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 Viernes 02.07.2010, 04:09 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


Reedición de Josefina Ludmer

Para leer a Onetti

Hugo Fontana

LA ARGENTINA Josefina Ludmer publicó en 1977 Onetti. Los procesos de construcción del relato, donde analizaba tres textos clave: La vida breve, Para una tumba sin nombre y La novia robada. Lo hacía, según asevera en el prólogo a una reciente segunda edición, desde tres presupuestos que daban cuerpo a una forma de leer que hoy ha entrado en cuestión: desde la teoría del significante de la lingüística estructuralista, desde la teoría del deseo y del placer del psicoanálisis, y desde la teoría de la producción del marxismo.

"Este es un libro de crítica literaria sobre un escritor consagrado, canónico, latinoamericano, del siglo XX; un ejercicio más o menos ortodoxo sobre un autor y su obra. Fue escrito antes de 1976 pero apareció después. El mundo era otro." Con este párrafo se abre el prólogo que Ludmer fecha en agosto de 2009. Y solo este texto, de apenas seis páginas, vale para abrir una larga reflexión acerca de los cambios acaecidos en los últimos treinta años en materia de crítica literaria, pero también se hace extensivo a toda forma de pensamiento. La autora jerarquiza, entonces, aquellas virtudes de Onetti que permitieron, más allá de estos cambios, que su obra haya atravesado un tiempo que devastó certezas y propuso desplazamientos radicales, y que lo han transformado en el clásico de lectura reverencial que hoy se estudia en todo el planeta.

Un modelo femenino. Para Ludmer el mundo onettiano se constituye y se desarrolla, hasta la formulación más exhaustiva, en La vida breve: "un narrador cuenta cómo es posible que él cuente y erige, por este mero hecho, una compleja dialéctica que simula desplegarse entre `la realidad`, `la ficción` y el sujeto que las articula". Adentrarse en este mecanismo implica una vivisección de la obra, en donde deben compararse las partes de un escenario y de un ejercicio que ella irá comunicando página tras página. Establecido un juego casi especular y antagónico entre esas partes, es dable entonces aplicar esa mirada única que, sin embargo, parte de la trinidad teórica antes señalada. Mitades ausentes y presentes -el seno mutilado de Gertrudis, la aparición de la Queca en la habitación contigua; el guión que Stein encarga a Brausen, el mundo que Brausen construirá a partir de la nada; la correlación de personajes sublimados esencialmente en Brausen-Díaz Grey; ciertas díadas recurrentes en la fauna de Onetti como el médico y la prostituta, el macró y el soñador- caminan paralelas, se entremezclan, se eluden o colisionan, en la construcción de esas dos mitades esenciales del discurso narrativo: realidad y ficción o, mejor, ficción y sub-ficción, como apunta Ludmer.

Pasar de la "realidad" instalada en el mundo cotidiano de Juan María Brausen y sus mujeres, hombres y espacios contiguos, a la "ficción" de Santa María, con sus alter egos también contiguos y reflejantes -Arce, Díaz Grey, Elena Sala, su esposo, etc.- es el mecanismo de producción por excelencia de la literatura onettiana: el relato dentro del relato, ya en forma de narración oral, ya en forma de cartas, ya como simple recuerdo o deliberado presente, allí donde ha quedado emplazada una ausencia, algo que fue amputado, algo que se desgastó. La literatura es siempre una tarea de reparación, de salvación y de fuga de lo ya perdido o de lo que está a punto de perderse: "se escribe porque hay algo que falta".

Esta hipótesis no solo permite a Ludmer analizar La vida breve sino también recorrer el resto de la obra de Onetti. Para ella, allí está fundada una ideología que asimila creación a gestación "según un modelo femenino, con embarazo y parto en el hombre, en el escritor".

El navío. Ludmer evalúa las unidades de construcción, las zonas de coincidencia, oposición y variación, los enlaces narrativos -ya en el terreno del lenguaje, ya en el de la producción, ya en el de la psicología profunda-; evalúa los puentes que Onetti, desde Brausen, va tendiendo en el pasaje de un mundo a otro, de unos personajes a otros, de unas necesidades a otras, hasta establecer una suerte de vínculo sincrético entre la historia que narra y el propio instrumento que utiliza, el lenguaje. Descubre, también, el "al lado" inexcusable entre un mundo y otro: el apartamento de la Queca, los espacios imaginarios de Santa María; las caminatas por una ciudad desierta y los paseos por una ciudad que debe poblarse; muertes y "nacimientos", muertes y partos. La literatura es una construcción de la heterotopía, no de la utopía; es la fundación de otro lugar posible, una inauguración permanente, un viaje interminable. "El navío es la heterotopía por excelencia", dijo Michel Foucault en una conferencia pronunciada en el Cercle des Études Architecturals, en 1967. "En las civilizaciones sin barcos, los sueños se agotan, el espionaje reemplaza allí a la aventura y la policía a los corsarios."

Capítulo a capítulo son investigados los trasvasamientos entre una "serie" y otra -como Ludmer llama a las distintas escenografías que van del Buenos Aires real a la Santa María inventada- tanto de la historia en sí como de las miradas, de los puntos de vista, hasta llegar a la instalación final de Díaz Grey como narrador en primera persona. El personaje "se transforma en sujeto" y trasmutará más tarde, en otras obras de Onetti, como en Para una tumba sin nombre, en sujeto de enunciación. "Este proceso reproduciría y representaría el proceso de producción del relato en su conjunto, que narra cómo un personaje - Brausen- llega a narrar", afirma Ludmer, para apuntar de inmediato que La vida breve no es solo "el relato de la constitución de `otro` relato y de `otro narrador`, sino al mismo tiempo el relato de las condiciones de esa constitución en el sujeto que narra", con sus angustias, abandonos familiar y laboral, transgresiones múltiples.

Llegadas y visitas, recibimientos y despedidas, viajes y ostracismo, muertes y suicidios, he ahí un puñado de constantes que recorren a lo largo y a lo ancho la obra de Onetti y que Ludmer va detectando en esta novela publicada en 1950, en la que además cada uno de los personajes es una suerte de reverso del otro, una construcción fundada en la negación y en lo alternativo. Es cuando además Ludmer sostiene que en Onetti "la preferencia por los términos que dicen a la vez dos cosas diferentes" no apunta a "producir polisemia sino (a) tratar a la palabra como moneda de doble faz...".

Un impulso de negatividad. "La vida breve, que cuenta de qué modo Brausen cuenta y en qué condiciones de realidad, nunca habla del problema de la escritura, de sus borradores y tropiezos; nunca escribe el esfuerzo por escribir", dice Ludmer, y acaso sin proponérselo, está distanciando definitivamente a Onetti de otros escritores, de la parafernalia exhibicionista que debió compartir durante sus años de creación. Y es que, de modo paralelo al análisis crítico de Ludmer, se instala una valoración ética del escritor ante su mundo, ante sus lectores y ante sus semejantes.

No es que haya habido jamás una voluntad consciente, explícita, de parte de Onetti: ello, como en todo gran narrador, decanta de la profundidad y del valor estético de su obra, ya no solo de la exquisitez con que pueda usar sus herramientas sino también de ciertas condenas -o personajes condenados- de las que se nutre. De ahí también que Ludmer rastree en la contigüidad de la prostituta y el escritor: "el escritor vende `sueños`, la prostituta `placer`; el escritor se interna en el espacio de la aventura opuesta al orden y es ella la que reina en ese espacio. La prostituta es la figura típica de las `vanguardias` de fin y de principios de siglo y eso representa en Onetti: un impulso de negatividad, ruptura lógica y social, zona libertaria, antifamiliarista y antirreproductora".

Y en el párrafo siguiente concluye: "El momento anarquista (...) aparece en Onetti como paso necesario en la práctica de la escritura, como su instrumento de negatividad; habría que preguntarse si ese momento no es constitutivo de cierta literatura que reflexiona sobre el lugar social del escritor en el modo de producción capitalista".

Casi a mitad del libro, Ludmer parece hacer un alto para leer Los adioses, publicado cuatro años después de La vida breve. Lo hace, en un principio, para establecer las diferencias entre la novela policial clásica -la que cuenta dos historias: una, el crimen; otra, la investigación y eventualmente la resolución de los hechos- y la narrativa onettiana, donde, si bien Onetti "se adhiere al sistema policial", da forma a una parodia del noir: la verdad no es lo que se busca dilucidar, sino el planteo, la exposición del problema. En algo más de diez páginas, Ludmer construye una lectura espléndida de Los adioses, solo comparable a la que había hecho en el momento de la primera edición Emir Rodríguez Monegal. "El enigma de Los adioses no es otro que el de los mecanismos productivos de la escritura de Onetti: el enigma de la transformación y del destino de lo no dicho", calificando a la novela como lo antipolicial por excelencia y un espacio privilegiado para acceder al escritor.

Desde el puente. Es cierto: por fortuna nunca tanta agua ha pasado debajo de los puentes del pensamiento en estos últimos treinta años. Pero no por ello debemos acordar con la imagen de "mundo perdido" que Ludmer postula en el prólogo de este libro o, por lo pronto, es obligación relativizar pérdida y alteridad. Los instrumentos de Ludmer han disminuido su filo como corpus teóricos totalizadores, avasallantes, pero conservan, en manos de una mente brillante, la misma precisión técnica del momento en que fueron utilizados, lo que es decir que fueron aplicados de forma tan certera que todo lo que quisieron desentrañar aún continúa iluminado. Ludmer se ve a veces arrastrada por los excesos de la deconstrucción semántica, tan en boga por aquellos años, y quizás sea ese el único pecado a atenuar. Lo demás permite sostener que, en un año en que tanto se publicó acerca de Onetti, esta fue la contribución más importante para entender y valorizar como corresponde al mayor escritor uruguayo de toda la historia.

Y seguramente no haya párrafo de claridad más elocuente que el que sigue: "Es cierto que narrar a sus semejantes, y narrar sobre una situación común, es uno de los elementos que hacen a la relativamente escasa popularidad de Onetti en relación con algunos de sus `pares` latinoamericanos", señalaba Ludmer cuando aún los autores del boom estaban en la cima de su gloria. Y continuaba: "Onetti escribe, a escritores, sobre la escritura. Lleva a la práctica - y a la verdad- el dictum de Walter Benjamin: un escritor que no enseña nada a los escritores no enseña nada a nadie."

ONETTI. LOS PROCESOS DE CONSTRUCCIÓN DEL RELATO, de Josefina Ludmer, Eterna Cadencia, 2009, Buenos Aires, 227 págs. Distribuye Ediciones del Puerto.

Más notas desde Perú

EL PERUANO Alonso Cueto es autor de una larga serie de títulos (libros de cuentos, novelas, novelas policiales, ensayos) que poco y nada han circulado en Uruguay. Su novela más conocida es El susurro de la mujer ballena, que fue segundo premio en el concurso Planeta-Casa de América de 2007. En 1984 escribió su tesis doctoral para la Universidad de Texas, en Austin: "Onetti. Las leyes de la ciudad y la vejez", la que 25 años después transformó en el volumen Juan Carlos Onetti. El soñador en la penumbra.

Cueto estudia básicamente cinco cuentos: "Un sueño realizado", "Bienvenido, Bob", "El infierno tan temido", "Jacob y el otro" y "La novia robada", y luego se centra en dos temas recurrentes de la narrativa onettiana: el paso del tiempo y el reinado de la ciudad. El análisis de los relatos no pasa de una mirada impresionista, didáctica, poco novedosa; el abordaje a esas constantes (juventud y vejez, el escenario urbano) tampoco aporta demasiada luz a lo que siempre se ha escrito sobre Onetti, cuando no se deja llevar por alguna que otra conclusión decididamente errática.

Las desprolijidades son múltiples. Por ejemplo, en la Introducción, Cueto sostiene que estamos "a más de veinte años de su muerte" (¿es necesario anotar que Onetti murió en 1994?), y a lo largo del libro los editores dejaron funcionar a placer el corrector de Word, al punto de que Eladio Linacero aparece siempre como Eladio Lancero. También, más rápido que ligero, el peruano cae en la hipótesis del Onetti sufriente y masoquista, y, refiriéndose a una de sus fotografías más conocidas, aventura esta descripción: "Los anteojos le atraviesan la nariz y se pierden en el pelo, como un aparato de tortura que él está soportando con estoicismo, casi con alegría". Cueto cita un texto de Onetti ("...no sirven después las palabras para explicar") y a renglón seguido repite la cita y escribe que "no vienen las palabras para explicar" ("Un sueño realizado"). Cueto confunde varias veces quién es Bob el joven con Roberto el viejo ("Bob es un hombre viejo que añora al Roberto de su juventud..."). En la página 56 cita textual a Onetti: "...un viejo no es uno que fue joven, es alguien distinto, sin unión con su adolescencia, es otro", pero en la página 75 llega a la conclusión de que "para Onetti la vejez siempre es un estado relativo". Cueto transcribe cada tanto largas notas en francés e inglés que no traduce para su lector castellano, acaso como síntoma de erudición. Como no podía ser de otra manera, declara su absoluta admiración por el libro de Vargas Llosa, El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti.

Pero las cosas se complican aún más. En la sección "La vejez como un vicio. Una tradición moral", hace un panegírico ideológico de la juventud y le atribuye a Onetti consumo y distribución del tema en ese código, rastreando una cierta categorización moral y política en su obra. Onetti no centra su atención en la fuerza de la juventud sino en su pérdida, al contrario de lo que supone Cueto, y ello dentro de una estética cardíaca, melancólica, que también atraviesa toda la letrística tanguera (los años juveniles son "primaveras", la vejez se transforma en "las nieves del tiempo"). La confusión del peruano es tan grave que llega a suponer que la prédica peronista acerca de la "pureza moral de los jóvenes" influyó de algún modo en la obra narrativa de Onetti. Y cuando bucea en la temática relativa al mundo urbano, intenta atribuirle una disyuntiva algo similar a ciudad=encierro - campo=libertad. Es claro: Cueto no leyó a Emir Rodríguez Monegal (Onetti. El descubrimiento de la ciudad), ni siquiera al propio Onetti (o Periquito el aguador) cuando exigía en 1939 a los nuevos escritores que aceptaran "la tarea de contarnos cómo es el alma de la ciudad. Es indudable que si lo hacen con talento, muy pronto Montevideo y sus pobladores se parecerán de manera asombrosa a lo que ellos escriben", o cuando ironizaba a propósito de aquel país habitado por un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos...

La quinta sección de este libro, "Las técnicas del narrador", breve, dedicada a analizar la pericia onettiana en la construcción de sus diferentes narradores, cobija sí algunos aciertos.

JUAN CARLOS ONETTI. EL SOÑADOR EN LA PENUMBRA, de Alonso Cueto, Fondo de Cultura Económica, 2009, Lima, 180 págs. Distribuye Gussi.

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