Un tal Juan

Felipe Polleri

TAL VEZ EL arte literario existe gracias a los libros de la peor calaña. Por ejemplo, los libros de autoayuda (a los que no se puede calificar de fraudulentos porque ayudan, y mucho, a quienes los escriben, publican y venden). Sin ellos, muchas editoriales y librerías quebrarían mañana mismo. Sin los best sellers de cuarta, como El Código Da Vinci, no estaría esperándonos en algún anaquel ese librito de poesía que tanto buscamos… para finalmente abrazar y mecer. Es gracias a la subliteratura, la infraliteratura, los mercachifles y los estafadores que hay lugar para Carson Mc Cullers o Peter Handke.

O, al contrario, la buena literatura existe gracias a los anónimos e invencibles héroes que publican, muchas veces a pérdida, luchando a brazo partido con las multinacionales del libro-basura, a nuestros autores más amados e idolatrados, a los que nos son más necesarios.

Pero lo cierto es que ni los malos ni los buenos (ni los del sombrero negro ni los del sombrero blanco) publican a Jean Cayrol (1911-2005), francés, judío que sobrevivió al campo de exterminio de Gusen, católico, poeta, guionista de Noche y niebla y de Muriel de Resnais. También fue un novelista maravilloso del que sólo pude leer después de años de búsqueda amarga y resentida, El viento de la memoria. Se trata de la novela de un artista de primerísima fila, ignorado por la crítica francesa que prefiere desvariar a propósito de la semiótica y el significante. Entre tanto, Jean Cayrol fue "alguien" que escribió media docena de novelas y de cuya obra nadie se ocupa tal vez porque de Gusen sólo volvió un fantasma que nadie quiere ver rondando su biblioteca. Yo quiero verlo en la mía y espero (esperar que los incompetentes se cansen es el "jobi" que más disfruto), espero, decía, una lluvia de libros con su nombre en la tapa. Y robarlos o comprarlos.

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