Mercedes Estramil
El londinense Robert Aickman trabajó gran parte de su vida en una empresa relacionada con la preservación de ríos y canales navegables, y complementó esa tarea sanitaria y ecologista metiéndose en las aguas turbulentas de la escritura (fue narrador, dramaturgo y editor), donde no preservó gran cosa sino más bien propició terrores a bordo. Eso sí, desde una innegable flema británica que hace que sus relatos se lean -en principio- casi con despreocupación. Se dedicó a la literatura fantástica, con cierta inclinación por los relatos de fantasmas y aparecidos, pero cualquier consideración de género en su caso no debe ser ceñida, pues Aickman escapa de las clasificaciones. Se consideraba un hacedor de "cuentos extraños" y hay que decir que no hay mejor definición que ésa para los que hizo.
Robert Fordyce Aickman (1914-1981) fue el hijo tardío de un arquitecto casado con una joven treinta y dos años menor, hija de un prolífico novelista victoriano que firmaba como Richard Marsh, y que tuvo la poca suerte de publicar su más famosa novela (El escarabajo: un misterio) en 1897, el mismo año en que Bram Stoker publicó Drácula. Aickman tampoco fue muy afortunado. Casado "sin amor" durante dieciséis años, escribió decenas de relatos y recibió algunos premios de literatura fantástica, pero no dejó de ser uno de esos autores relegados al rincón de las adaptaciones televisivas de cuentos de terror, si bien en su genealogía suelen citarse nombres de la talla de Arthur Machen, Horace Walpole, Walter de la Mare, Sheridan Le Fanu y el mismísimo Lovecraft. Las colecciones Cuentos de lo extraño y La aparición rescatan en total quince relatos perturbadores, en general extensos, propagadores de un desasosiego que nace de cosas que están mucho más allá de la anécdota.
AL LÍMITE. Cuando el desparejo matrimonio Banstead (él veinticuatro años mayor y cuarenta centímetros más alto que ella) llega a su hospedaje de luna de miel comprueba que las campanas del pequeño pueblo marítimo no dejan de sonar. En la noche llega el rumor y el olor del mar pero cuando quieren ir a verlo parece estar muy lejos de la costa o haber retrocedido. Alguien les aconseja a tiempo que se vayan, pero lo van postergando, sin ponerse de acuerdo, y el lector advierte que hay algo no resuelto en el interior de la pareja. La suma de clisés -obvios, necesarios- va potenciando la subida de tensión, y lo que ocurre al final en este cuento brillante ("Campanadas", en La aparición) es un buen ejemplo del mecanismo Aickman: llevar las cosas a un límite, bordear las explicaciones y las implicancias emocionales, y dejar libre en los desenlaces una zona oscura e irresuelta que, se intuye, es el desnudo meollo del asunto.
En el relato "La aparición" Aickman condensa en el formato breve lo que pudo ser otra de sus novelas, al seguir la historia de Brodick Leith, pasando por su edípica niñez, su fallido primer matrimonio con una mujer que desaparece, su segundo enlace con una mujer posiblemente bisexual, y su enclaustramiento en la casa paterna donde permanece acuciado (o cree que lo está) por la "aparición" del título. En "Los trenes" (Cuentos de...) dos jóvenes senderistas se pierden confundidas por el sonido de ferrocarriles y recalan en una casona cerca de las vías, habitada por un anfitrión demasiado obsequioso, un enigmático sirviente y el recuerdo de una mujer loca. Las chicas juguetean con la situación sin advertir o más bien sin reaccionar ante la peligrosidad encubierta de la misma. Algo similar pero en clave soleada e hipersimbólica ocurre en "El vinoso ponto" (Cuentos de...) donde un turista decide, sin considerar las advertencias de los lugareños, aventurarse en una isla griega habitada por tres mujeres o diosas que lo seducen una a una, hasta que el encantamiento se rompe.
Los relatos de Aickman, revestidos de todo tipo de atmósferas cargadas y ominosas, son historias de seducción, de amor y muerte, soledad y miedo. De gente que no puede enfrentar lo real, o más bien su apariencia, y decide suspenderlo y perderse. Son historias como péndulos, en un extremo lo extraño (la ambientación opresiva, la atmósfera sobrenatural, lo inexplicable) y en otro lo demasiado humano (la sexualidad insatisfecha, los celos, la ansiedad; elementos tan inexplicables como los otros). En la ilusión de que se rozan está el arte de Aickman.
LA GRAN PRESENCIA. Es frecuente que uno se pregunte si sus personajes están vivos o muertos, y que se quede sin respuesta o la deba resolver a su antojo, según el grado de realismo que esté dispuesto a darle a la narrativa de este inglés. La frontera entre muerte y vida se hace difícil de delimitar, además, porque los personajes principales suelen ser seres confundidos, ansiosos, hipersensibles, reprimidos, y sus desesperadas búsquedas para quebrar esas condiciones no las hacen en lugares, tiempos y con "otros" convencionalmente adecuados. "Las convenciones son lo único que nos separa del tembloroso vacío", dice el narrador en "El verdadero camino a la Iglesia", donde una mujer de pasado sentimental complicado huye a una isla remota y compra una propiedad que la leyenda liga con algo sobrenatural y sagrado denominado "el cambio de los mozos"; cuando la mujer está lista para ver y participar de ese tipo de experiencias su vida da un giro.
De vivencias así, tan sensuales como místicas, está hecha la narrativa de Aickman. Hay una fuerte sexualidad, subterránea o explícita fluyendo por sus relatos. Así, un hombre solitario programa su vida en función de atender las llamadas telefónicas de una desconocida que lo seduce ("Che gelidamanina", Cuentos de...), otro cae en la trampa de dos desquiciadas cuando va a cortarse el pelo ("Mark Ingestre: la versión del cliente", LA), otro acepta el juego erótico de una anciana que le causa repulsión ("Ravissante", La aparición).
Pero también Aickman escribe desde un distanciamiento prudente e irónico que protege a sus historias de numerosos "fantasmas": la inverosimilitud, la ingenuidad, el dramatismo. Las atmósferas son envolventes, los diálogos son fluidos las tramas son extrañas; en esa confluencia deja caer a sus atormentadas criaturas. "Por una cuestión de educación, estoy decidido a atenuar, a quitar énfasis, a suavizar" ("Encuentros con el señor Millar", La aparición): ahí hay una definición de lo que el propio escritor hace, y esa estrategia es la que nos permite "creerle". Sus fantasmas, zombies o simples presencias raras son o pueden ser reales porque la realidad misma -su certeza, su tangibilidad, su imperio y sobre todo su vitalidad- es lo que él cuestiona. Para alejarse de ella es que sus personajes toman los senderos "equivocados". Son particularmente notables los dos cuentos que cierran Cuentos de lo extraño. El abúlico protagonista de "Nunca vayas a Venecia" decide hacer realidad el sueño escapista de su vida: ir a la ciudad de los canales y tener su romántico encuentro en góndola, que desde luego se convertirá en una empresa más peligrosa de lo que parecía. La esposa aburrida de "En las entrañas del bosque" acompaña al marido a Suecia, y rechaza primero y queda subyugada después por un sanatorio en las montañas en el que habitan insomnes. Es en la huida de la soledad o de la compañía que estos personajes crecen y descubren que hay otro lado de las cosas y otra biografía esperándolos. No es un lado apto para todo público: algunos personajes (y asimismo lectores) de Aickman entran, y otros no.
LA APARICIÓN, de Robert Aickman. Edhasa, 2011. Buenos Aires, 313 págs. Distribuye Gussi.
CUENTOS DE LO EXTRAÑO, de Robert Aickman. Atalanta, 2011. Girona, 349 págs. Sin distribución local.