Tomer Urwicz
Es un romance distinto. Poco sexo y mucha fidelidad. Un amor que jamás conocerá un proyecto de hijos en común. Nació en un viaje a una estancia en Atlántida, bajo el sonido suave de Beniamino Gigli. Ella se apasiona por la lucidez del compañero, quien estudió dos carreras universitarias. Él, de pocas palabras y reacio al coqueteo, sube el volumen de la radio. "¿Te gusta?", le dice. Se ríen, cómplices. Él apoya su mano derecha sobre la espalda algo encorvada de su compañera y avanzan en un cuatro por ocho, sin la complejidad de los Wachiturros. Al rato se cansan y brindan con un té con limón. Él es diabético y no puede andar con antojos. Rozan sus labios arrugados, uno contra el otro. Se besan en privado, sin la mirada atenta de sus familiares. Ella esconde sus ojos enamorados bajo unos mechones rubios teñidos, cobijo de las canas emblemas del tiempo que pasó. Tienen poco que perder y todo un afecto por delante. Juntos: Federico (82) y Alejandra (72).
¿Es posible enamorarse en la tercera edad? "Claro que sí", asegura la psicóloga Ana Charamelo, especialista en gerontología. La viudez es uno de los hechos más frecuentes en la vejez "y las personas tienen el derecho a rehacer su vida", afirma la entendida, quien explica que a los hombres el proceso de enamorarse se les hace más difícil porque "estamos en una sociedad machista en la que estar con una nueva mujer es sinónimo de fragilidad". Pero, fuera del prejuicio cultural, el amor en la tercera edad fluye sin ataduras. Los adultos mayores no tienen nada que esconder y se conforman con la compañía. No se quejan de la manías de su pareja y, como en toda conquista, uno cede para atraer al otro. También Federico y Alejandra. Al principio sin el conocimiento de sus familias, luego bajo la aprobación de todos.
El encuentro fue hace dos años y medio. Estaban solos. Federico estuvo casado con su única esposa por 56 años, hasta que enviudó hace unos cuatro. El marido de ella falleció poco antes de cumplir las bodas de oro (50), unos seis años atrás. Él se había acostumbrado a estar en soledad. Alejandra necesitaba una compañía. Unos amigos en común lo increparon: "¿No te gustaría salir con Fulanita?". Y respondió: "Voy a pensarlo". A los dos días levantó el teléfono y llamó a su actual "compañera de ruta", como se nombran entre ellos.
Antes de la primera cita ella fue a la peluquería, como lo hace todas las semanas. Se perfumó y arregló. "Quería agradar, aunque no me vestí con ropa muy exuberante", recuerda. "Él tiene auto y le gusta irse para afuera. Me pasó a buscar por mi casa en Pocitos y fuimos hasta una estancia. Pasamos bárbaro. Charlamos. Es muy culto, aunque nunca ejerció sus profesiones (las que prefiere ocultar)", cuenta una Alejandra jovial y pícara. Desde entonces se ven los fines de semana, y algún día que otro en el medio. Salen a caminar por la rambla, se sientan en el Club de Golf de Punta Carretas, desde donde contemplan el oleaje del río, van al cine y cada tanto a una fiesta. "La otra vez fuimos a bailar", se ríe Alejandra. "Le di un beso en la mejilla porque me encanta cómo se mueve", dice con poca vergüenza. Para él, sin embargo, la vida en pareja se reserva a la intimidad del hogar. Incluso, se ofende cuando los confunden con marido y mujer. "Lo suyo es suyo, y lo mío es mío", asevera.
Pero están juntos porque les hace bien. Son compañeros que se complementan en gustos y manías. A tal punto que cuando comen en algún lugar, ella sigue la estricta dieta para diabéticos que hace él. "Luego picoteo algo cuando llego a casa", esclarece. La enfermedad de Federico parece ser la traba para una vida sexual activa. El contacto físico entre ambos se reduce a los besos y caricias. "Hemos intentado pero a él le cuesta mucho y eso lo frustra", indica Alejandra un tanto preocupada sobre la situación en otras parejas.
Pero el sexo no conoce edad ni contraindicaciones. "No hay enfermedades que vayan contra el sexo, una actividad normal en la vida humana. Sólo se prohíbe la actividad física por alguna imposibilidad orgánica", explica el médico geriatra Fernando Botta. "Con los años hay cambios en el organismo que varían la respuesta sexual, pero los adultos mayores siguen siendo tan activos sexualmente como a lo largo de su vida, y la intensidad depende de cómo se haya abordado el tema en su pasado", expresa Charamelo. Que las personas mayores son "asexuadas" es uno de los estereotipos asentados en la sociedad uruguaya, cuenta la psicóloga. "La gente piensa que el llegar a viejos implica una renuncia a la actividad sexual, una acción que parece ser patrimonio de la juventud y que siempre está ligada a la genitalidad (la posibilidad de tener hijos)". La reproducción es, en parejas más jóvenes, el proyecto común, pero también una excusa para no recobrarse al placer. "La imposibilidad de tener hijos es, muchas veces, un punto a favor. De hecho hay mujeres que luego de la menopausia manifestaron que su vida sexual se vio enriquecida porque se liberaron del miedo al embarazo", agrega.
La restricción para hacer crecer a la familia no disimula otros conflictos y competencias que surgen de esta nueva relación. "Los hijos y nietos sienten que hay un nuevo sujeto que ocupa un lugar en la mesa", cuenta Botta. El médico reconoce que con frecuencia los familiares de los adultos mayores consultan para obstruir esa relación alegando "que los viejitos no tienen la capacidad de decidir sobre sus propias acciones".
A Alejandra poco le importa. Va directo a lo que quiere, con cierta rebeldía juvenil. "Soy medio adolescente y le digo más veces que lo quiero que él a mí. Deseo que sienta que yo estoy bien. Él tiene vergüenza por las hijas, aunque ellas me conocen. Para los hijos es bárbaro porque saben que el papá está acompañado", comenta. Para los hijos de ella también y se lo hacen saber. Distinta es la posición de Martín, uno de los nueve nietos de Alejandra, quien al principio tuvo un poco de celos. "¡Que no te vaya a tocar!", le decía a su abuela. Ahora ya se acostumbró. La abraza y le apunta: "¡Peor era el de antes!" (risas), en referencia a un novio que tuvo ella al tiempo de enviudar. Un amor que no prosperó por la distancia (él vivía a unos 15.000 kilómetros). Con Federico, sin embargo, todo va viento en popa. Claro está que las familias que cada uno cosechó son un punto central en la vida de la pareja. "Luego de haber tenido tantos años a una esposa, cuesta reemplazarla", explica Alejandra.
Ella no busca reemplazar a nadie. Tampoco quiere traerle "un peso a su familia" y por eso la compañía de Federico es una excusa para librar a la única hija que tiene en Uruguay. "Los fines de semana estoy con Fede y mi hija se queda tranquila. Cuando estamos juntos nos entendemos y compartimos los gustos. Soy muy frágil en las decisiones y quizás por eso él sigue estando conmigo", reflexiona.
De carácter holgazán, ella cede ante los caprichos de su pareja. "Me contó 30 veces cómo murió la esposa. Nunca lo peleo, al contrario. Me pongo en off y listo", cuenta en confianza, con la misma que confiesa: "Yo quisiera convivir con él, aunque no sea lo mejor a esta edad. Extraño la vida de antes, cuando tenía toda la familia junta". Una imagen que se desdibuja con el paso de los años.
"La cercanía de la muerte enriquece la relación y ayuda a no perder tiempo", dice tajante Charamelo. Y señala: "A diferencia de los jóvenes, las personas mayores seleccionan las emociones positivas y perciben que lo que les queda de vida no debe tener muchos preámbulos".
Federico y Alejandra no piensan en la muerte. Aprecian el hoy con la seguridad del agua que pasó bajo el molino. Miran con nostalgia a un pasado que se fue, que les dejó una familia y el modismo de conquistarse a la antigua, con flores. Pero no pierden de vista el presente y la compañía que carece de edad. Un amor sin fecha de vencimiento. No se casaron. Ni tuvieron hijos. Pero viven felices para siempre.
Compartir, o no, los bienes es la cuestión
Contraer matrimonio es, a veces, la prueba legal de un amor. Otras, es el convenio económico entre dos personas. "Está con él por interés", es una de las frases más comunes cuando dos ancianos se casan. Un poco por celos de los familiares, otro poco prejuicio y un tanto de realidad. Ese fue el caso del edicto matrimonial fijado en el Diario Oficial el 25 de enero de este año. Raúl, un viudo y jubilado que no tiene hijos a sus 95 años, se casaría con Ana María de 56. Así lo indica el registro. Ella es la cuidadora del anciano por las noches. El casamiento era (finalmente se suspendió) el paso para que ella quedase con la potestad patrimonial de los bienes. Si se concretaba era el caso del adulto más veterano en casarse en lo que va de 2012. Desde el 1° de enero hubo 515 registros matrimoniales en Montevideo. De ellos, en 36 casos al menos uno de los novios superaba los 65 años (tiempo que indica el comienzo de la tercera edad).
Las personas con mayor edad que se casaron en Uruguay tenían 100 años. Ambos ya fallecieron. El primero fue Victorino, un jubilado llegado de Italia. Él contrajo matrimonio el 23 de enero de 2004 con Aracy, quien entonces tenía 80. Al año se casó Miguel con María de 74 años en aquel momento. Este último caso fue in extremis (uno de los contrayentes tenía diagnóstico terminal inmediato). Vivieron en Las Piedras y él falleció recién dos años después.