Mercedes Estramil
CUANDO CORRE la voz de que Thomas Pynchon ha escrito algo fácil, es probable que una jugada de póker esté en marcha. Por otro lado él mismo, en Vicio propio (Inherent Vice, 2009) coloca un acápite sencillo y coloquial: "Bajo los adoquines, la playa" (tomado de un graffiti parisino de 1968, anterior en un año a la ambientación de esta novela, pero en la luminosa y negra Los Ángeles), que es como decir: bajo lo complicado lo simple. Ahora bien, nadie dijo que una playa sea más simple o tranquila o menos peligrosa que un adoquín. Y por otra parte, es posible que una novela firmada por Pynchon sugiera que bajo los adoquines de esa generación (o de cualquier otra) no hay ninguna playa.
ASUNTOS DE CONCIENCIA. Vicio propio presenta al treintañero detective privado Larry "Doc" Sportello, empedernido fumador de marihuana, ingresando desprevenido a un caso que le presenta su ex novia, Shasta Fay Hepworth, liada a un magnate de la construcción inmobiliaria, Michael Wolfmann, un tipo casado, mujeriego y pervertido que al influjo de la primavera hippie ha tenido una crisis de conciencia y decide construir alojamientos gratuitos. Apenas contratado Sportello la parejita desaparece y algunos cadáveres asoman, además del policía investigador "Bigfoot", que extorsiona a Doc para convertirlo en soplón a sueldo. En la lista de sospechosos tanto de la desaparición como de las muertes aparecen tantas pistas como mundos: una organización llamada "Colmillo dorado", hermandades negras, ex combatientes de la Guerra de Vietnam aún en curso, el FBI, la Mafia, el jet set jugador de Las Vegas, el Departamento de Policía de Los Ángeles, etc. En la lista de posibles futuras víctimas hay drogadictos de variadas especies, prostitutas, ex convictos, hippies de toda calaña, roqueros y surfistas, y detectives como Sportello capaces de trabajar casi por amor al arte y en permanente estado o de exaltación o de sedación consumista. A medida que avanza, la novela complejiza sus pistas, los malvados y los buenos se suceden como figuras en un carrusel vertiginoso, y la definición del asunto termina estrellándose contra ese nudo gordiano y entrañable lugar común de las series televisivas y el cine estadounidenses que es la corrupción policial.
Todo eso, que forma parte de una anécdota rizada hasta lo insostenible por la mano férrea de Pynchon, experto en concatenación de intrigas, es de algún modo la delicada superficie tras la que se asienta el abismo de la novela. Es que en algún punto las tramas fatigosas, enredadas y mecánicamente perfectas de este estadounidense casi invisible, nacido en 1937 y autor de pocas pero caudalosas novelas, se revelan como meros portales hacia otra cosa. "Vicio propio" es una expresión ligada al campo de los seguros, sobre todo marítimos, que establecen limitaciones al resarcimiento en caso de que la mercancía trasladada sea pasible de deterioro por su propia naturaleza.
Vicio propio -la novela- transita por los vicios inherentes a esa sociedad americana imperialista que cada tanto visita el sótano de la conciencia, situándose para verlos en una isla de fantasía que tuvo su minuto de gloria en los psicodélicos años sesenta, y adoptando la subjetiva de un híbrido: el detective hippie, es decir, un defensor del sistema con vestimenta de outsider, o un francotirador con armas oficiales.
Corre el año 1969, cuando Richard Nixon se sienta en el sillón presidencial, cuando la incursión en la Guerra de Vietnam comienza a ser percibida como un error histórico, y cuando ya Ronald Reagan lleva dos años gobernando el Estado de California. Pero también es el año de la masacre de Cielo Drive (lugar donde es asesinada Sharon Tate, la embarazada esposa de Roman Polanski, junto a varios amigos), digitada por el "profeta" hippie Charles Manson y ejecutada por chicos y chicas pertenecientes a su mesiánica autodenominada "Familia". A su modo, todos esos eventos convergen para sellar con miedo lo que hasta ahí había sido un "buen viaje", la primavera de porro, ácido lisérgico, amor y paz de un imperio.
LSD VERBAL. Pero aunque ésta es una novela sobre el delirio de una generación y las camisas de fuerza que le sobrevinieron, no se trata de un libro delirantemente pynchoniano, y no porque sea legible de un tirón o porque aborde en cierta medida un espacio cercano en el tiempo y mediatizado hasta el hartazgo. Más bien porque no expresa la voluntad del delirio allí donde Pynchon es maestro, en el lenguaje mismo, cargado de posesión, lujuria o estremecimiento. Aquí elige ser transparente y directo como las cancioncitas que transcribe y el "surf eléctrico" que se inventa. Como las películas en blanco y negro que menciona. O series de televisión como Patrulla juvenil, Los tres chiflados o Hawai 5-0. Y -sólo en apariencia- como los policiales negros, con sus detectives no muy presentables pero dueños de una claridad mental resolutiva. Claro que la pregunta es resolver para qué, si en su cosmovisión el mundo no tiene arreglo (y una de las ironías de hacer un policial sui generis es esa, como lo era demarcar el territorio en Mason y Dixon, 1997). Incluso elige ser romántico, o al menos porno-erótico-romántico, y ahora sin ironía, como si la ecuación emocional sesentista retomara fueros de credibilidad.
Pasa con Vicio propio un poco lo que pasó con Vineland (1990), curiosamente ambientada en la misma época: no es del todo Pynchon, o es un Pynchon menor, tanto que su mentor rioplatense por excelencia -Rodrigo Fresán- al comentar para Página 12 la edición inglesa en 2009, hablaba de un "Pynchon de Vacaciones".
El ácido verbal que dominaba en El arco iris de la gravedad (1973), en V (1963) o en La subasta del lote 49 (1966), está aquí controlado, y las chispas que subyacen en la adjetivación insólita, el encabalgamiento endiablado de algunos pasajes, la ingeniosa fluidez de otros y el repentino y refinado humor no alcanzarán a "colocar" a todos los fans, pero sí a muchos. Si bien los libros que lo catapultaron a la fama (esa que él desdeña, o teme, o con la que ya no podría negociar luego de tanto ostracismo) pagaron el peaje de un experimentalismo muy personal que no pedía permiso ni al lector común ni a la crítica especializada, el don de escritor de Pynchon está más allá de las frágiles categorías de lo fácil o lo difícil. Lo puede hacer de ambas maneras. De cuatrocientas páginas o de mil trescientas como la anterior y elefantiásica Contraluz (2006). Porque incluso desde la linealidad de un policial como Vicio propio, entretenido y divertido (más que inquietante) vamos descubriendo las conocidas rugosidades del terreno: la puesta en escena coral; la mirada contrahistórica, intranquilizadora; el protagonista bastante - y a menudo voluntariamente- perdido, típico empleado que no sabe para quién trabaja ni qué busca pero con una paranoica y subliminal idea de todo; el palimpsesto informativo sobre arte, ciencia, historia y mil apartados más; el claroscuro como paisaje mental y espiritual determinante; la epifanía de la ficción.
Y -siempre- la "América" estadounidense, ese universo de dimensión novelesca que tanto escritor en tantos registros circunda y acecha (hoy uno piensa en Pynchon, Richard Ford, Don DeLillo, el suicidado David Foster Wallace) buscando darle cuerpo a esa abstracción, la Gran Novela Americana.
VICIO PROPIO, de Thomas Pynchon. Tusquets, 2011. Barcelona, 422 págs. Distribuye Urano.