Soledad Platero
HACE YA UNOS CUANTOS años Josefina Ludmer observaba, en un trabajo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, que desde una posición de subordinación y marginalidad -desde la debilidad relativa en un intercambio- el débil desarrolla ciertas astucias que le permiten ampliar su espacio de acción. Son tretas: trampas o argucias que enredan al otro; que resquebrajan la lógica de su discurso y tienden a neutralizarlo. Giménez, el personaje central de Cuentas pendientes, es un ejemplo insuperable de ese modo de vincularse al otro desde la desventaja y la culpa.
La novela se abre con una imagen de Giménez imaginado por el narrador: "Tengo para mí que Giménez, tarde en la noche, arrastra los pies cuando entra a la cocina. Está cansado, las piernas sinuosas y como de tela, acechadas por calambres, quebradizas". Pero la lógica de la tercera persona pronto hace que el lector olvide esas primeras palabras que delataban la calidad de imaginario del relato, y se sumerja en la aplastante lógica de la voz narrativa omnisciente.
GAMBETEAR AL DUEÑO. Giménez es un pobre tipo, viejo, vive solo en un apartamentito interior de planta baja, debe varios meses de alquiler, y está condenado a hacerse cargo de su ex mujer, que vive en el tercer piso del mismo edificio. La mujer, a su vez, se hace cargo de su propia madre, casi centenaria, que vegeta en una cama con olor a orina, a sudor y a casi muerte.
La vida de Giménez consiste en gambetear al Dueño (el dueño de los dos apartamentos, cuyos alquileres Giménez no paga, ni siquiera cuando tiene, cada tanto, plata para hacerlo), en zafar de los reclamos de la mujer (se refiere a ella como mi señora, aunque están separados desde hace siglos) y en permitirse pequeños placeres tan mezquinos e insuficientes como todo lo que lo rodea. Una copa fiada en el café de la esquina, un poco de fiambre del barato para improvisar una cena, una prostituta vieja, obesa y descangayada sobre la que intentar, sin suerte, una y otra vez, un desahogo imposible.
Hay algo que llama la atención en el retrato que el narrador hace de Giménez: nunca, pero nunca, parece sentir lástima por él. Ni la sostenida pobreza, ni la vejez, ni la chatura de espíritu del personaje llaman a la compasión. Giménez es, hasta para sí mismo, un ser infame, un perdedor sin redención y sin poesía, un ventajero abusador que ni siquiera merece la piedad del espejo. Es ahí que Martín Kohan se luce.
En Ciencias morales (Premio Herralde de novela 2007) el personaje central era María Teresa, una celadora del Colegio Nacional que dedicaba cada instante de su insípida vida a vigilar a los estudiantes y a hacer cumplir las estrictas reglas de comportamiento impuestas por la dirección del instituto. María Teresa deseaba fervientemente la aprobación de sus superiores, y ese deseo la llevaba mucho más allá de lo necesario en el cumplimiento del deber. En Dos veces junio (2002) el lugar de sumisión, de entrega voluntaria y anhelante a la estima del superior está encarnado en un joven conscripto que es chofer de un médico militar. Ambas novelas transcurren durante la última dictadura militar en la Argentina. Cuentas pendientes, en cambio, está ambientada en los años siguientes, ya en plena democracia y cuando se está debatiendo el asunto de los crímenes cometidos por los militares.
LO SUPERIOR. Si bien la dictadura no es el tema en esta novela -tampoco lo es, frontalmente, en las otras- hay sí una emergencia de esa realidad en la calidad de adoptada de la hija de Giménez, en la relación que éste tiene con Vilanova -un coronel retirado para el que hace algunas changuitas- y en la referencia a una discusión entre el marido de su hija y él mismo, a propósito de las cuentas privadas de Pinochet. Giménez ha servido a los militares. Su posición de lealtad al régimen es evidente en el trato con Vilanova, pero también en la recurrente inclinación hacia lo alemán y hacia lo marcial, en el desprecio por los inmigrantes paraguayos y bolivianos, en la admirada y gozosa lectura de la revista Selecciones. Ése es el verdadero asunto: Giménez, como María Teresa y como el joven chofer de Dos veces junio, es alguien que admira menos a su superior que a lo superior. Pero esa superioridad debe ser entendida estrictamente en términos verticales, escalafonarios, de estructura. No admiran la superioridad moral o intelectual de alguien, sino su posición de superioridad directa respecto a ellos mismos. Admiran a toda la cadena de mando que está por sobre ellos, que encarna en el jefe inmediato pero se extiende hasta el cielo mismo de su imaginario: la Patria, los Estados Unidos, Occidente.
Si en las otras novelas era posible establecer una comparación entre esos personajes subordinados a la cadena de mando y la Argentina que celebró el advenimiento de los militares, en Cuentas pendientes también es posible relacionar al protagonista con esa imagen popular de lo argentino, con ese chanta cuya viveza consiste en ir acomodando el cuerpo y en ir sacando ventaja de las circunstancias, siempre tratando de no pagar y de adular al de arriba para conseguir algún beneficio, inmediato o a la larga.
La novela tiene, además, otra vuelta de tuerca. En la mitad del capítulo XIV (en rigor, en un capítulo cuya numeración es XIV, 15) el relato cambia de la tercera a la primera persona gramatical, y el narrador se revela nada menos que como el Dueño, el principal escollo en el fluir de la vida de Giménez. El cambio de punto de vista ocurre en medio de una escena: Giménez y su Némesis se ven frente a frente por primera vez ante el lector, y todo cambia. El Dueño intenta vanamente cobrarle a Giménez los varios meses de alquileres atrasados. Giménez se apresura a hacerse el bobo, reconocer la deuda, poner cara de macanudo, decir que no tiene plata y dar por sentado que pagará en cuanto pueda. El Dueño trata de hacerle ver las planillas en las que, prolijo y riguroso, registró cada centavo de la deuda. Giménez juega a hacer plena confianza en el Dueño y se niega a mirar las cuentas; el Dueño reclama un compromiso, una fecha, alguna certeza. Giménez lo convida con bizcochitos, le cuenta que lo vio en la tele -el Dueño es escritor y acaba de publicar una novela-, le da charla hasta aflojar su resistencia y desviar el asunto.
Como Sor Juana en la Respuesta a Sor Filotea, Giménez tuerce las cosas a su favor forzando los límites que le impone su situación de desventaja. Se reconoce en deuda, declara su admiración por la superioridad intelectual de su interlocutor, lo obliga a llevarse un libro que al otro no le interesa, y lo despacha, en definitiva, sin plata y sin fecha exacta de pago. Durante ese tour de force entre ambos personajes, el Dueño va perdiendo gradualmente su posición de privilegio y se va exponiendo como una persona también frágil -frágil, precisamente, allí dónde le reconocen superioridad-, incapaz de lidiar con la desvergüenza del otro, con su resbaladiza moral, con su descarada resistencia.
Beatriz Sarlo señaló la tensión entre el orden del discurso (la rígida estructura impuesta por Kohan) y el orden de la historia (el viscoso carácter de Giménez). Sin embargo, el nudo de sus historias parece estar en los vínculos de subordinación, en la rastrera sumisión de los personajes a las jerarquías y a las autoridades. Historias sin adultos, con mujeres viejas que siguen pendientes de la madre, con hombres grandes que siguen haciendo tareas de cadete, con intelectuales que no pueden dejar de ser el mejor de la clase.
CUENTAS PENDIENTES, de Martín Kohan. Anagrama, 2010. Barcelona, 177 págs. Distribuye Gussi.