Andrea Blanqué
En el vertiginoso mundo del marketing y las novedades literarias, goza de gran prensa el libro de autor contemporáneo. Lo "nuevo" muestra los dientes a lo "viejo", y las editoriales buscan un autor "Balón de oro" que les haga llenar las arcas. No es fácil. No existe ley que afirme que los autores revelación son superiores desde el punto de vista estrictamente artístico e incluso desde los dichosos números. Cualquier librero de Tristán Narvaja declara que autores como Horacio Quiroga o García Lorca son pedidos habitualmente por los clientes sin que el paso del tiempo los haya desteñido.
Lo importante no es tanto dar con el autor sino hacer feliz al lector. Y ello puede lograrse con el descubrimiento de autores enterrados por el olvido y la vida. Un caso es la reedición de aquellos autores que no gozaron de las simpatías de los regímenes comunistas, y que fueron lapidados por la censura estalinista o por sus consecuencias, como el destierro. El húngaro exiliado Sándor Márai, y su compatriota Imre Kértesz, víctima "insilio", son dos ejemplos.
La colección de escritores rusos hostigados por Stalin es larga. Ediciones Alfabia ha dado con una maravilla del Nevá, el río emblemático que atraviesa la bella y sufriente ciudad de San Petersburgo. Se trata de La inundación, la última obra escrita por Yevgueni Zamiatin antes de exiliarse: una nouvelle tan brillante en su brevedad como La metamorfosis, de Kafka.
Zamiatin era ingeniero y sabía de ríos, hielos y barcos. Pero como en muchos autores la literatura fue acaparando su vida y ladeando su primitiva vocación. Nacido cerca de Moscú en 1884, no es de extrañar que ya en 1905 fuera bolchevique y participara en la temprana revolución, así como tampoco asombra que en 1917 se decepcionara de sus ideales y fuera cayendo en desgracia. La publicación que le generó el tiro de gracia para su carrera como escritor fue la novela Nosotros, un antecedente de Un mundo feliz de Huxley y de 1984 de Orwell.
Pero en La inundación no hay alegorías del régimen comunista ni tampoco un equivalente del Gran Hermano literario. Es neorrealismo sutil, que rescata la tradición instaurada por Dostoievski, con sus seres aislados llenos de culpa y conciencia y una mano aferrando un hacha. Pero, eso sí, prescindiendo de la prosa de gigantescos párrafos del maestro decimonónico.
No puede dejar de leerse La inundación ni por un instante. La fatalidad de los personajes crece como el río cuando se desborda: la ciudad de San Petersburgo debe esperar a que el Nevá baje y, cuando este lo hace, quedan ahogados, barro y escombros, un paisaje muy parecido al alma de los personajes.
En la vida de los tres seres ideados por Zamiatin el odio y la desgracia van llenándolos hasta crear una atmósfera de ahogo. El lector lo ve; ve la clara y terrible historia con una nitidez que alumbra pese a la sombría realidad que se retrata. Un matrimonio de cuarenta años no tiene hijos. El hombre -el hombre de la casa, macho y recio- está desilusionado de su mujer, su dulce mujer que ya comienza a arrugarse. Trofim Ivánich siente a su mujer hueca, vacía. Es un hombre rudo que ni por asomo puede concebirse estéril.
La muerte acecha pronto en el relato. Un vecino deja una niña huérfana al morir. La inundación fue escrita en 1929 y muestra un mundo donde ya hay mujeres médicas, fábricas que trabajan sin cesar y policía eficiente. El obrero Trofim acepta la necesidad de adoptar a la niña desamparada, ese anhelo que trasunta su mujer sin hijos. Pero la hija adoptiva tiene doce o trece años, y huele a sudor, tal vez a sexo. Sus ovarios han comenzado a lanzar óvulos al mundo, su instinto deja una estela de feromonas.
El incesto se produce, lógicamente. El triángulo es feroz, porque Sofía, la esposa, que produce una brutal empatía en el lector, es arrinconada por la vida a un agujero que no se merece. El lector queda alelado junto a Sofía ante la terrible situación que se desarrolla en la casa: el marido ya no duerme con la esposa y se mete en la cama de la hija púber, cada noche.
Los líquidos que amenazan ahogar a los personajes ya no son las ondas del Nevá: por un lado, los líquidos sexuales corren en la noche; por otro, la sangre surgirá a partir del hacha, de la inolvidable hacha dostoievskiana, pero también correrán la sangre del parto y la leche de quien da de mamar. El narrador cuenta la breve historia redondeando los párrafos con el acierto de contadas imágenes sobrecogedoras.
El final no explica a la manera de un epílogo, como Crimen y castigo. Es abrupto y llena de malestar al lector, quien hubiese querido felicidad para esa mujer inolvidable, Sofía. Lo cierto es que por varios días no puede dejar de pensarse en ella, ni en su exiliado autor, muerto y derrotado en París, en 1937.
La inundación, de Yevgueni Zamiatin. Ediciones Alfabia, 2010. Barcelona, 85 págs. Distribuye Aletea.
Estrella solitaria
Yevgueni Zamiatin
Llegó Trofim Ivánich. Se plantó junto a la mesa, ancho, paticorto, como si sus tobillos hubiesen enraizado en la tierra.
-El carpintero ha muerto -dijo Sofía.
-¡Ah!, ¿sí? -preguntó Trofim Ivánich, como de pasada; estaba sacando el pan de la bolsa, y el pan era más raro e inusual que la muerte. Se inclinó y se puso a cortar unas rebanadas con sumo cuidado; y de pronto, por primera vez en todos esos años, Sofía vio su rostro deslucido, quemado, su cabeza de gitano esparcida de canas, como sal derramada.
"¡No, no tendremos hijos, no los tendremos!", gritó desesperadamente el corazón de Sofía, con un vuelco. Y cuando Trofim Ivánich tomó en las manos una rebanada de pan, Sofía se encontró arriba al instante, donde Ganka estaba sentada en la cama, sola, con el pan sobre las rodillas, mientras una estrella miraba por la ventana, puntiaguda como el hilo de una aguja.
El cabello cano, Ganka, el pan, la estrella solitaria en el cielo vacío, todo se fundió en una sola cosa, con sus elementos incomprensiblemente relacionados entre sí, y Sofía, para su asombro, propuso:
-Trofim Ivánich, ¿por qué no acogemos a Ganka en casa? Podría vivir con nosotros… -No pudo continuar.
Trofim Ivánich la miró, sorprendido, y luego, a través del polvo del carbón, las palabras llegaron hasta él, a su interior, y empezó a sonreír, despacio, con la misma lentitud que había desatado la bolsa de pan. Cuando hubo desencadenado su sonrisa hasta el final, le brillaron los dientes y con un rostro nuevo, dijo:
-¡Bravo, Sofía! Tráela aquí, hay pan para los tres.
Esa noche Ganka durmió ya en casa, en la cocina. Sofía, tendida en la cama, escuchaba a la muchacha removerse en el banco; al poco, su respiración se hizo regular. "Ahora irá todo bien", pensó Sofía y se quedó dormida.
(Fragmento de La inundación, de Yevgueni Zamiatin)