El escritor de al lado siempre vive en Siberia.
Cees Nooteboom
DEBO EL descubrimiento de László Földenyi a Cees Nooteboom quien, en uno de sus asaltos epistolares, insistió en que debía leerlo, y me envió una traducción al español de uno de sus ensayos, Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar. Entre los numerosos senderos que nos llevan a leer un libro (todos tienen algo de misterioso) está el del título. Podemos no sentirnos atraídos de inmediato por un libro llamado La Divina Comedia o Las Contemplaciones, pero solo un alma de piedra puede resistirse a Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar. Lo leí de inmediato, de una sentada, y después de nuevo, y después una vez más, para la suerte. El contenido justifica ampliamente el título magnífico. Mi ignorancia del húngaro es perfecta: por lo tanto mi lectura se limitó solo a algunas de las obras de Földenyi en español y en alemán, y sin embargo las suficientes como para juzgarlo, en mi opinión, un pensador brillante, original, claro, cuyas iluminaciones seguí con mucho gusto a través de consideraciones filosóficas, históricas y estéticas. Sus libros sobre la melancolía, el arte y la crítica son obras maestras.
Hace mucho tiempo, los descubrimientos de Copérnico desplazaron la visión egocéntrica de nuestro mundo a un rincón cada vez más cercano a los márgenes del universo. La comprensión de que nosotros, los seres humanos, somos aleatorios, mínimos, una conveniencia casual para auto-reproducir moléculas no lleva a grandes esperanzas o a grandes ambiciones. Y sin embargo, lo que NicolaChiaromonte llamó "el gusano de la conciencia" también forma parte de nuestro ser, de manera que, por efímeros y remotos que seamos, nosotros, esas partículas de polvo de estrellas, somos también un espejo en el cual todas las cosas, nosotros incluidos, nos reflejamos. Esta gloria modesta debería bastarnos. Nuestra desaparición (y, en pequeña escala, la desaparición del universo con nosotros) nos corresponde registrarla a nosotros: un esfuerzo paciente e inútil empezó cuando nos pusimos por primera vez a leer el mundo. Lo que llamamos historia es esa narración en curso que pretendemos descifrar a medida que la hacemos. Esto lo comprendió plenamente Dostoievski cuando dijo que, si nuestra creencia en la inmortalidad fuera destruida, "todo sería permisible". Como la historia, la inmortalidad no necesita ser cierta para que nosotros creamos en ella.
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Desde el comienzo, la historia es la narración contada por sus testigos, verdadera o falsa. En el libro VIII de la Odisea, Odiseo alaba al bardo que canta las desdichas de los griegos "como si hubiera estado allí o lo hubiera oído de labios de otro". El "como si" es esencial. La historia entonces es la narración de lo que decimos que ha ocurrido, aun cuando las justificaciones que damos para nuestro testimonio no pueden, por más que lo intentemos, ser justificadas. Siglos más tarde, en un aula alemana polvorienta, Hegel dividiría esta "invención de lo que tuvo lugar" en tres categorías: primero, la historia escrita por sus supuestos testigos directos (orsprünglische Geschichte); segundo, la historia como una meditación sobre sí misma (reflektierende Geschichte); tercero, la historia como filosofía (philosophische Geschichte), que eventualmente resulta en lo que acordamos llamar historia mundial (Welt-Geschichte), la historia interminable que se incluye a sí misma en la narración. Emmanuel Kant había imaginado antes dos conceptos distintos de nuestra evolución colectiva: Historie para definir el mero recuento de los datos y Geschichte, un razonamiento de esos datos: incluso un Geschichte a priori, la crónica de un curso anunciado de acontecimientos por llegar. Para Hegel, lo que importaba era la comprensión (o la ilusión de comprensión) del flujo entero de los acontecimientos como un todo, incluyendo el lecho del río y sus observadores costeros, y para concentrarse mejor en lo principal, excluyó de este torrente los márgenes, las lagunas laterales y los estuarios.
Földenyi sugiere imaginativamente que este es el horror que Dostoievski descubre: que la historia, cuya víctima él sabe que es él, ignora su existencia, que su sufrimiento pasa inadvertido o, peor aún, no sirve a ningún propósito en el flujo general de la humanidad. Lo que Hegel propone, a ojos de Dostoievski (y de Földenyi) es lo que Kafka le diría más tarde a Max Brod: "Hay esperanza, pero no para nosotros". El caveat de Hegel es aún más terrible que la existencia ilusoria propuesta por los idealistas: somos percibidos pero no somos vistos.
Una suposición semejante es, para Földenyi (como debe de haberlo sido para Dostoievski) inadmisible. No solo la historia no puede desestimar a nadie de su propio curso, sino que lo inverso es verdadero: el reconocimiento de todos es necesario para que la historia sea. Mi existencia, como la existencia de cualquier hombre, es contingente para tu ser, para el ser de cualquier otro hombre, y nosotros dos debemos existir para que Hegel, Dostoievski, Földenyi existan, dado que nosotros (los otros anónimos) somos su prueba y su contrapeso, trayéndolos a la vida en nuestra lectura. Esto es lo que significa la intuición antigua de que todos somos parte de un todo inefable en el cual cada muerte singular y cada sufrimiento particular afecta a todo el colectivo humano, un todo que no está limitado por cada ser material. El gusano de la conciencia socava pero también demuestra nuestra existencia; no tiene sentido negarlo, incluso como acto de fe. "El mito que se niega a sí mismo", dice Földenyi sabiamente, "la fe que pretende saber: ése es el infierno gris, esa es la esquizofrenia universal con la que Dostoievski tropezó en su camino".
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Nuestra imaginación siempre nos permite una esperanza más, más allá de aquella destrozada o cumplida, una frontera aún al parecer inalcanzable que con el tiempo alcanzaremos solo para proponer otra que está más lejos. Olvidar esta falta de límite (como Hegel trató de hacerlo al recortar su idea de lo que importa como historia) puede lograr otorgarnos la bonita ilusión de que lo que tiene lugar en el mundo y en nuestra vida es plenamente comprensible. Pero esto reduce el cuestionamiento del mundo a catecismo y el de nuestra existencia a dogma. Como sostiene Földenyi, lo que deseamos no es el consuelo de aquello que parece razonable y probable, sino las regiones siberianas inexploradas de lo imposible.
Libros
La prestigiosa editorial española Galaxia Gutenberg ha publicado cuatro ensayos de László Földenyi: El sudario de la Verónica: Paseos por los museos de Europa (2004), Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar (2006), Goya y el abismo del alma (2008), Melancolía (2008, edición original húngara de 1981).
El ensayo adjunto es inédito, fue escrito en inglés para El País Cultural, y traducido por Elvio E. Gandolfo.