Jorge Abbondanza
A ESTA ALTURA DE la vida he descubierto con cierta emoción que la lectura de las notas de Alsina sigue dándome el mismo placer que hace cincuenta años. Creo que esa sensación deriva de la pulcritud casi geométrica con que escribía, por lo menos durante las décadas de su plenitud profesional. Para mí, el gozo de leerlo equivalía a adivinar la precisión que tendría la frase siguiente, luego de lo cual saboreaba realmente ese ajuste de la prosa, veteada de una autoridad sin par pero también de agudezas y de chispas de buen humor. Para el lector, el remate de ese estilo periodístico consistía en la certeza con que Alsina formulaba un juicio, entregando al consumidor una transparente claridad para expresarlo. Y luego del punto final, uno agradecía esa redondez bañada por el océano de la memoria y los conocimientos del autor.
Para quien ha mantenido viva semejante devoción lectora, llega como un festín el primer tomo de lo que serán las colosales Obras incompletas de Homero Alsina Thevenet, gracias a la idea, investigación y compilación de tres laboriosos exploradores que son Alvaro Buela, Elvio E. Gandolfo y Fernando Martín Peña. Se trata de dos argentinos y un uruguayo provistos de un reconocido prestigio como estudiosos, docentes, realizadores, periodistas y escritores, según los casos, pero armados además de una gratitud al parecer inextinguible por el legado de Alsina, al que dedican esta epopeya de búsqueda, ordenamiento y selección volcada en las 938 páginas (más otras 38 de índices de películas, apellidos y notas) que abultan el primer tomo, al que seguirán -prometen ellos- otros tres. Por el momento, esta entrega inicial abarca los años 30, 40 y comienzos de los 50 en la tarea de Alsina, etapa que corresponde a sus actividades en Cine Radio Actualidad, semanario Marcha y revista Film.
Luego deberá venir la década culminante en la página de Espectáculos del diario El País (1955-1965), sus etapas en otras publicaciones porteñas (Primera Plana, Panorama, Adán, La Razón, Página 12) y nuevamente El País, donde inventó el suplemento Cultural a cargo del cual se mantuvo desde 1989 hasta su muerte en diciembre de 2005. Esa trayectoria, copiosa y kilométrica como se sabe, lo convirtió en la mayor personalidad de la crítica cinematográfica que ha tenido la comarca rioplatense y en un guía quizás único para formar y orientar a colegas más jóvenes durante largo tiempo. Hasta la fecha, sin embargo, nunca se había homenajeado así a la huella que dejó Alsina, retribuyéndola con este viaje a su pasado periodístico, para remediar la dispersión de un material sólo ubicable en las hemerotecas y superar la suerte errática de lo que se produce en este oficio. Por ello esta recopilación se convierte en una invalorable faena de rescate y una forma de atrapar el recuerdo de Alsina, pensando sobre todo en las nuevas generaciones.
EL IRRITABLE. Mucha gente pensaba que Alsina era un individuo intratable y en verdad solía ser seco y cortante con interlocutores que no le interesaban. Sin embargo no es fácil que compartan esa opinión los colegas y amigos que -como quien escribe estas líneas- sólo recibieron el trato más clemente que podía pedírsele a ese hombre tan eléctrico y en ocasiones tan monosilábico. Algunos eran sus elegidos y otros eran los excluidos, categoría en la que figuraban los cargosos, los zalameros, los rebuscados y los muy locuaces, con los cuales el intratable no tenía la menor paciencia. En esos casos desplegaba un temperamento y una aspereza que también se revelaban en los flechazos con que liquidaba por escrito una película mediocre y en su belicosa inclinación por mantener polémicas con ciertos grupos o algunos colegas, que eran batallas periodísticas de textos a veces interminables, en las que Alsina argumentaba virtuosamente llevado por el empeño de imponer su punto de vista, que al fin y al cabo es en lo que consiste también el ejercicio de la crítica.
La montaña de papel en la que se internaron Buela, Gandolfo y Peña, debe haberlos desafiado como las reliquias enterradas hacen frente a la tenacidad de los arqueólogos. Estos tres expedicionarios remontaron la vida y la obra de Alsina, emergiendo por fin con la pila de material que encerrarían en su primer tomo, cuyo ordenamiento es también -aunque no resulte explícito- el fruto de la prédica alsiniana, un voluminoso modelo de lecciones bien aprendidas. Las conclusiones que cabe extraer de la lectura son conocidas para los frecuentadores de la pasión de aquel crítico, aunque no para quienes ignoren las etapas iniciales de su carrera, un tramo que comenzó en 1937, antes de que Alsina cumpliera 15 años y bajo la tutela de Arturo Despouey. El repaso de esas primeras notas permite saber que la modalidad expresiva de Alsina evolucionó visiblemente con el paso del tiempo y que en esas ejercitaciones juveniles el menor de edad incurría en hábitos que más tarde reprocharía a sus colaboradores, desde el abundante empleo de la primera persona del plural o la caudalosa adjetivación, hasta el metraje desmesurado de algunos comentarios y la ocasional reiteración de conceptos.
Como Alsina creció velozmente a partir de aquellas precocidades, él sería luego el primero en calificar duramente sus comienzos y renegar de tantas cosas que entonces había escrito, constancia que por cierto figura en este libro, al que no se le escapa casi nada. Para el aficionado al cine o para el porfiado lector de críticas, puede ser espectacular la comprobación de cómo el estilo de este hombre fue virando hacia la síntesis, la puntería humorística, la elocuencia de ciertos vocablos y el filo de lenguaje con que supo seducir al lector y de paso dejar constancia de sus conclusiones con ademán irrebatible y tono dominante. Como a menudo ocurre con los críticos magistrales, Alsina se concentraba igual que un teólogo cuando debía escribir sobre una gran película. De esa concentración hay ejemplos en el libro, como puede observarse en los textos que dedicó a Iván el Terrible de Serguei Eisenstein (pág. 386), al Hamlet de Laurence Olivier (p. 456) o a Diario de un cura rural de Robert Bresson (p. 528), aunque la religiosidad, los eufemismos y el trazo atmosférico del realizador francés no integraran el renglón de las predilecciones de Alsina.
EL CORRECTOR. En ese renglón -el libro lo demuestra- se ubicaba en cambio un grupo de directores anglosajones y clásicos, más terrenales que Bresson y más occidentales que Eisenstein. En ese grupo deben figurar William Wyler, John Ford y George Stevens, sin olvidar desde luego a Ernst Lubitsch o Frank Borzage. El impetuoso paso de los años ha encajonado a esos y otros nombres en el armario del pasado, pero en una época de escandalosa trivialidad y frecuente estrépito como la que se vive hoy - incluyendo al cine- un vistazo a la serena sabiduría de aquellos viejos y a la veneración con que los trataba Alsina, puede ser un baño purificador enriquecido por la sagacidad con que sus crónicas tanteaban los hallazgos expresivos y las señales de un sello personal. Como la punzante inteligencia de Alsina no podía quedar embretada en la cobertura de estrenos comerciales, el libro sabe (igual que él) abrir un abanico más amplio y registrar sus reflexiones sobre la cultura cinematográfica en el Uruguay, así como los cuestionamientos con que enfrentó a la opinión de los católicos montevideanos en torno a La ronda de Max Ophüls, que provocó un gran revuelo (p. 924) o con los que combatió a los "estetas" de Cine Club del Uruguay, entre otras riñas de gallos.
Con Alsina había un riguroso método de trabajo que consistía en que cada nota fuera leída (y comentada verbalmente) por todos los integrantes de la página antes de su publicación, incluidas las que aportaba él. Ese rigor se extendía a su conducta personal en el cine, cuando iba a ver una película que debería comentar, porque llevaba libretita y lápiz para anotar lo que llamaba su atención en la película y así guiarse mejor cuando escribiera sobre ella. El resultado era un esmero que él aplicó a su inagotable vocación por corregir, desde la ortografía en el nombre de celebridades hasta múltiples correcciones de estilo para impedir que alguien cayera en retruécanos o tautologías, aligerando de paso un texto que podía estar "abrumado de adverbios", como dijo más de una vez. Movido por esos impulsos abordó temas grandes y pequeños, como sus enormes balances sobre festivales internacionales, así como sus referencias a la caza de brujas en Hollywood, durante las campañas parlamentarias contra el comunismo (p. 410), pero también sus reparos a la censura soviética y sobre todo su guerra contra el doblaje al español, que estropeó unos cuantos estrenos montevideanos de la Metro en el período 1944-45. Zambullirse ahora en el libro es una manera de reencontrarse vivamente con Alsina, sin excluir sus ocasionales notas sobre teatro, libros o revistas especializadas. Compartir ese reencuentro es no sólo un placer (bastante privado, si se quiere) sino que es también un adelanto cronológico sobre el interés que en etapas posteriores de su vida despertarían sus propios libros sobre Chaplin, el Oscar, la censura, el macarthysmo y los datos inútiles que hilvanó perversamente en dos "enciclopedias".
Al margen de la formidable tarea de Buela, Gandolfo y Peña, no hay más remedio empero que pedir disculpas a los tres e inspirarse en el propio Alsina para marcar -como lo habría hecho él- algunos tropiezos del texto y algunas erratas, en nombre de la corrección que el venerable colega pregonaba. Hay letras equivocadas (ps. 107, 498, 880, 915, entre otras), porque conscientemente se escribe con una ese (ps. 388, 625) y el apellido de Gérard Philipe lleva una sola pe (p. 629). Pero también hay errores algo mayores. A propósito de la película Canción inolvidable, se dice por ejemplo que Chopin llegó a París en 1881, cosa improbable ya que el músico había muerto en 1849 (p. 346). Sobre Apasionada de David Lean se señala que el film es "una reiteración de Lo que no fue hecha dos años después", aunque en verdad fue hecha cuatro años después (p. 461). Sobre el festival de San Pablo de 1954, se dice que "la práctica ha enseñado...", pero ese verbo auxiliar del pretérito perfecto salió publicado sin hache (p. 835). Se menciona a La loba como una película de 1942, aunque es del año anterior (p. 839) y luego se ubica a El ocaso de una vida en 1949, aunque debió decirse 1950 (p. 843).
Marcar esos desajustes es un reflejo del filatelismo bastante majadero de algunos críticos uruguayos (sobre todo viejos), pero además es irrelevante, aunque podrá ser útil para retocar la segunda edición. Lo que importa es el valor testimonial y la magnitud de la recopilación, que por cierto agrega un nuevo mérito a los que llevan acumulados estos tres investigadores. Una vez recorrido con el detenimiento que corresponde, el libro desata un aluvión de recuerdos en quienes disponen de antiguos puntos de referencia. Todo ello ocurre en torno a Alsina, a su conducta, sus réplicas, su disciplina y su talento. En aquellos tiempos, algunos conocidos decían que había que tomar distancia para no ser tragado por la devoradora personalidad de Alsina. Si tratarse de usted es una manera de tomar distancia, este cronista debe confesar que nunca llegó a tutearse con él durante cuarenta años de amistad, pero así se cultivaba entonces la importancia de ser formal. Todo era estricto, igual que lo que escribía el hombre del bigotito.
OBRAS INCOMPLETAS DE HOMERO ALSINA THEVENET (TOMO I) sobre idea, investigación y compilación de Alvaro Buela, Elvio E. Gandolfo y Fernando Martín Peña. Edición del Instituto Nacional de Cine y Audiovisuales de la Argentina y del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Buenos Aires, 2009, 938 páginas.