Diario de París

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ME PRESENTARON a una muchacha griega, que vino a París para estudiar cine. Muchacha, digo, por la edad aparente. Porque está casada. Señora Korax o Hiérax o Skolópax; sólo sé que es un apellido de ave. Pero su nombres es Ieoana. Para empezar, doy saltos de no decirlo:

-...Todavía si fuese Frini, o Khloi, auténticos nombres helénicos...

-Cloe... Frinea... Beijocléia...

-¿Qué dice? ¿Es en su lengua? Es hermoso. Me suena todavía más griego.

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30/IX. Me río de Ferdinand, barman y uno de los hermanos copropietarios de "Le Montaigne". Va siempre de smoking y es en exceso sensato, un tanto tímido. Juega a los dados con nosotros, y pierde, todas las veces. Inocentemente, él nos llama, a nosotros, los brasileños y sudamericanos en general, "Les Sud-Argentins"...

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Redactar honestamente un diario sería como dejar de chupar en el cigarro que arde para poder recoger entera la ceniza.

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2.X. Las siete sirenas lejanas: uno mismo, el cielo, la felicidad, la aventura, el largo atajo llamado poesía, la esperanza vendida y la saudade sin objeto.

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Pero la vida, que a salvo esté, nos sorprende; Ieoana, la amiga griega, de la que hace días que no sé, tiene la ocurrencia de llamarme. Emboscada: casi no puedo usar mi turno, ella se pone desde el otro lado a hablar, cosas impalpables, en su fino idioma. Desentiendo; espero. Ella habla, arrulla, parla, graceja, verso o prosa, sin pausa. De repente, tras un dual un aoristo, cuelga. Y cuando llamo, a mi vez, no atiende el teléfono.

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La gloria, el peso y el oprobio de una "feijoada".

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Amar es que la gente se quiera abrazar como un pájaro que vuela.

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Ieoana me recita estrofas en griego moderno -demotiki- lengua que se aproxima mucho al ronroneo de un gato; de ahí, reír, lo llamaron también romaico. Pregunté qué era aquello. ¿Anacreonte?

-Oh no. Son de un amigo mío, chipriota, sastre en Estambul. ¿Le gusta Anacreonte?

Paris m`absorbe et m`affole...- me decía Ieoana- Soy muy griega...

-Toda griega, puro tipo.

-Verdad. En mi aldea los turcos no pisaron.

-¿Cuál es su aldea?

-Ninguna. Dije sólo un viejo proverbio. Soy de Esparta. Mi marido es de Atenas.

-Pero debería ser al contrario. ¿Es celoso?

-Nunca lo fue. Nosotros los griegos no somos celosos. No podemos, porque nuestro orgullo no nos lo permite. Somos alegremente orgullosos.

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-De algún modo -Ieoana suspira- estoy desperdiciando París.

-¿Blasfemia?

-No. Pero es que hice votos de Penélope...

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¡Mañana me marcho a Italia, mañana me marcho a Italia, mañana me marcho a Italia!

Amiga y amigo. Ieoana me dice que, si le gustase un poco más, o un poco menos, me maldeciría.

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También los defectos de los otros son terribles espejos.

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La caída del Hombre persiste, como la de las cascadas.

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Todos venimos del infierno; algunos todavía guardan el calor de allá.

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El alma insuflada en el barro no cesa de trabajar su envoltorio, en una tremenda operación química.

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Los santos fueron hombres que alguna vez despertaron y anduvieron por desiertos de hielo.

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¿El infierno es el cielo mismo para aquellos que para el cielo no están preparados?

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La memoria no sabe ni siquiera andar de costado; lo que ella en verdad desea es mirar hacia adelante.

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No hay que tener miedo: al mar no hay tempestad que lo destruya.

Joao Guimaraes Rosa (Minas Gerais 1908 - Rio de Janeiro, 1967) es autor de Gran Sertón: Veredas y Sagarana, entre otros libros. Durante su estadía en París como diplomático llevó un diario (publicado luego en Ave, palabra) del que esta página reproduce fragmentos.

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