Álvaro Ojeda
LOS FOCOS se atenúan, la música ruge y al cabo de unos instantes, cesa. Los músicos están de pie y han dejado de soplar sus instrumentos. Lucen marciales y alertas, lustrosos en sus impecables trajes satinados. Con pasos rítmicos, una figura ingresa al escenario, se acerca al micrófono y ensaya una disculpa, mientras mira hacia el taburete vacío que debería ocupar el pianista. El pianista es nuevo -explica- y hay que tenerle paciencia: llega tarde y no conoce muy bien los temas. La gente estalla en una carcajada cómplice. Acto seguido, Duke Ellington va hacia el piano y ocupa su lugar. La orquesta arranca con "Take the A train" y el universo se conmueve. Harry Carney en el clarinete, el trombón con sordina de Booty Wood, la trompeta del inefable Cootie Williams, y toda la orquesta, a la que se ha dado en llamar el mejor instrumento de Ellington. Al finalizar los bises, Duke vuelve al micrófono y en los distintos idiomas de los países que ha recorrido exclama: "Los amo locamente".
Razón del amor. Este libro, publicado en 1973, fue una concesión extrema del músico, renuente a escribir sus memorias. No obstante, el resultado supera toda reticencia. La narración es fluida, a la vez transparente y profunda, y revela una sensibilidad atenta a todo fenómeno artístico, a toda manifestación cultural, al hombre y sus asuntos. Ellington ordena sus recuerdos en ocho sectores que llama "Actos", a los que subdivide -utilizando un neologismo también teatral- en "Dramatis Felidae", que remite a la locución latina dramatis personae (máscaras o personajes del drama) y felidae que significa felino. Debe señalarse que cat -su equivalente en inglés- es una expresión utilizada en la jerga del jazz con un sentido de compañero, compinche. En los "Actos" Ellington cuenta su vida íntima -la historia de sus abuelos y de sus padres, el hogar de clase media, culto y tolerante de donde provenía- y su vida pública como aprendiz de músico primero, pianista y director consolidado después. Anécdotas sabrosas, cierto aire mundano y una bonhomía genérica que le hizo sortear con elegancia el estigma del color de su piel en un país racista. En "Dramatis Felidae" Duke recuerda a casi cien figuras del jazz, las reconocidas y las olvidadas. Para cada una de ellas escribe un comentario, un agradecimiento, una bendición si han fallecido. A esta descripción debe sumarse una iconografía maravillosa, doce páginas en donde se detalla parte del millar de obras que compuso y un extenso reportaje como cierre del volumen.
Historias. Las anécdotas se suceden. El famoso dominio de la mano izquierda del que hizo gala Duke Ellington tiene un origen equívoco. El béisbol fue, hasta su primera juventud, la gran pasión del futuro músico. Para ver jugar a sus ídolos vendió golosinas en los estadios durante la temporada de verano, en lo que el pianista catalogó como su primera experiencia de pánico escénico. En cierta ocasión un compañero lo golpeó accidentalmente con un bate de béisbol en la nuca, golpe que, si bien no lo dejó inconsciente, aterró a su madre de tal manera que decidió que Edward olvidara el béisbol y comenzara a estudiar piano. La profesora de piano elegida fue la señora Clinkscales -apellido que podría traducirse como "tañe-escalas"- que batalló contra el desinterés del futuro Duke por el piano.
Ese desinterés obligó a la profesora a ejecutar durante la fiesta de fin de cursos la melodía que su alumno se negó a memorizar. Ellington acompañó a su profesora utilizando sólo la mano izquierda, marcando el ritmo con un llamativo swing que con posterioridad lo definiría como ejecutante. Algo similar sucedió con el origen de su famoso apodo: "Fue por esta misma época, justo antes de entrar en el colegio y de que me cambiara la voz, cuando me dieron el apodo de Duke. Yo tenía un amigo, Edgar McEntree (él insistía en pronunciar su apellido con el acento en la sílaba `en`) que era muy fino y gustaba de vestir bien. Su familia era de buena posición, tenía una intensa vida social, y siempre estaban invitándolo a fiestas y demás. Creo que Edgar se dijo que para gozar el privilegio de su amistad era necesario que yo tuviera un título nobiliario. Y por eso empezó a llamarme Duke".
Es por Edgar McEntree que Ellington toca por primera vez en público, en una fiesta a la que ingresó como colado y falso noble. Esta anécdota de sus orígenes artísticos está colocada en el libro frente a una fotografía muy particular: la de Gertie Wells. La señora Wells es una persona mayor, vestida con cierto aire de matrona negra del sur de los Estados Unidos y mientras mira a la cámara, acaricia las teclas de un piano. Esta amable señora es la primera de una larga lista de pianistas a los que Duke rinde homenaje. Músicos que en el mejor de los casos grabaron alguna composición en condiciones técnicas espantosas, pero que son los maestros del mejor pianista de la era de las Big Bands, acaso de toda la historia del jazz. Músicos populares a los que Ellington les debe algún fraseo, alguna fórmula para realizar una disonancia o -como en el caso de Oliver "Doc" Perry- un sistema para evitar los calambres durante las actuaciones. Todos están consignados, todos son tan importantes como los otros grandes músicos con los que tocó, desde Louis Armstrong a Miles Davis. Luego de hablar de sus giras por el mundo -desde París a Kabul, desde San Pablo a Damasco, desde Calcuta a Moscú- Duke Ellington da la clave de su talento inagotable: la observación. Llega a confesar que tiene un hombro más bajo que el otro de tanto apoyarse en los pianos desde los años 20 para tomar nota, aprender y luego reconocer al otro, al más modesto, al menos recordado, como maestro.
LA MÚSICA ES MI AMANTE de Duke Ellington. Global Rhythm, 2009. Barcelona, 543 págs. Distribuye Océano.
En el Río de la Plata
Duke Ellington
EL 11 DE SETIEMBRE de 1968 Duke Ellington y su orquesta llegan a Montevideo: "Viajamos en un vuelo relativamente corto a Montevideo, la capital del Uruguay. Viniendo desde el aeropuerto pasamos junto a playas de kilómetros y kilómetros de extensión, pero hay pocas personas en ellas, pues la estación no acompaña. El empresario Szterenfeld, quien siempre está fumando fuertes cigarrillos uruguayos con independencia del lugar en que se encuentre, nos explica que Punta del Este es un destino turístico muy concurrido y que Montevideo es una ciudad cuyos cafés están repletos todo el año. El teatro está atestado de público y luego vienen a vernos tantos fans que llegamos tarde a la recepción en la embajada."
Sobre la forma musical rioplatense por excelencia apunta: "El tango sigue siendo muy apreciado, según dicen, y existe en tres formas o fases: hay un tipo de tango clásico interpretado por la vieja guardia, un tango de posguerra que es muy popular y `sensible` y luego un tango de vanguardia que se jacta de tener profundidad intelectual y características melódicas modernas. ¡Esa tendencia a la categorización me resulta familiar!"