Llamada de lo salvaje

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EN EL MAPA se ven. Hacia el suroeste, la Alaska continental se diluye en el Mar de Bering con un rastro de islas infinitas, de tamaño decreciente, que se ordenan en una medialuna hasta casi tocar Asia. En una de ellas, Adak (población: 200 habitantes), nació el escritor David Vann (1966), y en otras dos -enmascaradas bajo nombres imaginarios- se ambientan las dos primeras novelas de éste, Sukkwan Island y Caribou Island.

La llegada simultánea de ambos libros permite sopesar la autoridad de un escritor cuya obra arraiga, por un lado, en una tradición de autores aventureros (London, Melville, Hemingway), y que además indaga en los entresijos de los vínculos familiares con un cariz de fatalidad que lo emparenta con Eurípides o Sófocles. Sin embargo, esa carga de clasicismo a varias puntas se plasma, en la escritura de Vann, en una suerte de fragmentación sintáctica muy propia de la modernidad, donde la elipsis se vuelve una virtud y el staccato un recurso fundante.

El sostenido dominio de la prosa, sumado a un conocimiento de primera mano del vasto y desolado paisaje de Alaska, hacen de Vann un escritor en cierta medida exótico y, al mismo tiempo, universal. En ambas novelas, los protagonistas están imbuidos de una ambición de pureza, de aislamiento absoluto, alimentada por un imaginario romántico que, antes que en los hippies, tiene su origen en Whitman y Thoreau. Más pronto que tarde, el lector advierte que esa fuga hacia la naturaleza es la contracara de una fuga de sí mismos, y que la quimera tendrá costos irreparables.

INFIERNO HELADO. En las reseñas y entrevistas, las cualidades literarias de Vann han quedado opacadas por su biografía, algo a lo que el autor - todo hay que decirlo- se ha prestado de buena gana. Motivos había. A los trece años, mientras vivía con su madre y su hermana en California, Vann recibió una llamada telefónica de su padre invitándolo a pasar con él una temporada en una isla del sur de Alaska. El hombre sonaba deprimido, se acababa de separar de su segunda esposa y quería recomponer las cosas con su hijo, a quien apenas conocía. David se negó a la invitación. Dos semanas después, el padre se suicidó.

En el trauma posterior a aquel episodio, en la necesidad de asimilarlo y de canalizar la culpa y la impotencia, estuvo el nacimiento del escritor. Vann comenzó el borrador de Sukkwan Island a los 19 años, pero tardó más de dos décadas en verla publicada, junto a algunos cuentos, dentro del volumen titulado Legend of a Suicide (University of Massachusetts Press, 2008). Lo que siguió fue un crescendo de reseñas elogiosas, premios y ediciones internacionales. La escritora Lorrie Moore lo seleccionó para el Club del Libro del New Yorker y el relato se tradujo a dieciséis idiomas.

Sin conocer los demás textos de Legend of a Suicide, la lectura de Sukkwan Island encuentra un poderoso sistema narrativo que ensaya una solución alternativa al episodio real. En la ficción, el adolescente Roy también vive con madre y hermana en California pero, a diferencia de los hechos biográficos, acepta a regañadientes la invitación de su padre Jim a irse con él a una isla de Alaska. Error. De inmediato aflorará la insensatez de toda la aventura y Roy será testigo de una figura paterna que oscila entre la improvisación y el fracaso, en medio de un paisaje agreste donde "Todo era bruscamente lo que era y nada más".

El espectro del suicidio planea en cada página, en cada acción, en cada uno de los llantos del padre que Roy escucha en la noche sin atreverse a indagar en ello. No obstante, la auténtica tensión que surge del texto no proviene de la cercanía de la muerte sino de las desesperadas estrategias de ambos personajes para soportarse mutuamente y para soportar un día más en un escenario hostil que todo el tiempo los devuelve a un punto cero y que, de tan opulento y omnipresente, los sumerge en una dimensión irreal, fantasmagórica.

Dividida en dos partes, correspondientes a los puntos de vista de hijo y padre, Sukkwan Island posee la concentración y la ferocidad de una pesadilla de contornos nítidos. Cerca del final, ya con la tragedia a cuestas, uno de los personajes vaga y divaga por los bosques helados. "Se sentaba entre los árboles, y a varias decenas de metros, y pensaba en cómo contaría todo eso. No estaba seguro de que el relato tuviera algún sentido." Para Vann, en cambio, tuvo el sentido de catarsis que han machacado los medios, pero sobre todo el de convertirlo en un escritor talentoso.

CAÍDOS DEL MAPA. Editada en EE.UU. en 2011, Caribou Island es la primera novela propiamente dicha del autor y tuvo su germen en otro episodio autobiográfico. Un año antes del suicidio de su padre, la madre de la madrastra de David asesinó a su esposo y luego se suicidó ("Mi familia suma cinco suicidios y un asesinato", resumió Vann en una entrevista). Si bien aquella tragedia opera como marco referencial, la novela lo contextualiza y descompone en una media docena de personajes, de interés y construcción desparejos, cuyas peripecias aparecen intercaladas.

Por lejos, la línea de relato más consistente es la que componen la pareja de Gary e Irene, un matrimonio de treinta años que tiempo atrás canjeó las seguridades de la academia estadounidense por la promesa espiritual de la Alaska mítica. En el presente, con dos hijos adultos y una relación que acusa los golpes del desgaste, están cayendo en la cuenta de que "La verdadera Alaska parecía no existir ya." Gary la sigue buscando, sin embargo, y por ello permanece obsesionado en mudarse a la despoblada isla del título, donde está construyendo una cabaña con la ayuda reticente de Irene.

A medida que se ensancha la brecha emocional entre ambos, Irene somatiza su frustración con jaquecas médicamente inexplicables y la cabaña de Gary asume una función de metáfora sobre las utopías autoritarias que pretenden ocultar la procesión interior, el desmoronamiento, la "cruda verdad" de que "El matrimonio simplemente era otra manera de estar solo." A su vez, el sueño de la Alaska profunda ha mostrado sus grietas y, promediando la novela, ya comienza a verse como "el fin del mundo, el exilio".

Esas revelaciones caen sobre los personajes con un goteo lento, implacable, y anuncian el horror del final, tanto más tremendo en cuanto repite, como una maldición eterna, atrocidades del pasado que parecían superadas. Ese círculo de fatalidad también alcanza a los hijos, en especial a Rhoda, quien percibe el deterioro de la pareja de sus padres al mismo tiempo que espera casarse con un hombre infiel y adicto al sexo. Aunque bien delineados, e incluso pintorescos, los demás personajes impresionan como satélites con luz propia pero sin conexión firme con el núcleo de la historia.

Carente de la solidez conceptual de Sukkwan Island, la estructura caleidoscópica de Caribou Island aporta en cambio una galería de tipos humanos que confirma la reflexión surgida de sus propias páginas: "Los que no se adaptaban a ningún otro lugar terminaban aquí, y si aquí tampoco encajaban de ninguna manera, caían al abismo y adiós." Con ambas novelas, David Vann se presenta como un dotado especialista en inadaptados, en abismos y en adioses.

SUKKWAN ISLAND, de David Vann. Ediciones Alfabia, 2011. Barcelona, 216 págs. Distribuye Aletea.

CARIBOU ISLAND, de David Vann. Mondadori, 2011. Barcelona, 288 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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