Juan de Marsilio
LA ÚLTIMA dictadura en Uruguay tuvo características muy propias, por más que se enmarcara en una oleada regional -y coordinada- de gobiernos autoritarios. Es algo que se desprende con claridad de la lectura de dos libros nuevos: La Primera Orden, de Alfonso Lessa y La Dictadura-Cívico Militar: Uruguay 1973 - 1985, de varios autores.
HISTORIA Y PERIODISMO. Son miradas diferentes, pero pueden conjugarse. En este caso es posible y provechoso. El libro de Lessa enfoca la figura de Gregorio Álvarez antes, durante y después de la dictadura. No por detallismo biográfico, sino por la importancia del personaje en la génesis y ejecución del golpe de Estado, en el desarrollo del gobierno de facto, en la transición hacia la democracia y en un cuarto de siglo de tensión social, política y jurídica sobre las violaciones a los derechos humanos en ese período. De hecho, el título es una cita de su discurso de asunción como Comandante en Jefe del Ejército en 1978, donde se responsabilizaba por cualquier exceso en la "lucha contra la subversión", por haber dado "la primera orden", como jefe del Estado Mayor conjunto de las Fuerzas Armadas (ESMACO). Al seguir a su personaje, Lessa brinda casos y ejemplos que permiten al lector visualizar con más claridad las líneas interpretativas del período que se postulan en los distintos capítulos de La dictadura cívico - militar, o incluso matizarlas y cuestionarlas. En este sentido es enriquecedor cruzar el enfoque de Lessa sobre la figura del Ing. Alejandro Végh Villegas, dos veces Ministro de Economía en la dictadura, con el capítulo que Jaime Yaffé dedica a la política económica de la dictadura, o el que Aldo Marchesi dedica a los intentos de la dictadura por generar consenso entre algunos sectores de la sociedad civil.
EL "GOYO". Hijo de Gregorio Álvarez Lezama, general ascendido desde la tropa, el "Goyo" tenía, según testimonio que Lessa recoge de un camarada de armas, "vocación de estatua" desde muy temprano, pues ya en 1955 habría manifestado su deseo de llegar a Presidente y su idea firme de que en nuestro pequeño país no se requería mucho para que todo marchase bien, convicción disparatada y compartida por tantos.
Esa vocación y convicción de omnipotencia es el hilo principal que el autor sigue para mostrarnos al personaje y sus hechos, si bien tiene que tomar muchos senderos laterales y hacer frecuentes idas y venidas temporales. No sólo por la casi omnipresencia de Álvarez en las últimas cuatro décadas, sino por la gran cantidad de figuras que se cruzan y vuelven a cruzar en su camino, como Végh o Wilson Ferreira. Pese a tal complejidad, el libro se lee con fluidez, y en algunos de esos "desvíos" sorprende al lector con datos inesperados, como la afinidad que manifestó en los años `90 Hugo Chávez, exiliado tras su intento de golpe de Estado, con la Guardia de Artigas, grupo de militares uruguayos nacionalistas de ultraderecha.
Pero también el trayecto principal de la exposición de Lessa puede dejar perplejos a muchos de los que hayan comprado alguna de las varias versiones estándar de la dictadura y de su último dictador. El periodista plantea, por ejemplo, que Álvarez habría tenido tal vez más poder en sus tiempos del ESMACO, que en los de Comandante en Jefe e incluso Presidente de la República, cargos ambos a los que accedió tras vencer mucha oposición entre los generales, fruto de años de rivalidades y diferencias ideológicas. El hecho de que la Junta de Comandantes en Jefe tomó para sí el diálogo del Club Naval con los partidos políticos, así como también el no poder concretar Álvarez su amenaza de crear un "Partido del Proceso", muestran esa merma de poder. Esta idea del dictador que no concentra en sí todo el poder, que está limitado por la presencia de los militares como cuerpo, es estudiada en el trabajo de Álvaro Rico sobre la relación dictadura-dictador.
BUSCANDO A BALDOMIR. Álvarez, al mismo tiempo que defendió la supervivencia muy tutelada de los partidos tradicionales, fue incapaz de tener diálogo con sus principales líderes. Eso le impidió no sólo ser el "Baldomir" de la transición, sino también elegir un civil que la encabezara. No logró convencer a Juan Carlos Paysée, a Alberto Gallinal ni al propio Végh, acaso el más lúcido de todos al evaluar la situación.
Entrevistado por Lessa, el Tte. Gral. retirado Fernán Amado considera que Álvarez era hábil "en la cortita", en lo táctico, faltándole -como a la gran mayoría de los militares- claridad estratégica, sobre todo en lo económico. Esto explicaría por qué la llegada de Végh al Ministerio de Economía con Bordaberry convirtió en muy poco tiempo al generalato de las posiciones estatistas manifestadas en los "Comunicados 4 y 7", a una visión neoliberal. Tampoco le hicieron muchas objeciones por sus contactos con políticos de la oposición, aunque supieron cortarlos, suprimiendo a los interlocutores, como en el caso de Michelini y Gutiérrez Ruiz. El propio Végh, tras explicar las limitaciones de Álvarez para entender a la política y los políticos, lo define como "bastante civilizado".
Debe anotarse al pasar, que las referencias de Lessa a la actuación de Végh y otros civiles cobran relieve si se las cruza con el trabajo de Yaffé sobre la economía del período, como ya se indicó, pero también si se las compara con el aporte de Vania Markarian sobre las relaciones exteriores de Uruguay en ese período. La economía y la diplomacia fueron los campos en los que más recurrieron a civiles los militares en el poder.
EL SENTIDO COMÚN. Carlos Demasi estudia la evolución del campo político en la dictadura. Leído "en espejo" con el trabajo de Lessa, su trabajo ayuda a entender muchas de las posiciones ideológicas que coincidían y se enfrentaban en el campo militar. Pero mejor aún, ayuda a tomar distancia, a no revisar la dictadura y su génesis con criterios propios del sentido común del presente. El sentido común del período incluía la idea de que se podía ser democrático y estar de acuerdo en excluir a los partidos de izquierda. Asimismo, también era posible a muchos pensar en una intervención de los militares en los asuntos públicos para defender la democracia.
De hecho, sólo así se explica que, tras la crisis del 9 de febrero y el pacto de Boiso Lanza entre Bordaberry y los militares, mucha prensa titulara y editorializara en el sentido de que la democracia salía fortalecida, dejando en soledad casi absoluta voces críticas como las de Amílcar Vasconcellos y Carlos Quijano. Asimismo, con criterios actuales, resulta incomprensible la expectativa que los "Comunicados 4 y 7" generaron en buena parte de la izquierda, ni las dudas que muchos de estos sectores tuvieron acerca de la vigencia del Frente Amplio en un eventual retorno a la democracia.
LA PRIMERA ORDEN, de Alfonso Lessa. Debate, Montevideo, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 384 págs.
LA DICTADURA CÍVICO-MILITAR: URUGUAY 1973 - 1985, de Carlos Demasi, Aldo Marchesi, Vania Markarian, Álvaro Rico y Jaime Yaffé. Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2009. 400 págs.