DOS HOMBRES a los que nadie dudaría en calificar de "cultos" se reúnen para hablar de libros. Son el semiólogo y novelista Umberto Eco y el guionista y dramaturgo Jean-Claude Carrière, y no hay que ser muy listo para darse cuenta de que a esa "charla" aplica a la maravilla un principio análogo al de la piedra y la escultura: en su interior yace un libro.
Así lo pensó el moderador, entrevistador y prologuista Jean-Philippe de Tonnac, mediando entre dos cabezas que piensan muy parecido, razón por la cual este libro no es circunstancialmente polémico. En todo caso, la polémica de Nadie acabará con los libros es más intrínseca. Preguntarse sobre el futuro del libro en la era de Internet y entre el rebrote de profecías apocalípticas de toda índole, puede provocar desde una genuina preocupación hasta un risueño bostezo. Pero lo innegable es que se está ingresando a una modificación sin retorno (a menos que una hecatombe global vuelva las cuentas a cero). La afirmación de Jason Epstein, director durante cuarenta años de la editorial Random House, de que la industria editorial está a las puertas de una revolución tan grande como la imprenta de Gutenberg, parece indesmentible. Eco y Carrière se apoyan en ella, no tanto para hablar del futuro como para viajar a su propio pasado y presente de bibliófilos, poseedores declarados de unos cincuenta mil libros (Eco) y entre treinta y cuarenta mil (Carrière). Como para venir a hablarles del final del formato "papel". De todos modos, cuando se le pregunta a Eco qué libros salvaría si se incendiara su casa, lo primero que nombra no es ningún libro sino su disco duro externo de doscientas cincuenta gigas donde almacena sus escritos de las últimas tres décadas. Más que inmodestia, es desarmante sinceridad de autor.
BIBLIOCAUSTOS. Claro que el fuego, y no sólo a manos de dictadores o locos, sino de los propios y autodestructivos autores (ahí están los casos de Kafka, Rimbaud y Virgilio queriendo quemar sus obras), no es lo único que atenta contra las bibliotecas de papel del mundo. Sin necesidad de que el presente metiera su cuña digital, las venturas y desventuras sufridas por el objeto "libro" son anteriores y coexistentes a la era Gutenberg. Prohibiciones, mutilaciones, censuras, vandalismo de lectores y coleccionistas, quemas públicas, traducciones bochornosas, creaciones delirantes, etc., han ido señalizando página tras página en la Historia, un invalorable registro de la estupidez humana. Para Eco y Carrière, que consideran la "bêtise" flaubertiana (algo así como una estupidez constante y orgullosa de sí) más reveladora que el análisis inteligente, el mundo de los libros presenta a ese nivel un panorama riquísimo, una veta interminable de diamantes en bruto que no hace más que crecer.
Hay que decir que para un lector como uno, que no leyó ni la cuarta parte de lo que estos señores nombran como a viejos familiares (incluyendo desde textos antiguos hasta incunables, tratados esotéricos y autores olvidados por el canon), la conversación entre ambos suena por momentos a exquisita pedantería, a la que se suma sin pudor la cita frecuente de Eco a sus propias obras, desde su best-seller insuperable (El nombre de la rosa) a libros más crípticos cuando no indigeribles (El péndulo de Foucault, Baudolino). Aun así, Nadie acabará con los libros es un libro simpático, poblado de anécdotas de estos viejos lectores y servido con ironía hacia el propio aparato culto del que proviene.
Para muestra el capítulo "Todos los libros que no hemos leído", donde después de habernos "humillado" con autores reales y ficticios, Eco y Carrière confiesan que sus bibliotecas están llenas de libros que no han leído ni leerán jamás, pero acerca de los que pueden disertar sin problemas. Es la postura distendida de quienes en principio sí han leído mucho, pero además saben que los libros vienen a uno desde muchas vías (no pocas indirectas: citados, intertextualizados, plagiados, o a través de análisis, reseñas, comentarios, etc.). Carrière (ex colaborador de Buñuel, entre otros) cuenta una anécdota que habla de películas en vez de libros: "Un día estaba en Roma con Louis Malle y unos amigos franceses e italianos. Empezó una conversación sobre la película de Visconti El gatopardo. Louis y yo teníamos opiniones distintas y, como somos personas del oficio, cada uno de nosotros se esforzó por imponer su punto de vista. A uno de nosotros la película le gustaba, al otro no: ya no recuerdo quién estaba a favor y quién en contra. Poco importa. Toda la mesa nos escuchaba. De repente me asaltó una duda y le pregunté a Louis: "Pero ¿tú has visto la película?". Y él me contestó: "No, ¿y tú?, "Ni siquiera yo", le contesté. Las personas que nos estaban escuchando estaban indignadas, como si les hubiéramos hecho perder el tiempo".
NUEVOS SOPORTES. No hay una diferencia abismal, sin embargo, entre esa ligereza de eruditos amparados en su background cultural, y la ligereza con que las nuevas generaciones beben de los portales de Internet torrentes de información que son incapaces de filtrar primero, asimilar después y por último retener. Ni hablar de las pequeñas dificultades de leer completo un libro electrónico sin imprimirlo antes. En ese sentido la biblioteca digital es tan inconmensurable como las otras y enfrentará los mismos dilemas a la hora de cumplir su cometido primordial: ser soporte de memoria, resguardar a la civilización de la plaga del olvido.
Tanto Eco (1932) como Carrière (1931) relativizan la revolución tecnológica, sosteniendo que no es más que otro soporte, tan seductor como inestable y falible, pero obligado a parecerse cada vez más al modelo básico. Ese modelo es el libro tal como lo conocemos: tangible, maleable. Eco lo resume así: "o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta. Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. [...] Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es".
Nadie acabará con los libros (en el original N´esperéz pas vous débarrasser des livres; algo así como que no esperemos liberarnos o quitarnos de encima a los libros) es ante todo un homenaje a autores, lectores y tramposos del mundo literario (las anécdotas sobre autores inventados y luego asumidos como reales, o sobre vanidosos sin talento timados por el aparato editorial no tienen desperdicio). Contiene, a modo de ilustración, once fotografías pertenecientes a André Kertész (1894-1985) un prolífico fotógrafo húngaro, considerado por muchos el padre del periodismo fotográfico, un hombre que decía "escribo con la luz". Las once fotos elegidas pertenecen a una serie que Kertész publicó en Nueva York en 1971 titulada "On Reading", destinada a mostrar gente leyendo, sea en la soledad de su habitación, al lado de un río o sobre un tacho de basura, gente de variado nivel social que comulga en el hecho de estar refugiada, absorta, en el universo del libro. Como ironía que podría ingresar al catálogo de la estupidez, hay que consignar que la información sobre Kertész (y también sobre Tonnac) hay que buscarla en Wikipedia o similares, porque la tangible edición de Lumen anota su nombre, pero no ofrece un solo dato más.
NADIE ACABARÁ CON LOS LIBROS, de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière. Entrevistas realizadas por Jean-Philippe de Tonnac. Lumen, 2010. Barcelona, 263 págs. Distribuye Random House Mondadori.