Daniel Mella
LA PORTADA ES blanca y en el centro hay un par de labios dorados. Son labios femeninos, gruesos, asimétricos y hermosos. Apenas se tocan; no está claro si porque pertenecen a un corazón que se va abriendo o cerrando. Pero ya no importa. Removidos de su rostro y plantados en medio de la blancura, han cambiado de dueño y ahora solamente los anima el anhelo mudo, puramente táctil, de quien los ha convertido en objeto. Alguna vez le pertenecieron a Lee Miller (1907-1977), cuya fama comenzó temprano frente a las cámaras de fotos y se cimentó luego por su actividad detrás de ellas y por su relación con Man Ray (1890-1976), fotógrafo de fotógrafos y responsable directo de la mutilación de sus labios primorosos.
Los labios de Miller aparecieron por primera vez en A l`heure de l`observatoire- les amoureux (1931), pintura en la que Man Ray recuerda el tiempo que pasaron juntos y en la que dice haber trabajado cada mañana a lo largo de dos años, en pijama, mientras la obra pendía inconclusa sobre su cama. Los labios, en este caso, son de un rojo cereza y dominan el cielo crepuscular que se cierne sobre un paisaje arbolado en cuyo extremo izquierdo se adivinan las formas gemelas y abovedadas de un observatorio meteorológico. El observatorio, con sus informes periódicos acerca del estado del clima -útiles para ordenar la vida de la gente- encarna el drama de las obligaciones cotidianas: la boca de Miller los vuelve obsoletos. En un poema en prosa editado en Cahiers d`art, Ray dio la siguiente explicación:
"Son las siete de la mañana, antes de que el hambre de la imaginación se haya saciado. El sol todavía no ha decidido salir ni ponerse -pero tu boca viene...- Ella se ha vuelto dos cuerpos, separados por un horizonte, delgado, ondulante. Como la tierra y el cielo, como tú y yo, y por lo tanto como todos los objetos microscópicos, invisibles a la mirada... Labios del sol, me atraen incesantemente más cerca, y en este instante antes de despertar, cuando me desprendo de mi cuerpo -estoy ingrávido- te encuentro en la luz pareja y en el espacio vacío, y, única realidad mía, te beso con lo que queda de mí: mis propios labios."
Miller y Ray todavía no habían roto definitivamente. Aunque pasaban largos períodos sin verse, el diseño de nubes que rodea a la boca anuncia una lluvia purificadora y posiblemente hable de cierto grado de optimismo de cara al futuro. Ray ya había retratado a su amante incontables veces, pero es con esta imagen que empieza a construir, sabiéndolo o no, la realidad alternativa en la que nunca perderá a Miller del todo, donde seguirá elaborando su drama de posesión. En la escultura Los amantes (1933), los labios estarán impresos en una lámina de plomo funerario rodeada por una cuerda con un nudo de lazo; se camuflarán en las figuras estilizadas de una mujer y un pez en Mujer y su pez (1941); serán la cintura del arlequín en Les Beaux Temps (1939); más tarde, los modelará en oro sólido, reforzando la idea de que son los labios del sol y de que ha conseguido, finalmente, procesar el metal más pesado en su opuesto.
LA APRENDIZ. Man Ray y Lee Miller fueron surrealistas: vivieron en París en los años veinte y treinta, estaban fascinados con los procesos psicológicos y con el momento en que la realidad vira, reveladoramente, hacia otra cosa, eran idiosincráticos y amigos de Breton, Duchamp, Picasso y Eluard y veían, en los objetos más mundanos, un mar de posibilidades. Los recortaban, despojaban, combinaban o relocalizaban para generar sorpresa, incomodidad, poesía, misterio.
Ray había comenzado como dadaísta en Nueva York. Ya era famoso y tenía un estudio en París en 1929 cuando Miller, que había saltado a la luz pública como modelo, lo persiguió con la intención de ser su aprendiz. La cámara y la fotografía habían sido el medio por el que ella se había convertido en objeto y luego, cuando las tuvo en sus manos, fueron el medio por el que buscó independizarse. Ray se percibía principalmente como pintor. Decía fotografiar sólo aquellas cosas que no deseaba pintar, cosas que ya tenían una existencia. Miller fue su aprendiz durante nueve meses. En algún momento devino su asistente. Posó para él (en la calle la discusión de quién era más bella, Miller o la Garbo, estaba dividida), experimentaron con diversas técnicas y descubrieron otras juntos -la solarización acabaría siendo la más popular-.
Ray la ayudó a abrir su propio estudio y empezó a pasarle los trabajos que lo excedían. Ray prefería el taller, Miller la calle. Fieles a los postulados de su movimiento de avanzada, creían en una sexualidad libre y condenaban los celos, pero Miller encarnaba de forma única la idea de la mujer como espécimen a la vez que desarrollaba, sin tapujos, su rol moderno como intelecto productivo. No aceptaba que nadie le dijera con quién se podía acostar y con quién no y acabó enfrentando a Man Ray con sus propias limitaciones, llevándolo a habitar la región desesperada que existe entre lo que uno es de la boca para afuera y lo que uno es de la boca para adentro.
EL LIBRO. Man Ray/Lee Miller, Partners in Surrealism (Merrell Publishers, 2011), no es una biografía de Ray ni de Miller. Tampoco reproduce todas las fotos que los artistas hicieron durante su tiempo juntos. En lugar de eso, está organizado en tres secciones claramente diferenciadas. La primera tiene como foco la sociedad entre Ray y Miller mientras vivían en París, años en los que ella nació como artista y él hizo grandes avances en su propio arte. La segunda examina su amistad en las décadas que siguieron y cómo continuó moldeando sus carreras. La tercera y última presenta trabajos de otros artistas que componían su círculo parisino, trabajos que, aunque no datan de esos años, reflejan las amistades que fueron forjadas por aquel entonces.
Resulta especialmente conmovedor el relato de Anthony Penrose, hijo de Miller y el pintor británico Roland Penrose. Es el único testimonio escrito de primera mano y en él da voz a las diferentes perspectivas que fue teniendo, a medida que crecía, de este raro y famoso amigo de su madre que tanto la alegraba con sus visitas, y de cómo a partir del estudio de la obra de ambos fue armando el rompecabezas de la pasión que alguna vez los unió.
Aunque Miller acabaría teniendo una larga carrera y se forjaría un lugar distintivo en la historia de la fotografía del siglo pasado, al día de hoy continúa haciéndose referencia a ella como la musa de Man Ray, aún cuando esa misma percepción fue de la que trató de escapar en 1932, al dar por terminada la relación con su maestro y amante y cruzar el océano para valerse por su cuenta. El libro exhibe un delicado balance en este sentido. Se intenta que la presencia de ambos impregne cada página por igual, en haras de mostrar la influencia recíproca y pareja que tuvieron el uno sobre el otro. Pero es Miller, por su condición múltiple (artista, musa, cosa) la que termina acaparando, en una especie de revancha sutil, la mayor superficie de este bello y valioso volumen.