VALERIA GIL | COREA DEL SUR
Suárez! ¡Forlán!" son lo primero y lo único que conocen la mayoría de los surcoreanos cuando alguien les menciona a Uruguay. Su desinformación es casi la misma que la que desde este lado se tiene sobre el país asiático. Antes de pisar el suelo coreano, casi nadie imagina que un país que estuvo en guerra con sus hermanos del Norte y que se vio a sí mismo como "el Haití asiático" pudo reconstruirse hasta convertirse en una nación desarrollada en base a la innovación tecnológica y la producción de acero. Su potencial fue reconocido por la Organización Mundial de Comercio, que la ubicó en la posición décimo tercera de la economía del planetaria.
El "milagro del Río Han" es la frase elegida por los surcoreanos para definir ese espectacular crecimiento económico alcanzado después de 1953, luego de finalizada la guerra civil con Corea del Norte. De aquel enfrentamiento entre Norte y Sur, que sobrevino tras la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial, aún quedan vestigios. La zona desmilitarizada (DMZ por sus siglas en inglés), una faja de tregua de 238 kilómetros de extensión entre ambos ejércitos, recuerda cada día a los surcoreanos las diferencias con el Norte.
Un riguroso control se exige a los visitantes que llegan a la DMZ. Luego de pedir la autorización para el ingreso, un militar se encarga de subir a los vehículos exigiendo el pasaporte en mano. El valor histórico del lugar hace que lo que en principio fue el primer paso para la convivencia pacífica se convirtiera en una de las principales atracciones turísticas de Corea del Sur. Dentro de la DMZ hay locales en los que se venden recuerdos y sólo allí se pueden conseguir los apreciados licores norcoreanos.
A pesar de esta zona de tregua y de los esfuerzos diplomáticos internacionales para acercar a las dos Coreas, los surcoreanos se sienten amenazados por la escalada nuclear que emprendió Corea del Norte, a través del enriquecimiento de uranio. Los temores se acrecentaron ante el anuncio de Pyongyang sobre el lanzamiento de un satélite de observación terrestre en un cohete de largo alcance, previsto para el próximo domingo, fecha en que se celebra el centenario de su fundador Kim Il Sung. Seúl ve en esto una maniobra militar encubierta.
La amenaza latente que encierran las pruebas militares norcoreanas coincidió con la realización de una cumbre mundial en seguridad nuclear (el 26 y 27 de marzo) encabezada por el presidente de Estados Unidosm, Barack Obama. La presencia del mandatario desplegó un férreo dispositivo de seguridad (con cientos de policías) en las calles de Seúl y en los alrededores de la DMZ, uno de los puntos incluidos en la agenda presidencial.
CLÁSICO Y MODERNO. El movimiento de esos días aumentó un poco más el ajetreo propio de Seúl, la capital, con sus más de 10 millones de habitantes. La vista que regala la ciudad nada tiene que envidiar a las grandes urbes del mundo, con sus enormes rascacielos y lujosos centros comerciales. Seúl se rinde a los pies de la GT Tower West, un complejo de oficinas de 130 metros de altura, reconocible por su fachada de silueta ondulada y acabado en vidrio. No faltan quienes la comparan con Nueva York.
Las vidrieras de los comercios invitan a detenerse. Las marcas más afamadas en ropa se hacen lugar en el colorido centro, decorado de luminosos a cada paso. Las tiendas de electrónica son un imán para los turistas. Allí se pueden encontrar los más variados productos de las marcas locales, la multinacional Samsung y LG que se expandieron al mundo con sus LCD, smartphones, laptops y cámaras de fotos.
Pero el valor de los celulares (una tableta puede valer entre US$ 550 y US$ 800) no es una barrera para los surcoreanos: uno de cada dos tiene smartphone. Leer las noticias por Internet, averiguar las líneas de subte o ver televisión de regreso a casa son los usos más frecuentes que le dan.
Si de poder adquisitivo se trata, lo más difícil para ellos es cumplir el sueño de la casa propia. Por la falta de espacio, en Seúl predominan los apartamentos y comprar uno de tres dormitorios en una zona residencial puede significar un desembolso de US$ 700.000.
Pese al carácter moderno de Seúl, Corea no ha olvidado su legado ancestral y presenta en la ciudad de Gyeongju sus múltiples pagodas y templos budistas, que fueron declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco.
Separadas por 400 kilómetros de distancia, Seúl y Gyeongju están conectadas por el trayecto diario de un tren expreso que puede alcanzar una velocidad máxima de 350 kilómetros por hora. Dos horas son suficientes para que el pasajero del tren conozca Gyeongju, la ciudad del acero, donde se ubica la planta de Posco, una de las más grandes del mundo, que emplea a 17.000 personas.
En la ciudad y antiguo centro de la dinastía de Joseon conviven varios templos budistas situados entre las cadenas montañosas. Como parte del paisaje se pueden apreciar cerros más pequeños. A simple vista parecen elevaciones naturales, pero en realidad son construcciones de roca y arena de hasta 27 metros de altura que fueron edificadas durante el reino de Silla para resguardar los restos de los integrantes de la nobleza. Otra de las atracciones de la milenaria ciudad es el Bulguksa, un templo budista en el que se encuentran las pagodas de Dabotap y Seokgatap, el puente de la Nube Azul y dos estatuas de Buda de bronce bañadas en oro. Aunque ahora está abierto al público y es uno de los lugares turísticos más importantes de Corea, en el pasado sólo podían ingresar a él los reyes y nobles. A unos pocos kilómetros de allí, cientos de turistas y devotos se dirigen hacia la gruta de Seokguram que resguarda una de las estatuas más grandes de Buda que tiene Corea del Sur. A sus pies permanecen arrodillados decenas de fieles con la esperanza de que sus plegarias sean escuchadas. La última parada obligada antes de abandonar la capital de Corea es una escapada al mercado de Dongdaemun donde se pueden encontrar recuerdos y artesanías a bajo costo.
CON PICANTE Y AGUA DE ARROZ
La cocina coreana dista mucho de los platos occidentales, repleta de sabores picantes. Con una base de arroz, vegetales y pescado sorprende a cada uno de los visitantes.
Su plato tradicional es el Kimchi, un repollo fermentado en salsas de chile.
El Kimchi es consumido como desayuno, almuerzo y cena por grandes y pequeños.
No es común tomar bebidas gaseosas sino que los platos se acompañan con agua de arroz dulce o té helado.