LAS ASOCIACIONES con El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, son inevitables: hay selva, tercer mundo, una búsqueda que supone un descenso a los infiernos y, finalmente, la idea de que la verdad es inasible y apenas algo como "el horror, el horror…" puede ser musitado. Nueve noches sigue el recorrido de un investigador en busca de la verdad sobre el brutal suicidio del joven antropólogo norteamericano Buell Quain, en 1939, cuando regresaba de una estadía con los indios Krahô, en lo profundo del sertón brasileño.
Una de las afirmaciones repetidas por Bernardo Carvalho (Río de Janeiro, 1960) en las entrevistas concedidas a propósito de este libro es la de que ficción y realidad son categorías irrelevantes a la hora de aproximarse a un texto literario, y que, por lo tanto no debe ser tenida en cuenta su propia relación personal con la historia relatada, ni se debe intentar responder a la biografía de Quain apoyándose en esta obra.
Resulta un tanto sorprendente, tomando en cuenta esa afirmación, saber que en la edición original brasileña de Nueve noches aparece una fotografía de Carvalho cuando era un niño, acompañado por un indio krahô. Y no menos sorprendente es leer, en los agradecimientos de la última página, que el escritor regresó a visitar a los krahô para escribir la novela, y que recorrió diversos museos y archivos, buscó a los familiares de Quain en los Estados Unidos y recurrió al asesoramiento de especialistas en antropología y etnología.
Todo el libro se parece mucho a esos textos -escritos por investigadores en uso de becas y fondos académicos- que, aunque no sean ensayos científicos, serán leídos según los parámetros anglosajones, siempre amigos de considerar que hay una correspondencia entre lo que se dice en el libro y lo que ocurrió en la vida real.
Carvalho, sin embargo, repite insistentemente que lo histórico no debe ser tomado en cuenta a la hora de la lectura y que el libro es, en definitiva, una obra de ficción.
La novela presenta a dos narradores alternados. Uno escribe en segunda persona un largo relato en el que promete echar luz sobre las razones que pudieron haber llevado a Buell Quain, de 27 años, a mutilarse y ahorcarse ante la mirada atónita de los dos indios que lo acompañaban. Ese narrador que escribe para alguien que no conocemos es un hombre sin instrucción literaria -es ingeniero- que conoció a Quain antes de que éste se internara en el territorio krahô, en donde iba a morir. El otro narrador es el investigador que busca las razones del suicidio de Quain, y se corresponde en todo -hablo de la verdad literaria; la que propone la obra- con el propio Bernardo Carvalho.
Entre ambas narraciones se va dibujando una figura en claroscuro de la que poco se llega a iluminar al final. Lo mejor del libro está en el buen pulso para construir un misterio y hacerlo subir de intensidad a medida que se avanza en la lectura. En el otro extremo, lo peor -considerando exclusivamente los aspectos literarios- sería la narración a cargo del ingeniero, demasiado ampulosa e insistente, como la música incidental de una película llevada a un volumen exagerado por impericia y no por ironía.
La traducción (o la corrección) es desprolija, lo que aumenta la sensación de estar ante algo que fue muy bien preparado pero terminó saliendo más o menos.
NUEVE NOCHES, de Bernardo Carvalho. Buenos Aires, 2011. Edhasa, 181 págs. Distribuye Gussi.