Parte del camino

Mercedes Estramil

LA VOZ MÁS TRISTE y profunda de la canción canadiense también escribió novelas. Aunque fue hace medio siglo, cuando aún no era esa voz o apenas empezaba a serlo con melodías como "Suzanne", que irían imponiendo su registro melancólico y cargado. Leonard Cohen (Montreal, 1934) es, en el más amplio y a la vez concreto de los sentidos, un verdadero poeta, un exhibicionista del alma, tan capaz de desnudarla groseramente como de vestirla a medida en el espacio de una palabra o una nota.

Lo ha dejado claro en algunos poemarios, en docenas de canciones, y en las dos únicas novelas que publicó hasta ahora: El juego favorito (1963) y Hermosos perdedores (1966). La razón de que esa carrera narrativa se haya interrumpido la sabrá él: había pasta de narrador y mucha adrenalina en ambas ficciones, aunque faltara concreción en la estructura. A la vista de los resultados creativos y económicos, pese a algún fraude millonario que sufrió, cualquiera le daría la razón por haber trocado la literatura por la música.

A diferencia de su primera novela, una especie de bildungsroman con perfil autobiográfico, pero narrada en tercera persona, Hermosos perdedores adopta en su mayor parte la figura del narrador protagonista para enmarcar y entrelazar dos historias: la de un ménage a trois y la de un segmento de la historia fundacional de Canadá. El protagonista es un anciano deprimido que añora a su esposa Edith, suicidada en el hueco de un ascensor, y a su también fallecido amigo F., con quien han intimado tanto él como su esposa. Para paliar las horas y entender su destino el personaje se entrega al estudio de una figura emblemática de la historia canadiense: la india mohawk Catherine Tekakwitha (1656-1680), convertida a la fe cristiana, bautizada cuatro años antes de morir de viruela a los 24 años, y beatificada.

La novela de Cohen es intensa en su lenguaje y usa la batería de recursos propia de los años de su creación: inclusión de notas al pie, cartas, anuncios publicitarios, distintas voces narrativas, monólogos interiores, poemas, etc. Por debajo de su anecdotario sexual (el triángulo del protagonista, su amigo y su esposa) y místico (el triángulo del protagonista, su amigo y la santa), que a un nivel son el mismo, maneja los mismos conceptos del Cohen cantautor: la desesperanza vital, el profundo pesimismo de una humanidad sin respuestas básicas que todo el tiempo debe hallar la manera de canalizar, sublimar o reprimir una naturaleza salvaje.

Aun por la negativa, hay algo aquí del exaltado canto de Walt Whitman, sin su osado optimismo. Cohen, al igual que su colega australiano Nick Cave (autor de una novela con fibra: Y el asno vio al ángel, y de otra más profesional y opaca: La muerte de Bunny Munro) juega con la baraja marcada de la agenda rockera, esa en la que parece abundar el sexo desenfrenado, la mística de manual y el elogio tácito al espíritu del perdedor. A cierta altura, cuando esa dinámica ya está instalada, empezamos a ver que su propio exceso la ha dejado sin rumbo ni brújula, y Hermosos perdedores no logra integrar narrativamente sus líneas de acción, convirtiéndose en uno de esos libros que pudieron ser. Que tenían gancho, audacia y posiblemente un "autor" detrás, pero fueron víctimas de su propia torrencialidad y escritura alucinada. Cohen escribió los suyos como parte de un camino que fue creciendo y diversificándose, y son eso, y como parte del camino de Leonard Cohen ya son agradables de transitar.

HERMOSOS PERDEDORES, de Leonard Co-hen. Edhasa, 2010. Buenos Aires, 251 págs. Distribuye Océano.

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