Los rugbistas del Comcar

| Desde hace un año, jugadores de Los Teros entrenan a reclusos de la cárcel más poblada del país. Esta actividad deportiva les hizo mejorar hábitos y conductas. | Más allá de apoyos como el de la URU y el de la UM, esta iniciativa se realiza a pulmón. Para los presos significa una distracción y la posibilidad de aire y pasto.

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LEONEL GARCÍA

El Eden Park de Auckland, colmado con 60 mil espectadores y remodelado para la ocasión por US$ 260 millones, albergaba esta mañana la final del Mundial de Rugby entre el local Nueva Zelanda, los All Blacks, y Francia. Todo el torneo tuvo una audiencia acumulada de más de 4.000 millones de personas. Objetivo: la gloria.

A 10.452 kilómetros y un mundo aún mayor de distancia, en la cancha de fútbol del Comcar ubicada entre las "escuelas" y la dirección del establecimiento, 16 presos procedentes del Módulo 5 encaran su segundo entrenamiento semanal de rugby. No hay ni guardias. Edgardo Benítez (23), jugador de Trébol, Los Teros (la Selección Uruguaya) y voluntario entrenador, dice que no hacen falta. Los reclusos salen entusiasmados con la idea de ver pasto; desparejo, con más abrojos de lo aconsejable, pero pasto al fin. Durante hora y cuarto, estos hombres se sacarán de la cabeza el hacinamiento, los reclamos por falta de agua e higiene, o el mal estado del "rancho" (comida). En su lugar, se concentrarán en calentamientos, lagartijas, trabajos de velocidad y pases, un breve picado informal y en llenarse de aire los pulmones.

Hay sonrisas, bromas y compañerismo. "¡Qué pasó, `pariente` (amigo)!" No faltan reproches ante una mala entrega. Hay alientos: "¡Dale, enano!" Desafíos: "¡Dame fuerte, puto!" Hay un entrenador que, pese a que los tackles parecen ser a muerte, no está conforme: "¡Más ganas!" Están Topo, Porteño, Gustavo, Melli, Chino, Damián... casi todos por rapiña; todos -supuestamente- primarios absolutos. Alguno está por tentativa de homicidio. Se dice, nadie lo asegura, que alguno fue más allá de la intención. Los entrenadores no preguntan eso jamás. Hay remeras de Peñarol, Boca o Flamengo; pero también de los All Blacks, Pumas o Teros. Hay zapatos de fútbol, championes, chancletas y pies descalzos. Algunos podrían dar el physique du role de rugbiers; otros, ni en sueños.

El 14 de octubre, este programa sin nombre oficial ni antecedentes en el país cumplió su primer año. La Unión de Rugby del Uruguay (URU) ha aportado implementos. Han participado como voluntarios jugadores de la primera división local, incluso integrantes de la selección. La Universidad de Montevideo (UM) colaboró con evaluaciones y logística. El Ministerio del Interior también dio su apoyo... "moral".

Esa acotación pertenece a Enio Collazo, tesorero del Patronato de Encarcelados y Liberados. Este hombre, de 70 largos, es el padre de este programa. En octubre de 2009 se dirigió a la UM a ver "qué se les ocurría para dar una mano en la cárcel". Un estudiante, Carlos Arboleya, justamente capitán de Los Teros, sacó el tema del rugby. Un año después, la historia comenzó. Y las evaluaciones son muy positivas (ver nota aparte).

distracción. Hay respuestas que los presos repiten a la hora de resaltar las bondades del rugby. Tranquilidad y distracción son dos de ellas. "Esto sirve para distraer, para salir de allá abajo (señala al módulo, el más lejano de la cancha), donde todo es una tranca. Además, me calmó mucho" (Adrián, 22). "Antes que nada, nos permite tomar aire. Vivimos encerrados. ¡Esta es una oportunidad para ver pasto! A mí me cambió la vida: dejé el cigarrillo que me estaba matando, y ni hablar de las drogas. Que Dios te bendiga" (Porteño, 28). "A mí me hizo mucho bien. Me distrae, me distiende, me sirve para estar más tranquilo. Linda cámara... ¿no me la podés dejar?" (Jorge, 22).

Edgardo se hace respetar. En un momento detiene la práctica. Como el entrenamiento comenzó tarde muchos ya estaban desconcentrados y en otra. Les habla de superación y de superar sus límites. "Hay que aplicar un poco de psicología", dice. Cuando vuelven al contacto con la ovalada el entusiasmo está renovado. El final es con choques que quitan el aliento y sacan las risas. Un tal Maxi, gordo y bajito, logra un try. Su equipo lo festeja como si fueran los franceses en el Eden Park, pero solo usan la mitad de la cancha de fútbol del Comcar.

Varios amigos de Edgardo le habían preguntado si estaba loco. Definitivamente, sonaba extraño ir tres veces a la semana, en diciembre y enero, a jugar al rugby con los presos del Comcar. "Al principio fui porque me lo pidieron. Tuve mis prejuicios, no te lo voy a negar. Pero ahora me encanta. Me motiva el aprecio que te demuestran, el valor que le dan a lo que hacés. Me siento cómodo haciéndolo". Un joven recluso -de lentes y pañuelo blanco, a punto de asistir a clases de computación- se le acerca a Enio, también presente. "Cuando empiece la inscripción de nuevo pa`l rugby, estoy ahí, ¿eh?"

Todo es a pulmón. Antes los voluntarios aportaban autos, tiempo y víveres para un pequeño "tercer tiempo", una comida pospartido, que no siempre ocurre (el último se hizo al festejar el primer cumpleaños). Ahora el Patronato pone, cuando puede, una camioneta para los traslados. Por un tema de posibilidades, solo Edgardo está hoy "al firme" para las prácticas. Pese a las dificultades existentes (ver nota aparte) el programa lucha por seguir adelante.

El tercer tiempo de hoy es el más humilde posible: una corrida hasta una canilla en las afueras de la dirección. Corren a refrescarse como si fueran alumnos en el patio de una escuela, pero son presos en el Comcar que deben volver al Módulo 5. Según el director nacional de Cárceles, Eduardo Pereira Cuadra, ahí hay 700 personas en un edificio pensado para 300, hacinados en condiciones sumamente críticas y mil veces denunciadas. Son las 16:30. Muchos no volverán a distraerse, tomar aire, ver pasto, hasta el otro día; otros, ni eso. Yendo hacia el portón de la guardia, todos caminan notoriamente cansados, pero algunos todavía están sonriendo.

Resultados: menos drogas y mejor actitud

En agosto de 2010, el capitán Tero Carlos Arboleya fue uno de los que se sentó con los reclusos del Módulo 5 -escogido porque, al tratarse de primarios (sin antecedentes), esta prueba piloto podía tener más chance de éxito- para hablarles del programa. "Al principio no entendían mucho, hubo algunas miradas raras", confiesa. Claro, este deporte de correr detrás de una ovalada siempre fue asociado en Uruguay a las clases pudientes y nunca a un ambiente como el carcelario. Lo cierto es que se anotaron 86 presos que fueron encuestados -hábitos consumo de drogas, educación, contacto familiar- por profesionales de la UM. De ahí fueron seleccionados 36, al azar y mediante software, para participar de las prácticas. "Elegir al azar es lo científicamente ideal", dice Alejandro Cid de esa universidad, quien estuvo detrás de ese informe. "Así, vos no te quedás con, digamos, los `mejores`".

A esa encuesta, hace algo más de un año, le siguió una segunda a los seis meses cuyos datos se están procesando hoy. Lamentablemente, de los 86 originales solo se pudo volver a contactar la mitad. "Eso suele ocurrir en estudios en cárceles: se desaniman, se van, o los trasladan, o no se sabe". Eso sí, afirma Cid aún sin las conclusiones afinadas: el rugby tuvo un impacto positivo en lo que refiere a las drogas; más claro: los rugbistas hoy están consumiendo menos.

Las prácticas comenzaron en octubre de 2010. En algún momento inicial, recuerda Edgardo Benítez, hubo que detener alguna práctica para evitar roces -obvios en un deporte de mucho contacto- entre los rugbiers novicios. No llegaron a aparecer "cortes", pero sí discusiones que podían "terminar mal" (y terminar mal en el Comcar es algo serio). La firme actitud de los coaches logró que nada pasara a mayores. Finalmente, el "espíritu" de este deporte, ese que tiene como reglas de oro el respeto a la autoridad, al técnico y el sentido de equipo, de grupo, por sobre todas las cosas, pudo más. "Hoy vos te das cuenta en el Módulo 5 quién hizo rugby y quién no. En el saludo, en las actitudes, son más solidarios. Quieren hacer más cosas para ellos y también para los demás".

Temor a dejar de ir

Edgardo Benítez, estudiante de Empresas en la Universidad ORT, es hoy el más asiduo a las prácticas. En un momento llegaron a ser ocho: al ya mencionado Arboleya, se le sumaban otros rugbiers como Adrián Lewis, Danilo Botta o Alberto Román. Más gente permitía entrenamientos mejores y más completos. Llegaron a haber tres prácticas semanales. Hoy son dos: lunes y miércoles. Motivos laborales o de estudios fueron mermando el número de voluntarios. Este jugador no oculta -aunque matiza que siempre se las ingenian para conseguir a alguien- su mayor temor: "Que por cuestiones de trabajo, estudio o personales, tengamos que dejar de ir". Enio Collazo, el padre de la criatura, cree que debería haber "un viático" para los voluntarios.

En algún momento, era habitual que hasta 25 reclusos fueran a cada práctica. Pueden ser 15 o 20. "Muchos factores influyen: el estado físico, el ánimo que tengan, sanciones...", dice el rugbista de Trébol de Paysandú. Si por algún motivo los entrenamientos se suspenden durante un tiempo, como a causa de incidentes en la cárcel, el panorama al regreso dista de ser el mejor: "Los podés encontrar mal alimentados, mal dormidos. A veces `se pierden`, la droga los mata... por eso es siempre necesario insistir con los ejercicios básicos".

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