De rivales a amigos

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Andrea Blanqué

Cuando Goethe publicó Las cuitas del joven Werther, Friedrich Schiller solo tenía 15 años. Él también era joven, pero no tanto. Si se hubiese topado con el otro alto y espigado jovencito, nunca hubiese imaginado que se convertiría en su amigo del alma y en el acicate mayor para que Goethe se zambullera otra vez en la literatura. La relación entre ambos escritores alemanes es un caso emblemático de "amistad literaria".

tempestad e ímpetu. Las amistades entre escritores son frecuentes, pero también abundan los odios, las rupturas, los recelos, la rivalidad y la necesidad de opacar al otro. De hecho, cuando Schiller comenzó a necesitar escribir por el resto de sus días -en lugar de dedicarse a la medicina en un regimiento militar, o de ganar un miserable salario de profesor- Goethe representaba para él algo bastante abominable. Cartas del joven Schiller hablan de un auténtico odio hacia ese personaje respetado por la sociedad y las letras: un escritor acomodado que con un par de obras (Götz y Werther) había llegado tan lejos que, ya sin producir, hacía las veces de ministro en Weimar y era persona imprescindible para el poderoso duque Karl August.

El libro del especialista Rüdiger Safranski comienza citando a Aristóteles: "Queridos amigos, no hay ningún amigo". Pero reconoce que los propios Goethe y Schiller consideraron su amistad como una planta rara que había que cuidar. Inesperadamente surgió, pese a la indiferencia de Goethe y de los celos de Schiller.

Aunque Goethe había nacido en 1749 y Schiller en 1759, esos escasos diez años hubiesen podido separarlos. Goethe había sido uno de los alocados jovencitos que se debatían contra el neoclasicismo francés y se involucraron en el movimiento Sturm und Drang ("Tempestad e ímpetu"), que anticipó en Europa el Romanticismo y rasgó un mundo social sometido a normas del buen gusto y protocolo. Su Werther produjo una fiebre que volvió obligatoria la vestimenta del personaje (chaqueta y pantalón amarillos y frac azul) en muchos jóvenes europeos, y fue seguida por una cadena de suicidios, a partir del cometido por el protagonista de la ficción.

Pero entre 1786 y 1788 Goethe viajó a Italia, y en Roma modificó la postura panteísta que incluso se advierte en el Urfaust -el primer Fausto concebido en su juventud, que aguardó años a que su autor se decidiese a terminarlo-. En Roma, Goethe, que ya era un verdadero sabio (sabía lenguas, óptica, zoología, mineralogía, osteología y arte), se enamoró de la antigüedad clásica. Devoró a los escritores griegos; percibió que el mundo le debía unas cuantas cosas a la razón; se apaciguaron los fuegos de sus precoces escritos. Al regresar a Weimar, no adhirió a los grupos de románticos que pronto se gestarían.

LAS HORAS. En el caso de Schiller, las cosas no le fueron fáciles. Fue perseguido por el duque de Wurttemberg -bastante más feroz que el de Weimar- cuando estrenó su drama Los ladrones, que contenía frases contra la tiranía. Schiller llegó a estar en el calabozo y pudo escapar de Stuttgart a su ciudad natal para luego terminar como profesor de historia en la Universidad de Jena, a 20 kilómetros de Weimar.

Su primera clase colmó todas las expectativas: el aula se llenó de chicos anhelantes por escuchar a ese hombre profundo que escribía tratados de historia, meditaciones sobre estética, baladas y éxitos teatrales. Y todo con esa figura extraña, alta y ojerosa que le hacía meditar acerca de la relación entre el cuerpo (la naturaleza) y la conciencia. La malaria que se había contraído en las antiguas ciénagas alemanas y la tuberculosis con la que tuvo que lidiar tantos años hicieron de él ese rara avis que no pertenecía a los virulentos Sturm und Drang pero que amaba a Homero y a Shakespeare, de quien era un excelente traductor.

Schiller era un clásico pero reivindicaba la libertad. Si su amigo Goethe ha sido tantas veces acusado de conservador ("prefiero la injusticia al desorden", escribió), Schiller, en principio, se entusiasmó con la Revolución Francesa y se vio como una cáscara de nuez en el océano de la historia. Sin embargo, a partir de que la Revolución se fue "caotizando" y rodaban las cabezas, Schiller se volvió más precavido con los grandes cambios.

Con Goethe viviendo en Weimar y Schiller en Jena, la amistad se consolidó. A partir de 1794, el prolífico Schiller ideó una revista literaria de excelente calidad, Las horas, que prometía incluir grandes colaboradores y pagar bien. Le envió una carta a Goethe, invitándolo a participar en ella, iniciando un intercambio epistolar que luego se tradujo en visitas. Schiller quería que Goethe publicara en Las horas un anticipo de su novela Wilhelm Meister, pero ésta ya estaba en impresión y no fue posible. Goethe le ofreció publicar sus poemas eróticos titulados Elegías romanas, resultado de su estancia en Roma y de la irrupción en su vida de Christiane Vulpius, con la que mantuvo una tórrida relación amorosa.

A pesar de que vivió toda la vida con ella, la madre de su único hijo, Goethe tardó mucho en decidir la boda: decía que lo que había hecho con Christiane era una ceremonia liberal. Pero la represión social fue implacable y muchos se burlaron de esas elegías, donde todos veían el libertinaje de Goethe por una chica del pueblo, su "amancebada". Un intelectual rival llegó a hacer un juego de palabras entre horas y la expresión alemana para putas.

una mano de amigo. Las idas de Goethe a Jena y las estadías de Schiller en Weimar, en la casa que el duque había regalado a su consejero (que luego sería contigua al campo de concentración de Buchenwald, en siniestra coincidencia), fueron fructíferas desde todo punto de vista.

Los amigos caminaban juntos por las calles o el jardín. Debido a sus enfermedades o a su personalidad, Schiller se resistía a salir pero a veces, delante de su casa, aparecía estacionado el coche de Goethe, sin decir una palabra, invitándolo a un paseo. Los debates acerca del arte y la literatura fueron orales y escritos. Clasificaron jocosamente a los escritores en categorías que hoy suenan increíblemente vigentes. Entre los imitadores de la naturaleza y los fantasiosos se mueve una gran cantidad de tipos de escritores: los "diseñadores" que solo esbozan ideas, los "miniaturistas" que solo escriben detalles, los "flotantes o nebulosos", los "serpenteantes" que prefieren jugar con adornos, los "rigoristas" que pretenden una abstracción adelgazada.

Cuando a Schiller se le despertó el volcán de la producción dramática, Goethe lo ayudó para que sus obras fueran estrenadas en Weimar, centro de la cultura en aquel momento, y hasta en Berlín. La mano de Goethe ayudó a que Schiller se convirtiera en el dramaturgo más aplaudido de la futura Alemania.

Pero Schiller fue crucial también para Goethe no solo por los comentarios críticos a las obras que éste había retomado y reescribía, sino por la insistencia permanente para que terminara y publicara Fausto, que Schiller consideraba una obra excepcional.

Schiller, el más joven, murió a los 45 años. Goethe lo sobrevivió largamente, pero le dio la razón a su amigo: en 1808 publicó la primera parte de Fausto, que es una maravilla; la segunda parte, póstuma, nunca fue leída por Schiller pero sí auspiciada por él.

Goethe y Schiller: Historia de una amistad, de Rüdiger Safranski. Tusquets, 2011. Barcelona, 340 págs. Distribuye Urano.

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