TOMER URWICZ
Hay olor a comida casera. Desde la cocina se escapa el aroma a los fideos con salsa caruso y el murmullo de mujeres mirando televisión. Hoy, Tania, de 37 años, es la encargada de servir las porciones durante las dos horas que dura el almuerzo. Se levanta constantemente a calentar los platos al microondas, mientras Alejandra (20) lleva la batuta de la conversación. Lo hace con una acento típico de Melo, de donde viene, y con la postura que tienen los líderes.
No es para menos. Hace tres meses que está este Hogar de Madres del Hospital Pereira Rossell, un espacio destinado a descansar, alimentarse e higienizarse mientras su bebé se recupera. Es su segundo hijo prematuro. El anterior, quien también nació con 28 semanas de gestación, estuvo internado unos seis meses y todo ese tiempo su madre se la pasó en el hogar a la eterna espera de irse junto al niño a casa. Otro mes más tuvo que soportar, ya con el alta, para que una ambulancia la llevase hasta Cerro Largo porque no había traslados disponibles. Es un caso atípico, más de la mitad de las mujeres permanecen entre dos y nueve días.
Las charlas entre las madres se interrumpen abruptamente y en el aire se respiran los temores. Una mujer sonríe tímidamente, un gesto forzado para evitar que sea evidente la falta de varios de sus dientes. Minutos después, la educadora María Luz contará que se trata de una persona en situación de calle, quien está a la espera de la resolución judicial para quedarse con su hijo, recién nacido, que permanece en la unidad de Cuidados Intensivos del hospital.
La mirada se concentra en el plato de comida o se pierde en la pantalla que casi siempre está fija en Canal 4. La rutina es agotadora, como para toda mujer que debe alimentar a su bebé cada tres horas, y más para quienes deben despertarse a las 7 de la mañana para acudir al primer control. Pero lo que más cansa es la incertidumbre que genera la internación de lo más preciado que tienen: sus hijos.
"Para esta población ser madre es lo único importante que una mujer puede hacer, lo sienten como algo propio y que nadie se los puede quitar", cuenta María Luz, quien trabaja en el lugar hace seis años. El rol materno es, además, una forma de generar estatus social al igual que lo hacían en las tribus primitivas. "Una madre de 16 años tiene dos hijas, se puso de novia y los padres la echaron de la casa. Ahora vive con su pareja y los suegros y siente que tener hijos es su forma de estar atada a su amor, para no perderlo", ejemplifica la enfermera Isabel Cuña, una típica funcionaria de vocación.
A la salida de la cocina los olores se hacen más irreconocibles, difusos. Una mezcla de lavandina de los baños con ropa de cama recién lavada es la impronta de los corredores y las tres habitaciones en las que se distribuyen las 18 plazas. Alejandra termina de comer y corre a su cama a ordenar la ropita de bebé. La quita del ropero que le corresponde a cada madre y la acaricia con ternura. Se sienta sobre el acolchado azul que les dan en el propio Hogar de Madres y se queda un buen rato contemplando el vacío.
María Luz le da ánimo, la sostiene. Ella es, al menos el tiempo que dura la estadía, la madre de las madres. "El apego es tal que muchas regresan con sus hijos ya crecidos para mostrarnos cómo están", cuenta.
El equipo social y de salud, convertido en esa familia postiza, se mimetiza con las usuarias y les habla en lenguaje comprensible. Tanto, que las hijas de la médica Alicia Prieto le dicen que aprendió "a hablar como una plancha".
También el abrazo de una compañera es estimulante. La convivencia es más que correcta, en un hogar donde hay que lidiar con desconocidos, dormir y desnudarse frente a personas que jamás vieron. La buena vibra supera las asperezas y como regla cuando una está malhumorada se va a dar una vuelta para no "contagiar" al resto.
"La cocina es, en este sentido, un buen ámbito de aprendizaje y unión", dice María Luz. Se les enseña las pautas de higiene, los pasos básicos del arte culinario y el respeto por los tiempos del otro. "Hay gente que nunca tuvo un horno en sus veintipocos años de vida y cuando empezamos a cocinar no quieren acercarse. La comida es un vehículo que luego será juzgado por los demás, porque la comen todas sus compañeras. Entonces una ve que cuando pasan los minutos toman coraje, se animan y terminan todas participando", afirma María Luz.
ALTA. Cruzando el pasillo de salida y subiendo un piso por escalera están los bebés ya con sus mamás a punto de ser dados de alta. El sector, conocido como Sala 8, tiene la típica estética de hospital con la fragancia a alcohol y los pisos de baldosa. Se percibe más tranquilidad y entusiasmo. Los miedos dicen presente, pero en forma distinta. "¿Podré con este niño que ha tenido tanto problemas?", se preguntan estas mujeres una y mil veces.
Hellen (18) es un ejemplo de que se puede. A los siete meses de embarazo le practicaron una cesárea para extraer a los mellizos Ian y Maia. El varón pesó 905 gramos y la niña 45 gramos más. La mamá, acostada en su camilla y un tanto mareada, apenas pudo conocer a sus hijos, quienes fueron inmediatamente trasladados en una incubadora al CTI. Tres meses pasaron allí. El primer día que fue a visitarlos se asustó. Un montón de cables y monitores rodeaban a los recién nacidos. El shock duró unos minutos y luego se apartó para comenzar un duelo que duraría unos días. Con el tiempo fue comprendiendo que sus bebés pasarían más días en el hospital que el común de los niños, derrumbándose así el ideal de toda madre que desea irse pronto.
Hace 15 días dejó el hogar y pasó a convivir junto a sus hijos en la Sala 8. Hoy está feliz. En pocas horas los mellizos tendrán el alta definitiva. Está ansiosa por pisar la calle, por ver nuevamente Bulevar Artigas y subirse a la ambulancia que la traslade hasta su casa en Manga. Carga con las dos criaturas y con los tanques que les suministran oxígeno hasta llegar a la madurez pulmonar. También carga con las historias que dejó allá abajo, en el hogar. Esas horas compartidas con madres desconocidas, unidas por las ganas de ver a sus bebés sonreír, mover los bracitos pequeños y llorar, llorar mucho como símbolo de que se está vivo.
Atrás quedan esas tardecitas interminables en que las madres hacen la catarsis de lo que acontece durante el día. Esas breves visitas de las parejas, en el hall de entrada o en el patio lindero. Esos talleres de salud sexual que imparte una partera, una psicóloga y alguna de las seis educadoras.
"¡Nunca más voy a ser madre!", exclama tras lo que pasó. Quizás el transcurso de los días la hagan cambiar de opinión. O cuando dentro de un par de años regrese de trabajar como promotora y al abrir la puerta Ian y Maia le digan: "¡Feliz día, mamá!".
PROBLEMAS DE ADICCIÓN
La consigna es clara: las consumidoras de drogas no pueden hospedarse en el Hogar de Madres. Sucesivos conflictos y robos para consumir llevaron a esta determinación. "Una vez había una madre que era adicta a la pasta base y robó un celular. Nosotros sabíamos que era ella, pero no la podíamos acusar. Se pidió en una reunión que aquel que haya robado por favor deje el celular en tal lado. Y lo dejó. Al tiempo cayó en una crisis producto de la adicción e intentó cortarse las venas. Hubo que llamar a la Policía, la llevaron al Vilardebó, de allí a otro centro y terminó sin solución", recuerda la educadora María Luz, quien aclara que igual ingresan consumidoras porque "muchas no lo declaran y se esconden".
PROHIBIDO MOLESTAR
El cobijo que da la compañía
Un ropero con un candado, una mesita de luz y una cama con sábanas y frazadas azules son las pertenencias de cada mujer que vive en el hogar del Pereira Rossell. Las 18 plazas se distribuyen en tres amplias habitaciones y casi no existe un espacio para estar en soledad.
La pareja de cada una, al igual que toda persona ajena al hogar, tiene prohibida la entrada. A los hombres se les permite ingresar para los talleres de salud sexual y reproductiva; si no deben ver a sus mujeres en los dos horarios que ellas destinan para las visitas en el hall de entrada: de 14 a 15 o de 19 a 20 horas.
A ellas se les habilitan salidas transitorias con previa autorización de la Dirección. Muchas (223 de 312 en 2011) tienen otros hijos y deben salir para estar junto a ellos. Eso sí, máximo a las 2 de la mañana deben regresar porque luego se cierra la puerta.
Pueden escuchar la radio en volumen bajo o mirar el televisor que está en la cocina sólo en los horarios que no se destinan para el descanso.
Por el Día de la Madre reciben un regalo de la Fundación Caldeyro Barcia y todas juntas comparten una merienda festiva.
LAS CIFRAS
30%
Es la proporción de mujeres que se hospedan en el Hogar de Madres del Pereira Rossell que son menores de 19 años. Un 19% de las restantes son mayores de 35 años.
144
De las 312 mujeres que pasaron en 2011 por el Hogar de Madres eran solteras. Otras 28 estaban casadas, 10 divorciadas y las restantes 110 tenían una unión libre.