Felipe Polleri
Me hicieron leer de más: Graham Swift, Martin Amis, Ian McEwan. El país del agua, El tren de la noche y Niños en el tiempo, respectivamente, son tres grandes novelas; pero su obra posterior me desanimó o, directamente, me indignó. Por ejemplo: Amor perdurable (excepto, un primer inspirado capítulo) y Sábado de McEwan son, a mi dudoso juicio, dos fracasos rotundos. (Puede ser que últimamente los tres hayan escrito algunos libros maravillosos que se me escaparon; es que mi interés, una vez agonizante, ya está muerto y enterrado).
Tampoco Ishiguro publicó, después de Los inconsolables, nada que esté al nivel de sus primeras cuatro novelas. Cuando fuimos huérfanos tiene páginas exquisitas, pero debido a que el autor no conoce el género policial cometió errores que cualquier autor de género solucionaría con un solo disparo y a ojos cerrados. Nunca me abandones, por su parte, y pese a sus incontables aciertos, es tal vez demasiado fría; como si su tema (la clonación de seres humanos para utilizarlos como bancos de órganos), pronto y listo para la sensiblería, lo hubiera llevado al otro extremo del espectro. De cualquier manera, Kazuo Ishiguro es uno de los grandes novelistas del planeta. Sus primeras tres obras maestras (Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante, Los restos del día), dueñas de una prosa tranquilamente infalible, nos presentan a personajes que se van desnudando capítulo a capítulo, para que recién en el último tercio de la narración descubramos su fracaso vital, su pudoroso dolor, la casi escondida tragedia que padecieron y soportaron. Los inconsolables, una novela derivada de Kafka (como Fiasco del gran Kertész), utiliza algunos procedimientos del escritor checo, para hacernos vivir el desencuentro y la frustración de sus desconsolados e inconsolables personajes.
Este escritor inglés, de origen japonés, un origen que es explícito en sus dos primeras novelas e implícito en las siguientes por muy británicas que parezcan, no es como todos los chinos o los japoneses. Porque, aunque parezca mentira, no todos los japoneses son iguales. Ni los chinos. Y, si a eso vamos, tampoco los uruguayos. Aunque tenemos fama de buenos tipos, hospitalarios, de perfil bajo, rubios (todos los uruguayos, hasta los negros, fuimos rubios de chicos) y solidarios, no todos somos así, sino todo lo contrario. Uno de los chistes más exitosos de un amigo: lo mejor del Uruguay es la gente. Sea como fuere, Uruguay que no ni no.