Desaparezca aquí

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Mercedes Estramil

CADA VEZ que Bret Easton Ellis (1964, Los Ángeles) vuelve, crea una pequeña conmoción, la incertidumbre de no saber si se jugará todos los boletos (como en American Psycho, 1991), o se saldrá por la tangente de su "personaje", el de enfant terrible que con sólo aparecer conjura amplios demonios (caso de la fallida Glamorama, 1998). Incluso cuando se ha cansado de decir en entrevistas que las noches estilo "Bret Easton Ellis" las tienen todos menos él, que se queda tranquilo en su casa mirando televisión, su nombre impone una atmósfera. Ahora hay un díptico para leer, formado por su ópera prima, Menos que cero (1985) y por la última, Suites imperiales (2010), ambos títulos en el original tomados de canciones del británico Elvis Costello. El díptico podría tener el formato nostalgioso del "veinte años después" (o veinticinco, en este caso) pero no lo tiene. Ellis ha desempolvado el armario sin lágrimas, mostrando trajes ligeramente manchados, pero que continúan ajustándose a los cuerpos. Si bien hay un salto temporal para capturar a los mismos personajes, no es una simple secuela. Tiene más bien el formato de una reescritura que va a buscar, con seguridad de oráculo, lo que ya estaba en Menos que cero: un impresionante vacío existencial.

COLOCADOS. Allá por los ochentas se la llamaba "generación X" (estaban Douglas Coupland, Jay McInerney y el propio Ellis para abanderarla) y hablaba de jóvenes ricos, yuppies al cien por ciento, pasados de droga, sexo y música, instalados despreocupadamente en el ojo del huracán de la "era Reagan", mientras sus papás hacían dinero como ejecutivos inmobiliarios o del espectáculo o de lo que fuera. La novela debut de Ellis, Menos que cero, trazó las pautas de una escritura tan light como sus personajes: relataba cada pequeño gesto insustancial, lo que comían, bebían y vestían (las famosas "marcas" que tiñeron de una injusta frivolidad al universo de Ellis), sus charlas anodinas, sus silencios incómodos. Apenas nada de lirismo o de una mirada en segundo grado. Era como una letanía que a cada instante nos comunicaba que no buscáramos profundidad porque no la había.

El protagonista y narrador, el bisexual Clay, contaba cómo le iba con su familia (padres separados, hermanas menores ya cocainómanas) y sus amigos (su novia Blair, el dealer Rip Millar, el prostituido Julian, y otros). La novela comenzaba con Clay volviendo a Los Ángeles tras cuatro meses de ausencia, para comprobar que sus amigos continúan con su bronceado artificial y que su padre, con transplante de cabello y cara estirada "parece en bastante buena forma si uno no lo mira demasiado tiempo". Ahí hay una buena anticipación de la mecánica interna de esta novela y de su sucesora 25 años después: la percepción se ajusta cuando uno deja de mirarlas rápido en su superficie evidente. No se trata de buscar profundidad, sino de leer en profundidad esa superficie.

En Menos que cero la abulia afectiva todavía podía confundirse con un asunto hormonal, sumado a una conciencia de clase muy elitista y conservadora. Clay declaraba su miedo a mezclarse. De hecho, todos se mezclaban todo el tiempo en fiestas, reuniones, restaurantes, pero era una parodia comunicacional, jalonada de ansiedad y tedio, donde cada línea de diálogo estaba ahí para medir los parámetros de temor, inseguridad y rechazo. Todos se movían de lugar pero sin salir nunca de su sitio, que era, precisamente, ninguna parte. Un lugar para desaparecer, como rezaba el cartel publicitario que Clay veía: "Desaparezca aquí", con reminiscencias dantescas y un recuerdo para Francis Scott Fitzgerald y aquellos ojos en el camino que miraban derrapar a los personajes de El Gran Gatsby seis décadas atrás.

MÁS LEJOS. Veinticinco años es mucho tiempo para que nada cambie. Se podría pensar que, como mínimo, los personajes de Menos que cero han envejecido. Continúan drogándose, yendo al psiquiatra, viendo películas snuff, moviéndose compulsivamente. Pero envejecer, el "proceso" del envejecimiento, no lo han pasado ni lo pasarán. Están del otro lado de una pantalla, lejos de la juventud pero inmortalizados en el tiempo. Rip, por ejemplo, tiene "una cara que imita una cara". No por casualidad Suites imperiales comienza con Clay declarando que ya no es el Clay de antes, sino el "verdadero" en el que el escritor de Menos que cero se basó. No por casualidad la primera frase es "habían hecho una película sobre nosotros", la más paradójica declaración de realidad de estos tiempos. Y por cierto, la película existió. La dirigió Marek Kanievska en 1987, amoldándola a los requisitos cuasi puritanos de la Fox, quitándole las escenas hardcore que el libro tenía, y castigando con la muerte a personajes que el libro dejaba vivos. En un irónico juego de intercambios, Suites imperiales hace coincidir algún destino con los que la película fraguaba. Es parte de la inmersión compleja de la realidad en la ficción y viceversa. También es parte de la diversión innata con que Bret Easton Ellis se lanza a escribir, siempre acompasando a los personajes a su propia edad, jugando a ser autobiográfico en serio, sin necesidad de exactitud anecdótica ni patetismo confesional.

En esta novela los padres han quedado eliminados de la trama, apenas respiran en la alusión a que los hijos han heredado fortunas. Por otra parte, ni Clay ni sus amigos han sido padres. Las proyecciones emocionales que nunca hicieron les pasan la cuenta en matrimonios equívocos (Blair se ha casado con un homosexual), y en una calesita sexual que hace que todos se vayan pasando a las mismas mujeres a través de enganches obsesivos, posesivos y comerciales. También aquí la novela comienza con Clay (más heterosexual en conductas) regresando a Los Ángeles después de cuatro meses en otro lugar, al que se ha largado para olvidar un fracaso. Es guionista y vuelve a supervisar el casting de un nuevo film. En bruto: a "probar" a las postulantes. El papel lo desea a muerte una mala actriz que se hace llamar Rain Turner, y que ya ha estado con Julian, con Rip y con alguno más. Una chica como ellos pero sin dinero, demasiado envejecida sin haber crecido jamás. Clay la usa hasta que se enamora o se obsesiona con ella, al tiempo que autos de lujo y jeeps azules lo persiguen por la noche de Hollywood, y alguien lo filma en la intimidad con propósitos de chantaje o amenaza.

En su mayor parte, Suites imperiales es un calco con más cicatrices de Menos que cero, una voluntad de Autor de "volver a mirar" para certificar el proceso enfermizo e ilevantable de una sociedad decadente. Hacia el final la novela quiebra su modelo inercial y Bret Easton Ellis -que viene de publicar Lunar Park, una efervescente y declarada ficción autobiográfica- se acuerda de que hace años hizo saltar la banca con American Psycho, y siembra la idea de que hasta en un tipo como Clay, que años atrás no resistió ver cómo violaban a una adolescente, anida un Patrick Bateman tan monstruoso como el original, con la misma percepción quebrada de la realidad y la misma impunidad para moverse. Lo hace en cámara lenta pero como un golpe de efecto, apuesta riesgosa que le sale bien a este libro de cadencia fílmica, bien hecho, que confirma a Ellis como un fascinante narrador del miedo de los hombres a su propia naturaleza.

MENOS QUE CERO y SUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis. DeBolsillo y Mondadori, 2010. Bs. As., 170 y 149 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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