Soledad Platero
PHOENIX ES un conjunto homogéneo de relatos (tres largos y uno breve) atravesados por cierta experiencia de desconcierto, soledad y extrañeza. Por una rara sensibilidad a la hora de observar, y una sobria y exacta lucidez a la hora de escribir.
El narrador de los tres primeros relatos es un estudiante de doctorado en la Arizona State University, que trabaja, como es habitual en esos casos, dando clases de español en la misma universidad. Es un hombre gay de alrededor de cuarenta años, que vive solo en un pequeño departamento. No tiene pareja, ni gato, ni compañía alguna, salvo por los amigos que están lejos y con los que se comunica más o menos regularmente por correo electrónico. Esos amigos son presencias constantes en la narración. Forman el tejido -las hebras del tejido- que constituye su mundo, y sirven como mojones o referencias en una vida demasiado parecida a un desierto; a una escena irreal y distante.
En Phoenix hay cosas obvias (obvias a la interpretación, lo que no desmerece en absoluto a la obra), como la situación de tránsito de los personajes y el carácter precario -o, al menos, poco sólido- de los vínculos. También la cualidad algo límbica, algo fuera de sitio de las personas que han llegado a la madurez y siguen siendo estudiantes, y cuyo futuro -en este caso, enfatizado por la condición gay del narrador, que descarta a priori los proyectos matrimoniales o familiares clásicos- parece extenderse en la imaginación como un continuo sin alteraciones ni sorpresas.
Pero hay cosas que no son tan obvias, y que corren menos por cuenta de la condición propia de un estudiante extranjero de posgrado en una universidad norteamericana del Sur que por la mirada que el narrador posa sobre el mundo -personas, objetos, lugares, relaciones, sensaciones y deseos- y que se expresa en una narración consistente, lúcida, sorprendente en un personaje hombre.
Puede sonar a preconcepto y tal vez lo sea, pero no es frecuente que una voz narrativa masculina vea y problematice cuestiones como las aspiraciones afectivas, el vínculo de las personas con su espacio vital -en un sentido físico: el aire que desplazan al moverse; los lugares que llenan, o vacían del todo con su ausencia; la forma en que entran o salen de un territorio desconocido; el modo en que se abandonan o se tensionan ante la mirada del otro-, las trampas y mentiras que laten en todo diálogo.
Lo hizo Manuel Puig (un escritor homosexual, aunque no un narrador gay), pero casi siempre impostando una voz femenina, e incluso hiperfemenina. Lo de Muslip es distinto, porque su narrador es esencialmente discreto, sobrio, ligeramente infantil en la forma en que desnuda sus impresiones. Y es desoladoramente triste, aunque nunca, o casi nunca parezca esforzarse por serlo.
En el último relato el protagonista es un niño -aunque eso no significa que la voz narrativa sea también de un niño: lo que se cuenta es un recuerdo, y no se aclara de cuánto tiempo atrás- y por única vez hay figuras femeninas temibles, poderosas, capaces de cosas siniestras.
Phoenix es el tercer libro de relatos de este autor nacido en Buenos Aires en 1965, que ya publicó las novelas Hojas de la noche (Colihue, 1996), Fondo negro: los Lugones (Solaris, 1997), Plaza Irlanda (El cuenco de plata, 2005) y los libros de cuentos Examen de residencia (Simurg, 2000) y La vida perdurable (Cencerro, 2004).
PHOENIX, de Eduardo Muslip. Malón Editorial, 2009. Buenos Aires, 184 págs.