IGNACIO ÁLVAREZ
Hoy es domingo de Pascua, y la fecha encierra el misterio central del cristianismo: la resurrección de Cristo. ¿Cómo creer que al tercer día de morir, el cuerpo de Jesús, ya semidescompuesto, ascendió a los cielos a compartir la gloria de su Padre eterno? Para Dios no hay imposibles, responden los creyentes; mientras los ateos argumentan que cada uno cree lo que necesita creer. Y entre ellos y los agnósticos se divide la Humanidad: los que afirman que por alguna razón todas las sociedades creen en alguna forma de trascendencia más allá de la muerte (y si todas las culturas tienen su religión debe ser porque efectivamente hay una realidad supraterrenal que el Hombre intuye); y los que responden que justamente es tan angustiante la idea de que todo se termine con nuestra existencia mundana, que no toleramos nuestra finitud y nos inventamos la idea de un más allá que nos consuele y le de sentido a todo.
El empirista John Locke se basaba en la razón, y decía que nada podía surgir de la nada, por lo que todo lo que existía debía provenir de un ser eterno al que llamaba Dios. El propio Albert Einstein creía en Dios como principio de todo, y por estos días los científicos buscan con un acelerador de partículas reproducir el Big Bang, señalado como el origen del universo. Pero que no puedan probar la existencia de Dios, no prueba que Dios no exista. Sólo prueba que la ciencia, con sus herramientas y límites actuales, no puede probar la existencia de Dios.
Más allá de esta eterna discusión filosófica, claramente Jesús sí existió. No cabe duda de que fue un personaje histórico con un carisma muy particular, que llevó a sus enemigos a matarlo por razones político-religiosas. Su prédica desafiaba a los doctores de la Ley judía, a quienes reprochaba el preocuparse por observar las formas, dejando de lado la esencia de la religión: la ley del Espíritu, que no consistía en un decálogo con normas estrictas pero muchas veces vacías (como los ayunos, el descanso del sábado, etc.), sino en un único mandamiento más exigente pero más enriquecedor que todos los preceptos fariseos: ama a tu prójimo como a ti mismo.
La prédica de Jesús era revolucionaria y subversiva, cuestionaba el orden establecido, abarcaba a todos -incluso a los más pecadores, que serían perdonados si se arrepentían- y, la gran herejía, proponía una relación personal con Dios, a quien llamaba "Papito" ("Abbá").
Entramos aquí en otro capítulo espinoso en torno a si Jesús era un hombre o el hijo de Dios. Si tenía poderes sobrenaturales o si era un profeta con un atractivo excepcional. Si es creíble la virginidad de María, o sus portentosos milagros. Pero como me dijo una vez el Padre Aguerre (brillante jesuita con un carisma único): "Si a mí me demostraran que Jesús no caminó por el agua, que no curó a nadie, e incluso que no resucitó, no cambiaría lo esencial de su mensaje". Es que en todo caso esos gestos sobrenaturales fueron llamadores -reales o inventados por sus seguidores- para que la gente atendiera al mensaje central. El problema es que muchos tomaron lo accesorio como medular, y una catequesis infantil suele derivar con los años en un lógico descreimiento, si no se cuenta con las herramientas para aprehender un enfoque maduro de la fe.
En todo caso, se tenga la idea que se tenga de Jesús, está claro que fue un hombre de carne y hueso, y que como tal sufrió la tentación hasta el último minuto. Justamente, el valor de su sacrificio se basó en que para nada tenía la certeza de que Dios lo salvaría y lo sentaría a su derecha. Si no, qué gracia hubiera tenido.
Al recordar la esencia de su mensaje, es inevitable concluir cómo la jerarquía de la Iglesia lo ha traicionado durante siglos. Separar lo esencial de lo accesorio, ir a lo espiritual en lugar del cumplimiento de las formas, procurar una relación personal con Dios sin salvoconductos ni chantajes materiales, alejarse del poder, demostrar el cristianismo en el obrar cotidiano, ayudar a los más necesitados. Son todos conceptos por los que innumerables cristianos y no cristianos de bien han dado la vida; pero también son cruces con las que la Iglesia debe cargar desde la Inquisición hasta las Cruzadas, pasando por el enamoramiento del poder, y la soberbia de creerse la voz de Dios en la Tierra. ¿Cómo es posible que en pleno año 2010 no se permita comulgar a los divorciados, se prohiba el uso del preservativo, y se condene a los homosexuales activos? (Para no hablar de las otras iglesias de los cines, que lucran con la ingenuidad de sus fieles).
De todas formas, así como la Iglesia no necesariamente representa el sentir divino, sus horrores tampoco pueden servir de excusa para alejarse de la religión, entendida como su etimología lo sugiere ("re-ligare"), y evitar esa relación con Dios. Y no porque después uno vaya a ser premiado en el Paraíso -que eso bien puede dar pie al marxista "opio de los pueblos"-, sino porque esa forma de vida es la que a uno menos lo ata a los apegos terrenales, para ir por la vida como decía el sacerdote indio Tony de Mello, "ligero de equipaje".
Felices Pascuas.
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