Juan de Marsilio
UNA EXPLOSIÓN tan fuerte que conmueve a los muertos. Un amor tan profundo que recién se consuma tras la muerte. Una mañana clara de verano que empieza tranquila, porque la gente ya se ha acostumbrado a la guerra. Hiroshima, 6 de agosto de 1945.
Una de las mejores características de la uruguayez es su universalidad. Pese a vivir en este rinconcito provinciano en el que recalaron -casi de rebote- tantos inmigrantes (o acaso por eso mismo) los uruguayos cultos pueden hacer cuestión personal no sólo del universo en abstracto sino de cualquier comarca en concreto, porque en todas a los seres humanos les ocurre lo mismo: vivir, amar y morirse. Por eso es uruguayísima esta novela japonesa de Alberto Gallo, triste y hermosa.
Es una novela en que se rinde homenaje explícito a Juan Rulfo, sin que el tributo empañe para nada el carácter genuino, personal del texto, y permitiendo instalar en personajes y lector, como subrayado a los hechos de la mañana, la obsesiva pregunta de si están vivos o muertos, y la tenaz voluntad de vivir, incluso tras la muerte. Lo mismo puede decirse sobre las historias zen que el autor intercala en el relato, que cumplen además una potente función simbólica, en el sentido de marcar que en la fugacidad de la vida humana un instante puede significar tanto que se vuelve eterno y definitivo. Es el cuento del hombre perseguido por un tigre hasta un acantilado, que se aferra a un cerezo que crece en la pared del risco y, al comprender que sus opciones son caer o ser devorado, toma una flor y se arroja al vacío, al tiempo que declara que nunca una flor de cerezo ha sido tan bella.
Este libro conjuga violencia, horror y pena con sensualidad y ternura, dándole a ciertos pasajes un tono poético y fantasmagórico. Gallo extrae belleza incluso de la descripción del desastre, las llagas, los cadáveres, el paisaje destruido, sin por ello menguar un ápice el dolor y la injusticia de los hechos, antes bien, subrayándolos. Vaya como ejemplo: "Era un silencio blanco. Una poderosa luz que atravesaba las córneas igual que una piedra en el espejo de agua en el estanque que, a partir de ese momento, nunca volverá a ser el mismo". Y lo que se está describiendo es la primera explosión nuclear sobre un centro poblado. Pero la imagen más bella en su horror son las nubes de mariposas que vienen a posarse en las secreciones de la piel llagada de las víctimas.
Los personajes son construidos en base a la técnica del flashback, que permite ver quiénes eran y qué sentían antes de la mañana terrible en que comienza el relato. Son entrañables la señorita Kumiko, con su sensualidad adolescente y sabia, el monje Masato, enamorado de ella con amor absoluto, pudoroso y delicado. Pudor y delicadeza que no se pierden siquiera en el momento de la consumación amorosa (ese momento en que Masato se convierte, sin dejar de ser él, "en todos los hombres que alguna vez han penetrado a una mujer por amor"). Pero buena parte de la densidad filosófica del texto la aportan -sin parrafada alguna, por su modo de ser y sentir- Sumi, una niñita, y Cristo, el perro de Masato, tan querible en su desgracia (es el perro en llamas aludido en el título) que el nombre que el autor le elige no suena para nada sacrílego.
Como escribe Gallo, "morir no es el problema, el asunto es morir y no darse cuenta". Esta novela ayuda a sentirse vivo.
NUNCA ACARICIES A UN PERRO EN LLAMAS, de Alberto Gallo. Norma, 2010. Bs. As, 150 págs. Distribuye América Latina.