Infamia y heroísmo

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Juan de Marsilio

Este libro retoma, sin desentonar, una tradición uruguaya de crítica de la URSS, con hitos como La esfinge roja (1948), de Frugoni, Rusia por dentro (1946), del Dr. Cruz Goyenola o La agonía del hombre (1948), de Víctor Dotti.

El autor, poeta neobarroco, novelista y ensayista, subordina el estilo a la claridad de los testimonios que presenta o las tesis que sostiene. El poeta calla para mostrar a sus entrevistados, ex combatientes de la Segunda Guerra o ex prisioneros de los campos de trabajos forzados (Gulag), que, ya octogenarios, rememoran con sencillez sus luchas y sufrimientos.

DECADENCIA Y FEALDAD. Roberto Echavarren viaja a San Petersburgo el 11 de setiembre de 2001: visita al vencido de la Guerra Fría mientras los amos del mundo unipolar reciben -a costa de miles de inocentes- un brutal golpe al orgullo.

No es menos significativa la demora en publicar. Hay estudio y reflexión, probadas por las referencias en los capítulos históricos y las alusiones a sucesos rusos posteriores a 2001. En momentos en los que el Presidente Putin -ex KGB- anuncia el rearme para defender los intereses rusos en el Cercano Oriente, los análisis de Echavarren cobran especial interés.

San Petersburgo y Moscú alternan ante el viajero la arquitectura neoclásica o viejo rusa, no siempre bien conservadas, y los bloques de viviendas, de construcción adocenada y chapucera, de las distintas etapas de la URSS.

En las ciudades soviéticas el hacinamiento era constante. Los viejos apartamentos se convertían en "komunalkas", con una habitación para cada familia y baño y cocina en común. Los nuevos bloques tenían fallas de construcción, y la burocracia les daba un mantenimiento escaso o nulo. Los roces constantes florecían en espionaje recíproco y denuncias. Cualquier mejora en la vivienda -no sólo las lujosas "dachas" de la "nomenklatura"- era un privilegio pagadero con humillación, obsecuencia y delación.

Cuando Echavarren visitó Rusia, esta realidad aún afectaba la vida cotidiana de muchos. Era una herencia de la URSS, o tal vez peor, evidencia de viejas lacras rusas, agravadas en el período soviético.

Pero en San Petersburgo vive también la memoria del valor de la gente común, la que resistió a los nazis en el sitio entre 1941 y 1944, cuando se llamaba Leningrado.

INFAMIA Y DIGNIDAD. La Revolución de 1905 arrancó de Nicolás II un parlamento, menos censura y algunas libertades. Estas esperanzas se renovaron con la Revolución de Febrero de 1917, que derrocó al Zar, estableció un gobierno provisional y convocó una Asamblea Constituyente. La renuencia del Primer Ministro Kerensky a terminar la desastrosa participación rusa en la Primera Guerra Mundial aumentó el descontento. El pueblo se expresaba mediante un poder paralelo: los soviets, consejos de obreros, marinos y soldados, en los que actuaban diversas tendencias de izquierda y los bolcheviques eran minoría.

Pero reclamando "pan, paz, tierra y libertad" y "todo el poder a los soviets", los bolcheviques dieron otro paso: el 7 de noviembre (octubre en el calendario vigente en Rusia) derrocaron al Gobierno Provisional.

Echavarren apoya la tesis de que, más que una revolución, fue un golpe de Estado, seguido de una Guerra Civil, no sólo contra los Guardias Blancos (zaristas y partidarios del gobierno Provisional) apoyados por las potencias capitalistas, sino también contra los partidos de izquierda, al inicio aliados de los bolcheviques.

El autor considera esta apropiación absoluta del poder una traición, con hitos como la clausura de la Asamblea Constituyente, tras sólo un día de sesión, y la masacre de los marinos de Kronstadt, base naval de San Petersburgo, que protestaban contra las deportaciones, fusilamientos y detenciones sin proceso, y también contra el hambre, resultado del "Comunismo de Guerra".

Ni Lenin ni Trotsky son humanistas para Echavarren. A la tesis de que el estalinismo pervirtió la revolución, el autor contrapone la idea de que el proceso soviético fue autoritario de raíz, salvo en la esperanza y la buena fe de las masas, a las que se usó de carne de cañón y fuerza de trabajo. Es interesante el análisis de las propuestas de Lenin en El Estado y la Revolución, opuestas a las políticas concretas que impulsó en el poder.

La confiscación forzosa de las cosechas trajo el hambre y la resistencia campesina. Echavarren estudia la rebelión agraria de la región de Tambov, guiada por Alexander Antónov y aplastada por las tropas del mariscal Tujachevsky.

El hambre y las rebeliones convencieron a Lenin de sustituir el "Comunismo de Guerra" por la Nueva Política Económica, que permitió a los agricultores vender parte de sus productos en el mercado y frenó la hambruna. Pero ésta volvería a inicios de los 30, cuando, fallecido Lenin, Stalin impuso, dentro de la política de Planes Quinquenales, la colectivización forzosa de la tierra. El enemigo eran los "kulaks" (campesinos ricos), que ante cualquier resistencia a integrarse a las granjas colectivas (koljoses) eran deportados a campos de trabajo, donde muchos morían al cabo de pocos meses de fatiga, desnutrición y enfermedad. Se necesitaba poco para ser kulak: dos o más vacas… o caerle mal al jefe local del Partido. La nueva hambruna resultante de la colectivización fue mayor que la de 1921, con muchos más casos de canibalismo. Entre el hambre y los campos de trabajo murieron millones de personas.

El resto de la década vería recrudecer las purgas partidarias, con "juicios" en los que bolcheviques de la primera hora eran condenados como trotskistas y espías de las potencias occidentales, tras largas confesiones públicas, arrancados bajo tortura o amenaza a los seres queridos. Y, sin embargo, en medio del terror, la dignidad humana se manifestaba, en pequeños gestos de solidaridad, ternura o rebeldía, a veces secretos, como los diarios y otros testimonios guardados con celo y trasmitidos de generación en generación. Echavarren transcribe varios de estos textos, que conmueven y hacen pensar.

ANTES Y DESPUÉS DEL SOVIET. A lo largo de la historia rusa posterior a la Edad Media se han enfrentado fuerzas modernizadoras contra otras autoritarias y regresivas. A menudo, en el mismo personaje se han manifestado contradicciones, como por ejemplo las tendencias ilustradas y europeizantes de Pedro I y Catalina II, también autoritarios y brutales. Es simplista igualar europeísmo con libertad y eslavismo con atraso: Rusia es siempre más compleja.

En el siglo XIX, tras la derrota de los "decembristas", intelectuales liberales que querían la monarquía constitucional, los cambios vinieron desde arriba, cuando Alejandro II abolió la servidumbre en 1861. Pero esta medida era limitada, pues el siervo no se volvía dueño de su tierra, sino parte de comunidades que restringían su iniciativa sobre rotación de cultivos y otras mejoras. Se avanzaba, pero muy despacio.

En 1863, Nicolái Chernichevsky, en su novela ¿Qué hacer?, expresó la avidez por cambios más profundos y en su protagonista planteó el modelo del "revolucionario profesional". Lenin la homenajeó, usando el mismo título para su célebre folleto.

La Revolución de 1905 trajo más reformas. Cierto que el Zar y otros elementos reaccionarios hacían lo posible por frenar el proceso (por ejemplo, asesinar al Primer Ministro Piotr Stolipin, que al liberar la compra-venta de tierras contribuyó a crear una clase rural próspera, pero se ganó la desconfianza del soberano, cuyo poder defendiera hasta entonces con brutalidad). Pero había en Rusia un grado de libertad nunca visto.

Ante el desastre de la Primera Guerra Mundial, los bolcheviques habrían canalizado el descontento, para obtener el poder absoluto, oprimiendo a las masas que decían representar. Según Echavarren, en la historia rusa los bolcheviques fueron un factor de injusticia y retroceso.

El Partido único, con líder incuestionable, no facilitó la libre discusión ni el surgimiento de liderazgos alternativos y aperturistas. Y cuando ello ocurría, siempre quedaba la alternativa del asesinato, como en el caso de Serguéi Kirov (1886-1934), líder bolchevique de Leningrado e integrante del Politburó.

Pero burocráticos y opresores no eran sólo los altos dirigentes: también los pequeños funcionarios gozaban sus parcelas de poder, sus pequeñas prebendas y ser temidos o adulados por el prójimo. Echavarren halló, diez años después de la URSS, restos de esa conducta en tal o cual gerente de hotel, funcionario de migraciones o policía.

ENTRE HITLER Y STALIN. Tras veintidós meses de pacto, en junio de 1941, Hitler invadió la URSS: se enfrentaron dos tiranías. Ninguno de los tiranos vaciló en derrochar vidas humanas, pues mientras para Hitler los eslavos eran subhumanos, Stalin y su régimen estaban acostumbrados a valerse de masas de trabajadores esclavizados y a ejecutar a quien se les opusiese o les molestase. Fueron frecuentes las órdenes de resistencia suicida sin utilidad militar, las victorias obtenidas a costa de enviar a la muerte contra los invasores oleada tras oleada de soldados, el fusilamiento o la deportación a campos de trabajo, sin proceso, bajo sospecha de espionaje, de los prisioneros que escapaban de los nazis.

Si la gran mayoría de los soviéticos defendió su tierra ante los alemanes fue por dos razones, que Echavarren y sus entrevistados exponen con claridad. Por un lado, las atrocidades nazis dieron poco pie a quienes quisieron verlos como libertadores. La segunda razón fue la dignidad. Conmueven los viejos combatientes que, conscientes del horror del régimen, y en muchos casos aferrados a la imagen que se hacían de Lenin y su proyecto -fe que el autor respeta, sin compartirla- cuentan sin darse importancia su coraje y sus penurias en el ejército, la guerrilla o la defensa civil.

Pero no todo es heroísmo. Echavarren también presta oído y comprende al que desertó del matadero, al que fue preso al Gulag, al que fue guardia en los campos y mostró alguna humanidad. Incluso aparece una anciana militante de la vieja escuela, que trata de adoctrinar a su entrevistador y marcarle a otros entrevistados qué deben decir y qué no.

Arriesgado, Echavarren rescata al General Andréi Vlasov y su Ejército Nacional de Liberación Ruso, en el que cerca de un millón de soldados lucharon contra Stalin, convencidos de que era posible establecer una Rusia no bolchevique. Echavarren supone de buena fe y equivocados a estos combatientes, y los diferencia de los milicianos ucranianos o bálticos que se unieron a los nazis en el exterminio y despojo de los judíos. Ni el ayudar a la resistencia checa en el alzamiento de Praga contra los alemanes valió en su favor: los aliados occidentales los entregaron a Stalin. Los jefes fueron fusilados y la tropa marchó al Gulag. Pocos soldados de Vlasov terminarían vivos su condena. No se justifica el colaboracionismo, se minimiza el horror nazi: se da la medida de la opresión estalinista, ante la que casi un millón de hombres tomó la opción de servir al mismo diablo para tratar de redimir a su patria.

LAS MUSAS NO CALLARON. Ya desde el título -que juega con las Noches blancas de Dostoievski- este es también un libro sobre la literatura y el arte rusos. En especial, sobre el modo en que el régimen soviético continuó la represión zarista sobre artistas e intelectuales. Asesinato, detención sin proceso y con tortura, envío al Gulag, destierro (o negativa del pasaporte para emigrar). Prohibición de publicar, críticas demoledoras en la prensa, dictadas por la jerarquía partidaria, defenestración de escritores vanguardistas y endiosamiento oficial de meros repetidores de consignas. Y la chatura estética bajo el rótulo de realismo socialista.

Echavarren estudia varios casos de resistencia cultural, más o menos frontal, más o menos consecuente, con el precio pagado por cada uno. Como contracara oportunista, repasa la trayectoria de Ilyá Ehrenburg, que despreciaba a Lenin pero supo adularlo, que fue narrador y periodista estrella bajo Stalin, pero pintó la relativa liberalización del gobierno de Nikita Kruschev en su novela El deshielo.

Esos escritores y artistas, humillados y ofendidos por la tiranía, supieron, sin embargo, apoyar a su pueblo en la lucha contra el invasor, y entre muchos ejemplos el autor destaca las obras compuestas por Dmitri Shostakovich durante la guerra, en especial su Sinfonía Nº 7, "Leningrado", ciudad que, bajo sitio, moría de hambre pero en la que no cerraron los teatros.

Siendo Echavarren un estudioso y militante de la causa gay, aborda el tema en este libro, pues bajo Stalin se reprimió de modo brutal la sexualidad diferente. Tras cierta tolerancia de la sociedad rusa hacia las relaciones entre hombres, y la despenalización de la sodomía en el período posterior a la Revolución de 1905, a partir de 1935 y hasta 1993 fue nuevamente delito, por el que muchos miles de personas fueron al Gulag, donde las relaciones homoeróticas no dejaron de darse, como revela un viejo combatiente al recordar las costumbres en un batallón de ex prisioneros, durante la guerra.

Es interesante el estudio del amor lésbico entre las poetisas Marina Tsvietáieva y Sofía Parnok. Pero tiene mayor rigor teórico su estudio de las tesis del filósofo Vladimir Soloviev (1853-1900), sobre la importancia en la evolución del carácter y la personalidad del amor erótico, más allá de la función reproductiva.

Más allá de polémicas por las opiniones políticas o eróticas del autor, o por dudas que ha generado el financiamiento con fondos concursables de esta colección, que orientan Silvia Guerra y el propio Echavarren, y sea cual fuere la posición que se tome sobre el caso, la obra debe leerse.

El libro no presenta más de cinco o seis erratas, tolerables en un volumen tan extenso, pero el diseño es bastante monótono.

LAS NOCHES RUSAS: MATERIA Y MEMORIA, de Roberto Echavarren. La flauta mágica/Fondos de Incentivo Cultural, 2011. Montevideo, 800 págs. Distribuye Gussi.

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