Mercedes Estramil
EN EL PROCESO Kafka había asumido la existencia de lugares a los que sólo es posible entrar sin pedir permiso, por dos razones que no se contraponen aunque parezca que sí: un guardián prohibe el paso, pero el lugar nos pertenece. En su Carta al padre (escrita en 1919 y que nunca le envió) hizo visceral y dolorosamente íntima esa imposibilidad de cruzar una puerta que está ahí, custodiada y abierta. En Escipión, Pablo Casacuberta (1969) se hace eco de ese mundo kafkiano para construir una novela sobre padres e hijos, permisos, autoridades y rebeldías.
La historia -narrada en primera persona, sin ambientación geográfica precisa y vagamente situada en las décadas finales del siglo veinte-, es la de Aníbal Brener, historiador frustrado, algo alcohólico, habitante de pensión, que sobrevive pasando en limpio tesis ajenas. Un tiempo después de la muerte de su padre, eminente historiador, Aníbal visita la casa paterna y asiste a la lectura de un inverosímil testamento, que lo habilita a heredar únicamente cuando haya publicado un ensayo voluminoso de historia contemporánea. El karma de Brener es el de ser "el hijo de" ese padre famoso, severo y distante. Buscando explicar, confrontar y revertir esa situación es que transcurre Escipión, novela psicológica donde el historicismo es apenas una pátina de brillo intelectual, no para los lectores sino para los personajes. Así, la mención de Escipión, el general romano que en el año 202 a. C. derrotó al cartaginés Aníbal, sólo funciona como metáfora unificante de esa sombra de derrota absoluta que persigue a este Aníbal menoscabado por sí mismo, abandonado por la madre, envidioso del padre, celoso de su hermana, dejado tiempo atrás por su única novia, y cuyo único acto de valentía consistirá en vadear una calle inundada.
El asunto es sencillo, arquetípico: hijo adulto en busca de la figura perdida de los padres, etc. La resolución es digresiva, al servicio de un puñado de eventos que se concatenan: la posible relación entre Aníbal y la empleada inmobiliaria que lleva los papeles de su padre, la posible escritura de un libro sobre un personaje controvertido y menor de un pueblo chico, la pérdida de los documentos paternos en una inundación y su rescate suicida, una enfermedad genética de último momento que profundizaría la similitud entre padre e hijo, y la búsqueda de una madre que se fugó a Brasil treinta años atrás con un heladero.
Labrada frase a frase como una joya delicada, Escipión no seduce tanto con ese anecdotario como con su construcción: es un tour de force narrativo que apela a un perfeccionismo decadente y sofisticado; a un humorismo hijo de un fracaso hiperdramatizado, que por eso mismo parece cómico (y por eso mismo es trágico); y a una pretenciosidad voluntaria que marca un estilo y desnuda, desde el espesor y flaquezas de su prosa, al protagonista absoluto de la historia. Escipión es, en ese sentido, Aníbal, con el guiño especular que eso implica, la victoria hecha derrota y viceversa. Como en anteriores novelas de Casacuberta (La parte de abajo de las cosas, Esta máquina roja, El mar, Aquí y ahora), los personajes son hombres hipersensibles y a la deriva, por dentro y por fuera, con escasas o nulas posibilidades de sobrevivencia.
Escipión se reserva un destello de salvataje en ese final carioca donde la parte soleada de las cosas aparece, y un sencillo heladero podría restituir la promesa de felicidad que las letras no dan. También puede leerse teleteatreramente, como parte de la broma antiintelectual de esta novela.
ESCIPIÓN, de Pablo Casacuberta. Trilce, 2010. Montevideo, 237 págs. Distribuye Gussi.