Hoy es un triste día porque tengo que hacerle justicia a la gran Carson McCullers (1917-1967) y sé que no estoy a la altura. Su tema central es el de todos: la búsqueda del amor en un mundo desamorado o la esencial soledad de todos los seres humanos. El corazón es un cazador solitario empieza con la extraña amistad de un retrasado y un sordomudo en un pueblito del sur estadounidense; el sordomudo queda solo y recibe, cortésmente, a los habitantes del pueblo que lo acosan con sus problemas ya que sólo él puede entenderlos… Todo es perfecto gracias a esa prosa mágica: la creación de personajes, el paisaje, la luz, la tristeza. Escribió esta obra maestra a los veintipocos años.
En Reflejos en un ojo dorado y La balada del café triste el gótico sureño, que ya campeaba en la primera novela, se agudiza aún más y no faltan el jorobado, el retorcido criado filipino, la marimacho o el homosexual reprimido para que el amor fracasado vista los colores más alucinantes, para que el resultado sea más desolador.
El miembro de la boda está hecha con una niña, Frankie, un primito con el que juega y la criada negra que los cuida. Todo es atmósfera, todo es una especie de sueño maravilloso que nos lleva de la mano, aunque al final la niña se quede lejos de la boda de su hermana, del otro lado de ese muro que siempre se levanta frente a los sueños de los personajes de McCullers para dejarlos en el silencio y la soledad.
En Reloj sin manecillas, su última novela, mecanografiada con una mano porque ya estaba aquejada de parálisis, el racismo vuelve a mostrar su pezuña en todos lados haciendo que el amor fracase estrepitosamente, con una explosión y un gemido.
¿Mejor que Faulkner o Hemingway? Tal vez. Tal vez sí. Sí. Mario Levrero, que dos por tres me volvía a pedir prestadas estas cinco novelas, me dijo una vez que quería más a Carson McCullers que a su mujer. No me acuerdo a qué mujer se refería (creo que a "su mujer" del momento, fuera quien fuese), pero nada más natural. Lo entiendo perfectamente. Sí.