Carlos Ma. Domínguez
ES SENCILLO COMPROBAR que la mayoría de las lecturas de la madurez se olvidan y las de la infancia permanecen imborrables. Cada lector tiene una mitología de historias y personajes comunes a su generación, pero singulares por la impresión del momento en que los descubrimos, a veces asociado a un hecho no del todo ajeno, como la habitación donde leímos, la mediación de una ventana, un episodio o un hábito.
Robert Louis Stevenson leía las historias de un periódico familiar expurgado de ofensas al decoro y publicaciones de aventuras con títulos como El barón desenmascarado que, confiesa, no estaban bien escritas, pero tuvieron una gran influencia en su infancia. "En los primeros años tomamos un libro por su material", escribió, "actuamos como nuestros propios artistas, percibimos con agudeza aquello que nos gusta e ignoramos el resto. Nunca supuse que un libro pudiera adueñarse de todo mi ser, hasta que un infernal día de tormenta en que el cielo estaba cubierto de turbulentas brumas, las calles eran recorridas por ráfagas de galerna y las ventanas retumbaban bajo el aguacero, mi madre me leyó Macbeth en voz alta. No puedo decir que la experiencia fuera agradable; sin duda prefería las historias más livianas en que un niño podía sumergirse, pasar algo por alto o adormilarse, robando a veces material para sus juegos; era nuevo y espantoso ser cautivado de este modo por un gigante, y me encogí bajo la presión de su garra brutal. Pero ese lugar de mi memoria es sensible todavía, y siempre que leo esa tragedia escucho los aullidos de la galerna sobre el valle de Leith".
La temprana reunión de Shakespeare con folletines de misterio no fue irrelevante en el autor de La isla del tesoro, publicada por primera vez en 1883 y reeditada en estos días por Ediciones de la Banda Oriental. Desde hace más de un siglo su novela despierta la imaginación de nuevos lectores y si su eficacia y autonomía no ceden es porque concentra dos tradiciones vivas: la voluntad de los géneros populares y la inteligente arquitectura del teatro.
LA IMAGINACIÓN Y EL ENGAÑO. Dijo Stevenson que al cabo de frecuentar los más variados folletines comprendió que sus relatos "no eran fieles a lo que los hombres ven; eran fieles a lo que los lectores sueñan", y que la literatura popular avanza en el sentido de la imaginación. Anhelan, sus lectores, como los niños, no tanto penetrar en la vida de otros, cuanto contemplarse a sí mismos en situaciones diferentes, "ardientemente anticipadas, aunque con un sentimiento de impotencia", y el autor popular los conduce adonde desean. "A cualquier otro lugar, no le seguirán".
La idea ocupa todavía a miles de guionistas de series y telenovelas, porque el mismo cuento ha sido hecho incontables veces en el amor y en la aventura. Naturalmente, es más fácil meter a Shakespeare en la telenovela de la tarde que verlo salir vibrante de la pantalla de los televisores. Lo que Stevenson consiguió de un modo más que afortunado, fue conducir la imaginación de un niño al peligroso mundo de los hombres, y hacerlo correr su aventura con personajes ambiguos y paradójicas situaciones.
Hay algo especialmente seductor en los piratas de La isla del tesoro, que rara vez asoma en la literatura juvenil de la actualidad. Son asesinos furiosos, brillan por la inteligencia de su crueldad mientras llevan adelante sus propósitos con alegres tonterías. John Silver, "El largo", es el hombre de dos caras en un solo rostro. Su simpatía es deudora de su astucia, y su astucia luce con un brillo encantador. El joven Hawkins encarna la inocencia de este viaje salvaje por la ambición y el crimen, pero su inocencia es temeraria y se precipita alocadamente en el horror. La cicatriz de Billy Bones y su intrigante canción: "¡Quince hombres van en el cofre del muerto!/ ¡Yo-jo-jo, y una botella de ron!"; Perro negro; el siniestro ciego Pew y su muerte bajo las patas de los caballos; la leyenda del capitán Flint, y tantos otros personajes y episodios, han quedado impregnados en la memoria de infinidad de lectores. No porque sean grandes personajes, apenas son siluetas, pero siluetas recortadas por detalles tan precisos y exacerbados, que a poco de revisar su artificio asombra con qué poco la mente humana se rinde a un buen engaño.
El arte de Stevenson ha sido la mutilación de lo accesorio, la sencillez del trazo y la ajustada máquina de una trama que, en cada capítulo, coloca a los personajes delante de una nueva alianza y un nuevo enfrentamiento. No hay progresión sin cambio de posiciones, no hay intriga que no muestre al bien y al mal como dos impostores.
UN MAPA. Esta obra exquisita nació, inadvertidamente, de una contrariedad. Stevenson tenía treinta años, se había casado con una mujer norteamericana, separada y con dos hijos. Para combatir el aburrimiento del pequeño Lloyd Osbourn durante un lluvioso veraneo en los campos de Escocia, dibujó el mapa de una isla, coloreó sus bosques, algunos muelles, y al terminarlo lo firmó "La isla del tesoro". Entonces comenzó a imaginar la historia y durante varios días escribió los primeros capítulos con el fin de entretener al joven Lloyd en las noches.
Hasta entonces Stevenson había fracasado en su intento de escribir una novela y los capítulos iniciales se habrían ido al fuego si un amigo de visita, el doctor Alexander Japp, no hubiese partido con los manuscritos para llevárselos al editor de la revista juvenil Young Folks, que los publicó por entregas semanales entre octubre de 1881 y enero de 1882, sin mayor repercusión. Cuando al año siguiente se publicó en libro el éxito fue arrollador.
Pero poco después un episodio vino a opacar la dicha de Stevenson. Cuando envió las pruebas de la reedición a la casa editorial Cassell, también mandó el dibujo original para ilustrar el libro. El mapa nunca llegó. Con la ayuda de su padre, Stevenson debió reconstruirlo. Añadieron ballenas y barcos, "pero por algún motivo ese mapa nunca fue para mí La isla del tesoro", lamentaría años más tarde.
"La escribí a partir del mapa. El mapa fue la parte fundamental de la trama. Por ejemplo, llamé `Isla del Esqueleto` a un islote sin saber qué quería decir, buscando sólo un golpe de efecto inmediato y fue para justificar ese nombre que irrumpí en la galería del señor Poe y me robé la palanca de Flint (el pirata que enterró el tesoro en la isla, cuya historia se alude pero no se narra). Y del mismo modo, fue por eso que debí construir dos muelles a los que fue enviada la Hispaniola en sus viajes con Israel Hands… Podría casi decir que ese mapa lo fue todo".
Mientras no aparezca en los remates de Sotheby`s cotizado a más de un millón de euros, cabría considerar el episodio como un misterioso sortilegio.
LA ISLA DEL TESORO, de Robert Louis Stevenson. Banda Oriental, 2010. Montevideo, 280 págs.