MARTÍN FABLET
Alguna vez se sintió George Orwell? Yo sí. Obviamente no por mi destreza literaria, sino por el frío que pasé y por lo poco que rinden nuestros pesitos en las europas. Down and Out in Paris and London (Los Desplazados) es casi un documental sobre la vida de los de poca guita a principios del siglo pasado. Orwell como ninguno (ya que lo vivió en carne propia) describe la dolorosa realidad de ser de los últimos miembros de la más baja de las castas.
Desde siempre, estas dos ciudades se han disputado la capitanía de Europa. De alguna forma representan el enfrentamiento entre el laissez-faire y el estatismo. O, para algunos, entre la bohemia y el laburo.
En términos financieros, Londres supera a París en la gran mayoría de los indicadores económicos. La actividad de la bolsa británica es casi tres veces la de la capital francesa. Los londinenses son, de media, un 8% más ricos que los parisinos. Inglaterra gusta de ser un polo económico rentable y Londres es business friendly, muy abierta a los cambios y a osadas inversiones.
caras. Salvando las diferencias con la novela y sin ser irónico, realmente está muy costosa para los yoruguas la vida cotidiana en cualquiera de estas dos ciudades. Londres es la ciudad más cara del mundo: estos buenos señores no tienen inconveniente en cobrar un café 5 libras (unos 150 pesos uruguayos).
Pero no es difícil ser londinense. Tenés que trabajar y no violar las leyes. A nadie le preocupa cómo te vestís, qué religión practicás, ni cuál es tu preferencia sexual. En cambio los parisinos son más celosos. Parisino no es cualquiera. Es que estos podridos tienen la ciudad más linda del mundo. Un poco más barata que Londres, pero tampoco nada muy notorio. París es en promedio cuatro veces más cara que Montevideo. Por ello estar continuamente convirtiendo euros o libras a pesos no es una actividad saludable. Considere que estos países cobran entrada: todo lo que usted ve, no es gratis. Así su estadía no resultará tan dolorosa.
A Londres la vi como más agitada, más viva. Muchos estrenos de cine y teatro. Los pubs explotan y la gente no para de chupar desde muy temprano. Sin importarles el frío, los londinenses en el Soho se bajan "pintas" de Guiness como si fuera Coca Light. En cambio a los parisinos en el Quartier Latin se los ve como más recatados. La Ciudad Luz está muy preocupada en preservar, sufre de una especie de inmovilidad arquitectónica y esto puede ser una macana, ya que las ciudades son entidades vivas que necesitan renovarse. Obviamente en gustos no hay nada escrito: yo adoro las ciudades ancladas en el tiempo (en un tiempo lindo). Algunas son verdaderas piezas de museo. Londres tiene menos monumentos y sitios históricos, y esto quizá le permita estar más jugada y abierta a los cambios.
Quedé absolutamente deslumbrado con el parque automotor inglés. Hay de todo: Aston Martin, Ferrari, Maserati, Lamborghini, Pagani. La cabeza me daba vueltas como a la nena del exorcista. Hay demasiado dinero. En cambio París no tiene esa variedad ni calidad.
Qué mundo el viejo mundo. Hace algunos días The Guardian manifestaba la indignación de un lord por el estado de salud de un oso del zoo. ¡Que frívolos!, pensé. Pero enseguida me di cuenta de algo obvio: estos tipos ya resolvieron los problemas importantes, por eso se pueden dar el lujo de preocuparse por un oso. En cambio nosotros sufrimos de la peor de las inmovilidades, la de no poder superar nuestros miedos, odios y absurdos atavismos. Las comparaciones son odiosas y pocas cosas pueden ser más tontas que compararnos con cualquiera de estas dos súper capitales. Es puro masoquismo, tan típico de nosotros, los uruguayos.