Odisea en Grenoble

GENERACIÓN ESPONTÁNEA

Hoy se cumplen diez años del atentado a las Torres Gemelas y creo que ya he esperado bastante para escribir sobre ese día que marcó el verdadero comienzo del presente siglo. De la misma manera que el anterior había terminado en noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y el fin del mundo bipolar, la nueva centuria se inició ese dramático 11 de septiembre de 2001. Quizá usted recuerda claramente lo que hacía o donde estaba cuando se enteró de los atentados. Yo puedo hacerlo con toda precisión porque estaba en el hotel del Atria World Trade Center de Grenoble, Francia, y lo que sigue es un testimonio personal sobre lo que allí viví hace exactamente una década.

Había llegado hasta Grenoble para dar una charla sobre el film de Stanley Kubrick 2001 Odisea del espacio, en el marco de un congreso científico que se celebra cada dos años y se conoce como RADECS, sigla que significa Radiation Effects on Components and Systems y que este año se realiza en Valencia. Fui invitado por el ingeniero uruguayo Raúl Velazco -quien lo organizaba esa vez- y mi conferencia era -por decirlo de alguna manera- el número artístico entre decenas de ponencias técnicas y científicas. Luego de que hablara, se proyectaría el film, ya que estábamos en 2001.

No voy a referirme a detalles de esa comparecencia, pero la víspera de la charla, el fatídico 11 de septiembre, recibí una llamada telefónica de mi hija que, desde Montevideo, me preguntaba si estaba mirando la televisión. Estábamos en la habitación con mi esposa y ante la insistencia de Camila de inmediato encendimos el aparato, sintonizamos un canal de noticias y nos quedamos paralizados frente a la pantalla. Era el momento en que el segundo avión se estrellaba contra la torre Sur.

Agobiados por las imágenes, bajamos al comedor para almorzar. En el lobby, la mitad de los congresistas, que provenía de Estados Unidos, deambulaba con rostros demudados y la mayoría se congregaba ante una pantalla enorme que habían instalado en el bar. Muchos lloraban y se abrazaban. Otros temblaban de indignación y estupor ante las escenas que mostraban una y otra vez los aviones estrellándose y luego el derrumbe de la primera torre.

En algún momento se decidió, por parte de la gerencia del hotel, un desalojo inmediato y nos invitaron a todos a que saliéramos de forma ordenada a una explanada al aire libre. Aparentemente una llamada telefónica había advertido sobre una posible amenaza que se extendía a los demás Word Trade Center del orbe. Una vez allí y de manera inevitable muchos miraron el cielo temiendo la llegada de algún jet en picada. Felizmente todo no pasó de un susto y regresados al edificio la angustia se centró de nuevo en las imágenes de la pantalla. El almuerzo se sirvió tarde y fue un intercambio de comentarios desolados e ingestas desganadas. Casi nadie probó el postre. Todos querían estar ante la CNN que no dejaba de trasmitir. Había algo hipnótico en las escenas: la fascinación que produce el horror. Algunos se parapetaron en la barra y las medidas de whisky para darse ánimo sustituyeron al café.

Mientras tanto, la central telefónica del hotel no daba abasto con las llamadas internacionales que los norteamericanos y participantes de otros países hacían para conectarse con Estados Unidos, en especial con Nueva York. Las computadoras del servicio gratuito de Internet fueron material de disputa, pese a que la red estaba colapsada. Dos horas después de los atentados, más de cincuenta participantes de Estados Unidos cancelaron su cuenta en el hotel y decidieron partir al otro día, en caso de que consiguieran vuelos. El director del congreso, un francés distante y antipático, no paraba de hablar por su celular, fastidiado a ojos vista con la situación. En la conserjería se hacía difícil atender a los pasajeros que recién llegaban y no entendían lo que estaba sucediendo. Todo era caótico y antes de comenzar las actividades todos los participantes sabían que con seguridad el congreso iba a ser un fracaso.

Sin embargo, no lo fue. Al otro día pude dar la conferencia -leída en inglés- y luego de la exhibición de la película, conversé con algunos congresistas. Las noticias terribles siempre terminan por asimilarse. Todos teníamos conciencia de que el mundo había cambiado y que el año 2001 no era como Kubrick y Arthur C. Clarke lo habían imaginado para su film. El hombre no estaba a punto de llegar con una misión tripulada a Júpiter y el miedo y un posible choque de civilizaciones se había instalado en la víspera. Había viajado catorce mil kilómetros para asistir al verdadero comienzo del nuevo siglo pero no había razón alguna para brindar.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar