DANIELA BLUTH
En la casa de Gabriela Suárez todo se cuenta por decena. Las milanesas, los platos en la mesa, las mochilas para la escuela, los cepillos de dientes, las camas. Es que con ella viven nueve niños de entre 5 y 14 años. No son sus hijos; o sí, depende de cómo se mire. Junto a otras 17 mujeres, Gabriela cumple el rol de "madre social" en la aldea infantil de Santiago Vázquez. Allí trabaja desde hace casi seis años, cuando ingresó después de ver un aviso en Internet. En 2007 le asignaron la casa Río de la Plata y un grupo de niños. Axel, el más pequeño que hoy tiene 5, apenas tenía un año y cuatro meses. "Él me dice mamá desde el principio", recuerda emocionada. También están Facundo, Ángel (hermanos de Axel), Santiago, Jessica (hermanos entre sí), Tamara, Micaela, Sandra y Agustina.
Ubicada a 20 kilómetros de Montevideo y al lado del Parque Lecocq, en la aldea funcionan 11 casas donde viven 101 niños y jóvenes que por distintas razones no pueden estar con sus familias biológicas. La mayoría llega por convenio con el INAU (alrededor del 60%), aunque el ingreso también se puede dar a solicitud de los padres o de alguien del entorno cercano. Además, la organización tiene aldeas en Salto y Florida; en total atienden unos 340 menores. Uno de los "diferenciales" de la institución es que mantiene a los hermanos juntos.
Son las 11 de la mañana y es una hora bisagra en la aldea. Los que no están en la escuela o el liceo aprontan sus mochilas para salir. Algunos van en la camioneta con Álvaro Parodi, chofer y mucho más (confidente, maestro, amigo…). Otros toman el ómnibus en la parada sobre Luis Batlle Berres. En la casa Río de la Plata -todas llevan el nombre del lugar o persona que aportó los recursos para su construcción- ya se prepara el almuerzo. Hoy toca milanesas con arroz y papas fritas. También hay jugo de frutilla, de ese que deja bigotes.
Alta y super delgada, Agustina (14) ayuda en la cocina. Levanta de la mesa y lava los platos mientras "la tía" -como muchos llaman a Gabriela- ordena ollas y sartenes. A ambas les gusta cocinar y Agustina ya se ha hecho cargo del almuerzo más de una vez. "Me encanta inventar y ellos acompañan fascinados", dice Gabriela. Juntos preparan tortas, pizzas y postres.
La casa (cocina, living, dos baños, sala de juegos, un cuarto para los varones, dos para las niñas y uno para Gabriela) se ve ordenada. En el estar hay estufa a leña, un televisor y una consola de videojuegos ("el Family") que es el centro de atención de los más chicos. Las grandes prefieren la computadora. "Ahora están enloquecidas con el juego nuevo que sacó la DGI, les enseña cómo funciona todo", cuenta Gabriela.
Cada casa tiene un presupuesto mensual. Es dinero que se gasta en alimentación, salud, vestimenta y esparcimiento con pautas dadas por la institución pero a criterio de la madre. Gabriela, por ejemplo, ahorró varios meses para comprarles un celular a cada una de las chicas liceales. Los varones están coleccionando los álbumes de Cars y la Copa América y para las adolescentes -siempre y cuando suban las bajas del boletín- se viene el de Justin Bieber.
Madre full time. Ser madre social no es para cualquiera. Y cada vez le resulta más difícil a la organización conseguir mujeres dispuestas a dedicar su vida a criar niños y hacerse cargo de una casa. Por eso, Aldeas Infantiles está con un llamado permanente para este puesto. "Es una situación que se repite en otros países de la región, sobre todo porque el rol de la mujer cambió", explica Álvaro Vignola, director de Santiago Vázquez. "Lo que complica más es que tienen que estar siempre al cuidado de chiquilines que no son fáciles", agrega.
El primer cargo al que se accede en Aldeas es al de "tía SOS o social", que implica apoyar a las madres en la vida cotidiana; recién después de un año se puede llegar a ser "madre". Actualmente trabajan en Santiago Vázquez 17 tías y madres, pero prevén tener 22 para poder acoger un total de 116 niños.
Según Vignola, los procesos de selección de personal tienen "cada vez más filtros", por lo que muchas veces "de 40 personas que se presentan sólo quedan tres aptas".
Si bien la dedicación es full time, por cada semana trabajada las madres tienen un día y medio libre.
rebeldía. En el parque de la aldea, un grupo de niñas caminan abrazadas por la calle principal, que lleva el nombre de Ilse Kasdorf, la fundadora de la organización en Uruguay. Preciosa, Paula, Agustina y Antonella todavía no son adolescentes, pero parecen. Esa mañana están "enojadas" por una pelea ocurrida el día anterior y no quieren ir a la escuela. En busca de una solución, Vignola les sugirió que escribieran lo que sentían. Y ellas lo hicieron. Dos carillas de reivindicaciones cada una.
Este tipo de episodios no suceden todos los días, pero la historia que cada uno de estos chiquilines carga en su pesada mochila hace que muchas veces haya reacciones violentas, bajo umbral de tolerancia, algún que otro grito.
En este caso, el enojo trasciende el portón de ingreso. Dicen que en la escuela las discriminan y destratan por ser de Aldeas. Otra razón para no asistir a clase. "Que los de Aldeas somos una basura", "que nuestra familia nos dejó tirada", "que somos unas chorras", explican unas y otras pisándose al hablar. Pese a todo, posan para la foto felices de la vida. Una, dos, varias veces.
Dando vueltas, pero en bici, está "Bono", como lo conocen todos a Jorge Bonanata. Tiene 17 años y vive allí hace unos ocho, en la casa Kasdorf. Nunca hizo el liceo, pero es conocido en la aldea por tener un talento especial para arreglar cualquier cosa que se rompa. Ahora está estudiando para reparador PC en Mapa.
Cambio de perfil. El problema de la pasta base también está presente en la aldea, aunque todavía de forma indirecta. "El país ha ido cambiando y la situación de las familias se ha deteriorado, lo que se ve en las condiciones en que vienen los niños", dice Vignola. De 2006 a la fecha, 90% de los chiquilines que fueron acogidos por la institución tiene padres consumidores o presos. "Eso repercute en cómo interactúan, socializan, se adaptan".
En Santiago Vázquez trabaja un equipo multidisciplinario de psicólogos, psiquiatras, psicopedagogas y asistentes sociales. La última incorporación es la figura del "asesor familiar", que al estilo del programa de televisión Niñera SOS apoya con las pautas de crianza, la puesta de límites y el desarrollo de las potencialidades de cada niño. "Sin desautorizar a la madre genera espacios de encuentro para conversar sobre las cosas que no están funcionando bien", explica el director. También se prevé contratar maestras para el apoyo escolar.
Prácticamente todos los niños que viven en la aldea necesitan apoyo psicológico, y muchos de ellos tratamiento psiquiátrico. Hay casos de trastorno disocial, bipolar, esquizofrenia, enuresis nocturna (mojar la cama) y una larga lista que estremece e incluye dificultades de aprendizaje y retardo. En 2010, muchos de esos niños con alguna patología encontraron un escape en la orquesta de cuerdas que se formó a partir de la donación de instrumentos de la Embajada China y el padrinazgo del maestro Federico García Vigil. Violines, chelos y contrabajos empezaron a sonar todos los martes bajo la dirección del guitarrista Sergio Fernández. El proceso no fue fácil al comienzo, cuando las clases se iban más en poner orden que en enseñar música. Tras un año de trabajo, se proyecta que estos pequeños músicos se integren a una orquesta juvenil. También funciona un coro de 25 niños y aquellos que quieren pueden hacer inglés y fútbol.
independencia. Micaela (19) llega para la sobremesa. Ya no vive en la aldea, pero lo hizo durante más de diez años. Ahora comparte un apartamento en La Aguada con su hermana (18). Cada vez que puede visita la casa de Gabriela, donde pasó el último tiempo antes de independizarse. "La adopté como mi madre, y a los niños como mis hermanos menores. Los adoro".
Micaela trabaja en La Pasiva de Montevideo Shopping gracias a un acuerdo entre la empresa y Aldeas para facilitar la primera oportunidad laboral y la inserción de los jóvenes "egresados" en la sociedad. La institución también tiene "viviendas asistidas" dentro de la comunidad y casas para estudiantes universitarios. En ambos casos aporta dinero para la manutención.
Pero más allá de la independencia, el objetivo de Aldeas Infantiles es que los niños puedan volver con su familia de origen. Ese proceso se planifica a largo plazo, siempre buscando un referente, que tiene que ser necesariamente el padre o la madre. "Si los padres no pueden estar presentes o hacerse cargo, se busca alguien para que el chiquilín pueda tener contacto con su familia y lograr el reintegro", dice Gabriela, que el año pasado vivió la mudanza de Melanie (13) a la casa de sus abuelos.
En 2010, 19 niños y jóvenes pasaron a vivir con su familia biológica; para 2011 se estima que sean 17. "Casi cien por ciento de los reintegros son exitosos, lo que hace que el funcionamiento de Aldeas sea más dinámico", asegura Vignola.
Tener la posibilidad de regresar con su familia es a lo que todos aspiran. "Por más que vivan bien, que te quieran, que te agradezcan todo lo que hacés por ellos, todos quieren volver con sus familias", reflexiona Gabriela. Mientras tanto, ella dedica su vida para ayudarlos a crecer con una sonrisa.
Las cifras
2.600 Niños, adolescentes y adultos son atendidos por la institución en aldeas y centros de todo el país.
101 Niños y jóvenes viven en las 11 casas que funcionan en Santiago Vázquez. La capacidad total es de 116.
17 Madres sociales trabajan en la aldea de Montevideo. Están con un llamado permanente para llegar a 22.