no, ¡por favor!"
Claro, como te digo una cosa te digo la otra. Ya lo sabemos. Y en este caso bienvenida sea la marcha atrás. En última instancia lo que cuenta es lo que se hace a la hora de gobernar. Pero uno no puede evitar quedarse pensando cuántas de las posturas asumidas por nuestros políticos responden a múltiples factores (cálculo electoral, búsqueda de protagonismo, evitar líos internos, no concederle nada al adversario, romanticismos ideológicos, etc.) antes que a buscar el bien común. Y buscarlo de la forma más sencilla y directa posible.
Analizando diariamente la realidad nacional, no puedo evitar sentir un día sí y otro también, qué fácil resulta criticar las actitudes de dirigentes de todos los pelos. Y no porque uno sea ningún iluminado, sino todo lo contrario: precisamente porque a la luz del sentido común, la mayor parte de los conflictos devienen en falsas oposiciones, y muchos de los enfrentamientos demuestran ser más hijos de la insensatez, de la incapacidad o de la pequeñez, que de una verdadera indisolubilidad.
"Pragmatismo" es la palabra clave. Y es lo que primó también ese martes al mediodía en el restaurante de La Estacada, donde almorzaba Jorge Larrañaga. Preocupado por dos temas que amenazaban al gobierno, el Presidente de la República llamó al Guapo, le dijo "dónde estás, voy para ahí", y con un asado y un vino de por medio, se sacaron de encima esos asuntos que amenazaban su digestión: uno era el del presupuesto militar, parcialmente saldado pasando 1.500 soldados a la Policía.
El otro, el de los delegados presidenciales que Mujica quería en cada departamento del interior, para mejorar la eficiencia de los organismos del Poder Ejecutivo. La oposición lo rechazaba por entender que suponía crear más burocracia, con el riesgo de avasallar las autonomías municipales y hacer campaña en los departamentos con el caballo del comisario.
¿Solución pragmática a las brasas? Cinco o seis coordinadores regionales, en lugar de los 18 delegados departamentales previstos en el proyecto de ley de Presupuesto. Y tráigame la cuenta mozo.
Claro que después ni Lacalle ni los colorados se lo llevaron, pero aún así Mujica ha demostrado que este estilo de hacer política paga. Y el Presidente sigue empecinado en su afán de lograr el mejor balance entre lo que quiere y lo que puede hacer; entre sus deseos y los límites que imponen la realidad. Límites que en los 60 quiso derribar a la fuerza, y contra los que se dio de bruces para aprender la lección. Una lección que lo transformó en el más dialoguista de los políticos uruguayos.
Así tiene que ser un político; así debe actuar un Presidente. Con convicción pero con apertura de mente; con el teléfono en la mano y si es necesario yendo él adonde esté su interlocutor. Porque la Primera Magistratura no se ostenta sólo para recibir honores sino que supone también la mayor entrega y la mayor responsabilidad. Y obliga a su vez a tener la suficiente flexibilidad para meter marcha atrás, pero al mismo tiempo la necesaria coherencia para tener una palabra creíble; y como te dice ahora una cosa, decirte luego lo mismo. igalvar71@hotmail.com