Álvaro Ojeda
CUENTA ROBERTO Morozzo della Rocca en su estupenda biografía Primero Dios, que el 24 de marzo de 1980 monseñor Oscar Romero, arzobispo de San Salvador, predicaba durante la misa celebrada "en sufragio" por la fallecida Sara de Pinto. Doña Sarita -como a Romero le gustaba llamarla- era hermana de los dueños del diario opositor El Independiente, uno de los pocos medios de prensa que no respondía a los intereses de la oligarquía de El Salvador. Desde que el 22 de febrero de 1977 asumiera como arzobispo de San Salvador, la vida de Romero fue literalmente un via crucis. Amenazas, atentados, asesinatos de sacerdotes, campesinos y obreros, desapariciones, elecciones fraudulentas, golpes de Estado: la pavorosa rutina latinoamericana durante la Guerra Fría. Tres años después de aquel nombramiento arzobispal, frente a su feligresía congregada en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, resultaba imposible no establecer una analogía entre el destino del arzobispo y la pasión de Jesucristo. Fueron tres años de predicación en un país turbulento, invocando en forma permanente en las homilías al sacrificio del buen pastor en defensa de su rebaño. La mañana de ese lunes 24 de marzo, los asesinos habían leído en todos los periódicos que el arzobispo celebraría misa a las 17.00 horas. Sabían que desde la amenaza lanzada a comienzos de febrero en televisión por el líder de la agrupación fascista ARENA (Alianza Republicana Nacionalista) Roberto D`Aubuisson, Romero integraba una lista de 200 personas que debían ser eliminadas para la salvación de El Salvador. La suerte del arzobispo estaba echada. Para ratificar la amenaza de D`Aubisson, uno de los miembros más destacados de la lista -el Procurador General de la Nación, Mario Zamora- fue asesinado a los pocos días de la nefasta alocución. El 18 de febrero la emisora Ysax, por donde se emitían las homilías de Romero, sufrió un atentado y por un tiempo, dejó de transmitir. El arzobispo comenzó a viajar solo en su automóvil. Dormía en un camastro en una pieza separada del edificio del Hospital de la Divina Providencia. Aquella última tarde la homilía iba a ser breve. Según Morozzo della Rocca y siguiendo un criterio cronológico, se han publicado unas doscientas homilías del arzobispo Romero, incluyendo las más significativas en referencia a la realidad política de El Salvador lo que suma un total de siete volúmenes densos, dolorosos. Las dos últimas oraciones de la última homilía se conservan: "Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar cosechas de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos, pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros". Se dispuso a recibir el pan y el vino del ofertorio y fue atravesado por unos disparos que provenían de los accesos de la iglesia.
El país, su gente. El volumen se inicia con una detallada introducción que Morozzo Della Rocca -profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Roma III- hace funcionar como fotografía primero y como racconto después, de la historia política, social y económica de El Salvador. "En 1977 El Salvador tenía cuatro millones de habitantes repartidos en apenas 21.393 kilómetros cuadrados. El país atravesaba un período de crecimiento económico sostenido y prolongado que no hacía presagiar el estallido de la guerra civil. En los años sesenta el PBI de El Salvador había crecido con un nivel medio anual de 5,5 por ciento y en los años setenta del 6,4 por ciento antes de caer en 1975 (-1,2 por ciento) y 1980 (-8,1 por ciento), cuando la crisis interna puso en crisis la economía (y no al revés, es decir, que la economía pusiera en crisis a la sociedad)".
Había otras razones y otros actores en la tragedia que detonó el asesinato de Romero. El Salvador era una especie de democracia pretoriana: una oligarquía agraria todopoderosa custodiada por el ejército, que oficiaba a su vez como garantía del fraude electoral permanente. Los integrantes de la oligarquía -no sólo las famosas 14 familias- provenían del vasto caudal inmigratorio europeo de los países ístmicos de América Central. Su origen aluvional los afincó en la tierra y les otorgó un carácter conservador cuando no reaccionario. Plantaban café, algodón y caña de azúcar y reinvertían en la misma actividad, en lo que el autor describe como una suerte de precapitalismo previo al desarrollo tecnológico inevitable. El contacto con los Estados Unidos se producía por algún ocasional paseo por Miami. El paquete estaba bien atado: "La oligarquía, en otras palabras, se identificaba con la Nación, con el Estado, con todo El Salvador. Le parecía incomprensible que otros aspirasen a gobernar el país que ellos habían creado, construido y educado". A fines de los 70 serán representados por bandas armadas disfrazadas de partido político -la ya citada ARENA- o la terrible UGB - Unión Guerrera Blanca, un escuadrón de la muerte- e incluso por sectores conservadores del PDC. En el otro extremo del escenario estaban las masas campesinas. Bajo la conducción del Partido Comunista, se habían sublevado junto a los indígenas en 1932 con un resultado terrible: 12 mil muertos, la consolidación de una dictadura longeva -de 1932 a 1972- y un reparto inexistente de la riqueza. En 1980 el 20% de la población más rica detentaba el 66% del PBI y el 20% de los más pobres sólo poseía el 2%. El habitante de las ciudades no estaba en la misma condición que el campesinado. La alfabetización había pasado del 38% en 1950 al 60% en 1975. La matrícula universitaria entre 1961 y 1979 se había triplicado. Todos querían vivir en la ciudad, estaba claro, pero el país era rural. Y en ese país rural también mandaban los jesuitas con sus organizaciones cooperativas de campesinos cristianos. Con ese país se encontró Romero cuando fue designado obispo auxiliar de San Salvador en abril de 1970 por el Papa Pablo VI.
Inicios. Romero había nacido en Ciudad Barrios -un pequeño pueblo al oriente del país- el 15 de agosto de 1917. Vida de familia acomodada de provincias, muchos hermanos, madre abnegada y padre promiscuo. A los cuatro años enferma de poliomielitis, lo que le deja una secuela de cierta endeblez física permanente: su cariñoso padre lo apodará "el paralítico". Sus relaciones con el mundo en esos años de infancia no fueron fáciles, y este punto será posteriormente traído y llevado por los detractores de Romero que lo trataron de perturbado físico y emocional. Ingresa al seminario a los 13 años con la oposición de su padre -quería que fuera carpintero, una profesión por lo menos adyacente a la de cura- y sus gastos de estudio resultan solventados por el alcalde del pueblo en acuerdo con el obispo de la diócesis. Arreglos conocidos entre Iglesia y Estado, signos de una vocación sacerdotal que se entendía funcional al statuo quo: Oscar no iba a dar problemas, era un creyente agradecido. El obispo de la diócesis a la que pertenecía Romero -Juan Antonio Dueñas, miembro de la oligarquía salvadoreña- decide enviar a sus dos seminaristas, Romero y Valladares, a estudiar a Roma. Corría el año 1934 y el Papa era Pío XI. En Roma el futuro arzobispo se formará en una férrea obediencia a la Santa Sede y en especial a la figura del Papa que en 1937 condenó en dos encíclicas al nazismo pagano y al comunismo ateo. Esa figura papal que ingresa en la política del mundo porque defiende el proyecto divino, fue el norte del futuro mártir. Acaso -como insinúa Morozzo Della Rocca- el deterioro físico y espiritual de Pío XI aislado en una Europa de totalitarismos triunfantes, proyectó sobre el joven seminarista la sombra del sacrificio ritual en una institución que sublima la persecución y la muerte de fieles y pastores por difundir el mensaje de Cristo.
Romero es ordenado en Roma el 4 de abril de 1942. La Segunda Guerra Mundial ingresaba en su tercer año, sin embargo en los Diarios del joven cura -que llevó durante toda su vida y que el autor transcribe- la guerra es una referencia marginal. "El padre rector salía a buscar qué comer y retornaba trayendo bajo el manto cebollas, castañas, lo que podía". El centro de sus esfuerzos estaba en organizar su biblioteca personal copiando miles de fichas con textos de libros de teología que no podía comprar y en ser un cura de almas, leal a la doctrina y a la figura del patrono de los presbíteros: el Santo Cura de Ars. El regreso a su patria fue azaroso e incluyó la reclusión en un campo de concentración en Cuba durante tres meses. Reconocido por un sacerdote cubano logró retornar a El Salvador en diciembre de 1943.
Posturas. Entre 1944 y 1967 Romero fue cura en la diócesis de San Miguel. "El Romero de San Miguel, en continuidad con el del período romano perseguía ante todo un ideal de vida sacerdotal diligente y austera". Un sacerdote típico: administra los sacramentos, realiza retiros espirituales con curas del Opus Dei y con jesuitas, organiza grupos de alcohólicos anónimos y comedores populares y trata de evangelizar desde la prensa y la radio. Su trato con la gente es de una piadosa bonhomía. En privado es nervioso, impulsivo, dinámico. En 1958 utilizó las palabras del Papa Juan XXIII para definir al sacerdote: "otro Cristo". Son los tiempos del Concilio Vaticano II y en El Salvador la acción de los grupos católicos progresistas y el trabajo con los más humildes de claretianos y jesuitas, producen el escozor consabido entre las 14 familias y sus consanguíneos económicos. A Romero lo definen por su acatamiento al Concilio, como conservador y por su sensibilidad con los humildes, como comunista. Pero todavía es el cura del acuerdo entre las clases sociales, el que puede lograr que los curas se dediquen a sus tareas. Pocos se han tomado el trabajo de leer sus artículos periodísticos publicados en El Independiente: "Pero como las sociedades rigen a los mismos hombres, en el mismo tiempo, sobre el mismo suelo, tendrán que surgir problemas mixtos que deberán arreglar pacíficamente mediante concordatos. Pero si alguna vez `la política toca al altar` como decía Pío XI, entonces la fuerza de los hechos obligará a la Iglesia a tocar la política en defensa del altar. Es decir: la Iglesia no se ocupará de las leyes del Estado porque no son de su dominio; pero si alguna vez las leyes del Estado atropellaran la ley divina, la Iglesia condenaría esa ley y prohibiría a los católicos a servirse de ella". Tampoco se leyeron sus reflexiones sobre el Concilio Vaticano II: "Renovación ha gritado la Iglesia y esta renovación ya nadie la podrá detener porque es el mismo Espíritu Santo el que sopla". Y en un acto de apoyo expreso a Pablo VI sentencia: "No hay nada que temer y no confundan sus hábitos con la religión". Cuando Romero -ya obispo- se encuentre acosado por la izquierda y por la derecha salvadoreña el Papa, al recibirlo en 1977, le dirá: "Ánimo, usted es el que manda".
El destino. En 1968 es elegido secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador, un reconocimiento a su solidez doctrinaria. En 1970 obtiene su primer destino como obispo auxiliar. En 1974 es obispo titular de Santiago de María. Es hombre de confianza de los nuncios y del Vaticano.
La oligarquía logra que en 1972 el fraude deje sin el gobierno a Napoleón Duarte. En su lugar asume Arturo Molina. Comienzan los problemas con Romero. En la carta pastoral de mayo de ese año el obispo denuncia la situación de los campesinos "bajo la esclavitud de la corrupción y en espera de la liberación de la gloria de los hijos de Dios". En junio son asesinados por el ejército cinco campesinos de la zona de Tres Calles. Romero aún cree en su amigo el presidente Molina. Espera una investigación, nada sucede. En 1977 otro fraude lleva al general Carlos Romero al poder mientras el obispo Romero accede a la mayor dignidad de la iglesia salvadoreña.
El gobierno expulsa al sacerdote español Juan Macho Merino por subversión. Romero apela a su homónimo y logra frenar la medida. El 12 de marzo de 1977 es asesinado el padre Rutilio Grande junto a dos campesinos, y todo se acelera. Señala Morozzo Della Rocca: "Para Rutilio, la conversión consistía en dedicarse a la pastoral y en amar a los campesinos. Romero consideraba a Rutilio un hombre de Dios". Se ha señalado que este hecho fue el camino de Damasco de Óscar Romero. Desde 1979, cuando una nueva junta cívico-militar asumió el poder para hacer el trabajo pendiente para la oligarquía, todo fue un baño de sangre que tenía en el arzobispo de San Salvador el único escollo, el único camino de pacificación. El libro demuestra que no poco tuvo que ver en esta tragedia la administración Reagan, la intemperancia de cierta izquierda, la veleidosa acción de algunos sacerdotes. Como señala el autor, resulta increíble que ningún actor político y social viera en Romero lo que básicamente fue: un cristiano fiel a un mensaje milenario pero todavía revulsivo, más allá de jerarquías corruptas, iglesias de ocasión, mezquindades humanas, envilecimientos y traiciones.
PRIMERO DIOS. Vida de Monseñor Romero, de Roberto Morozzo della Rocca. Edhasa, 2010, Buenos Aires, 498 págs. Distribuye Oceáno.
Teología de la liberación
Mons. Oscar Romero
LA LIBERACIÓN de Cristo y de su Iglesia, no se reduce a la dimensión de un proyecto puramente temporal. No reduce sus objetivos a perspectivas antropocéntricas: a un bienestar material o a iniciativas de orden político o social o económico o cultural. Mucho menos puede ser una liberación amparada o que ampara la violencia. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significado más profundo, su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado o manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos. No tendría autoridad para anunciarla de parte de Dios.
Es en cambio la liberación de Cristo y de su Iglesia, una liberación que abarca al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al absoluto que es Dios. Y al asociarse a los que trabajan por la liberación, la Iglesia no circunscribe su acción al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre, pero reafirma la primacía de su vocación espiritual y no sustituye la proclamación del Reino de Dios por anuncios de liberaciones humanas. Su mayor contribución es anunciar la salvación en Jesucristo; una salvación, por tanto, que exige una conversión de corazón. Está de acuerdo la Iglesia en que es necesario cambiar estructuras por otras más humanas y más justas; pero está convencida de que estas estructuras se convierten pronto en inhumanas, si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas, si no hay una conversión de corazón y muerte, por parte de quienes viven o rigen estas estructuras.