Andrea Blanqué
MARINA TSVETÁIEVA, la poeta rusa que vivió en la marginación casi la mitad de su vida; la escritora non grata para Stalin y también para los rusos blancos del exilio -que no soportaban que escribiera poemas oscuros y que fuera apolítica- la mujer que se ahorcó en 1941 luego de que su hija, su marido y su hermana fueron deportados por el terror rojo; la que escribió "Todo es más importante, más necesario/ más indiscutible que yo" y "Si es este/ un mundo cristiano,/ los poetas somos judíos"; la extraña Marina Tsvetáieva, ahora, está de moda.
Hoy es considerada la poeta rusa más importante del siglo XX. Y no paran de publicarse inéditos, de traducirse poemas, cartas -tan literarias como el resto de su obra- o su prosa autobiográfica. Podría no haber quedado nada. Después de ser una verdadera outsider, deambulando desde 1922 en el limbo de los exiliados rusos (en una Europa que los ignoraba porque muchos creían que por fin la Humanidad había alcanzado la justicia en el comunismo), después de vivir del Estado checo, de los mendrugos de revistas literarias, después de haber pedido al final de sus días -retornada a Rusia- empleo como lavacopas en la cantina de la Unión de Escritores, ahora, es un ícono.
LOS LECTORES FUTUROS. Ella lo sabía. Intuyó desde muy joven que alguna vez tendría los lectores que le faltaron en vida. Escribía en ruso, lo renovaba, convertía su lengua materna en un material volcánico. Pero no había quien la leyera, no había editores para Marina y en París ella misma miraba con asco en el metro a los lectores de prensa amarilla. Sólo las cartas que llegaban a Rusia hacían que sus poemas se difundieran clandestinamente, en manuscritos, en recitales. Pasternak, su alma gemela, fue fundamental para eso.
Pero ella no se quería conformar con ser una poeta "de culto". Sabía que era un genio. En un poema llamado "A los fiscales de la literatura" dice: "¿Ocultarlo todo para que la gente olvide/ como nieve que se derrite o una vela? ¿En el futuro no ser más que un puñado de polvo/ bajo la cruz de la tumba? No quiero". Sabía que era una "elegida", pese al sufrimiento. En el irónico poema "Tentativa de celos", se compara con aquella "simple mujer" que ha preferido su amado, y no escatima títulos para sí: "reina" , "Sinaí", "Mármol de Carrara", "Lilit". Se autodefine como un ser con magia, lleno de sextos sentidos.
Pero también advertía su soledad devastadora: "Sin embargo, yo nací al margen/ del tiempo. En vano/ te esfuerzas, oh rey por un instante./ Te voy a eludir, Tiempo". Se sabía fuera de las coordenadas de la existencia: "¿Qué hace el desmesurado/ en un mundo de todas las medidas?". Y en otro poema en donde reniega de la nostalgia de la patria: "me da igual quién me mire/ como a un león cautivo./ Cuál es el clan humano que me ha expulsado- siempre-". Esta escritora sin lector llega a un punto que tampoco anhela: "Él es del siglo veinte;/ yo: ¡fuera de los siglos!". Pero no quedó fuera del Tiempo y los siglos, porque su hija, Ariadna Efron, la salvó. Aunque no pudo evitar su suicidio porque estaba lejos, deportada.
Ariadna estuvo 16 años en "rehabilitación", hasta 1955. Cuando volvió al mundo su gran tarea, hasta que murió en 1973, fue recuperar todo registro de su madre. Hizo un seguimiento para ubicar los manuscritos; la ayudaron, por supuesto, Ehrenburg y Pasternak. Ya había muchos intelectuales que admiraban a Tsvetáieva, a pesar de que la censura bloqueaba su publicación. Recuperó poemas, obras de teatro, cartas: muchos cuadernos de Marina habían permanecido en casa de allegados.
La niña que veía a su madre escribiendo cada mañana, en la hambruna del Moscú rojo, en el Berlín de la inflación, en las colinas de Praga, en el París que les hacía el vacío, esa niña que asociaba a su madre con los cuadernos que todas las mañanas de su vida Marina Tsvetáieva llenaba con su letra redonda (allí escribía todo en borrador), esa niña rescató cuanto cuaderno pudo. Algunos se perdieron. Pero quedó muchísimo material. Entonces Ariadna no solo recuperó la escritura de su madre sino que la clasificó e intentó durante años publicarla a pesar de las trabas rusas de la censura.
Sin ella, a Marina quizás se la hubiera tragado el Tiempo, ese del cual ella creía no formar parte. Pero Ariadna también poseía recuerdos: tenía conciencia de que era la persona que más había conocido a Tsvetáieva en el mundo.
HIJA fiel. Ahora Circe publica las memorias que Ariadna fue escribiendo hasta morir, con fragmentos del diario de su niñez, que su madre la obligaba a llevar.
Ariadna Efron escribía a los seis años con una sintaxis impecable: su madre, que no quería enviarla a la escuela, le había enseñado gramática y mucha literatura desde pequeña. También compartía con ella las pesadas tareas domésticas en la pobreza. Pero una unión inextricable las hacía indispensables la una para la otra. Como otras escritoras que además de libros han parido hijos, también Marina escribió poemas a su niña: "Tan amigas, tú y yo./ Tan huérfanas, tú y yo./ Estamos tan bien juntas,/ sin hogar, sin reposo, sin nadie.../ (...)/ El Kremlin es tuyo desde la cuna. Duerme,/ mi primogénita, radiante y terrible".
Lo que escribe Ariadna Efron no es una loa: es una descripción de miradas, hábitos, pequeños gestos. No juzga, aunque Marina sabía ser dura, como por ejemplo cuando en el circo se indigna porque su niña disfruta de los payasos: "Escucha y recuerda: todos los se ríen de las desgracias ajenas son unos imbéciles o unos bandidos".
No condena su vida amorosa. Marina no era fiel a su marido Serguéi Efron, aunque lo seguía con voluntad perruna. Él estaba al tanto de las pasiones de Marina, las justificaba. La hija los ama a los dos. Cuando Marina tuvo un amor con un amigo de Serguéi - el que inspiró "Poema del fin"- Ariadna intenta colocarse en el lugar de su madre y advertir cuán bello era ese hombre, tan vilipendiado por los biógrafos de Tsvetáieva -"un mediocre Casanova", dicen- quien sin embargo combatió valerosamente en la Guerra Civil Española y en la Resistencia francesa contra el fascismo.
Intenta descubrir los lazos profundos que había entre sus padres, a pesar de que se ha dicho que Efron era un débil, un lastre para la genial Marina, un marido-hijo, a quien ella amó por su carácter desvalido: el judío, el tuberculoso, el ruso blanco arrepentido que se vuelve comunista y espía soviético, el deportado y fusilado (aunque en la muerte Marina se le adelantó). No comenta la paternidad de su hermano Mur, nacido en Praga, al tiempo que Marina tenía una fuerte relación epistolar amorosa con el poeta Pasternak, hundido en Rusia.
No juzga a Mur, adolescente insoportable. Rescata notas en donde Marina dice de su hijo: "Lo querré como sea, no por su belleza, ni por sus talentos; no porque se parezca a alguien, sino porque existe". Y en otra nota: "Hay que mimar a los niños varones; puede que tengan que ir a la guerra". Efectivamente, Gueorgui Efron -Mur-, murió en combate en el Ejército Rojo contra el nazismo, en 1944.
MARINA TSVETÁIEVA, MI MADRE, de Ariadna Efron. Circe, Barcelona, 2009. Distribuye Océano. 291 págs.