Dulce y amarga lucidez

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Álvaro Ojeda

J. D. SALINGER, en el inicio de su novela El guardián entre el centeno, establece la doble condición de todo libro de memorias, en especial de aquellos que se narran desde la infancia: "El pasado es un país extranjero: allá hacen las cosas de otra manera." La doble condición consiste en el retorno de un visitante que no lo es, a un país extranjero que no lo fue. Esa contradicción que convive con amable claridad dentro del mismo relato, y que el lector acepta de buena gana, otorga una riqueza afectiva a la narración que pocas veces se logra en la ficción pura.

Cuando Aeronwy Thomas, la segunda y única niña de los tres hijos que tuvo el notable poeta, narrador y guionista Dylan Thomas (Swansea, Gales, 1914-Nueva York, 1953) escribe acerca de su infancia, esa doble condición resplande. Así, el relato de una rutinaria caminata con su madre -Caitlin Macnamara- transforma el hecho recordado, confiriéndole un tono alegórico. Lo que en la niña fue simple acción, en la escritora adulta se vuelve reflexión. "Pletóricas de vida, no veíamos los montones de piedras invadidas por las hiedras y el liquen verde que habían sido casa de gente desaparecida hacía mucho tiempo." Cuando la caminata prosiga, para el lector habrá una sola voz -la de la niña Aeronwy- y el efecto estará logrado pese a esa verdadera lección de botánica que se despliega a continuación: "Tras dejar atrás los descuidados árboles, saltábamos cercas de varas y alambre de espino cuidando de poner las chaquetas sobre las púas y nos metíamos en campos de un verde que no he vuelto a ver en la vida. Recuerdo los campos cuajados de celidonias, prímulas y algunos narcisos silvestres. Y los tojos en las laderas." La viajera que cuenta es otra y es la misma.

Escenarios. Todo transcurre en la llamada Casa Barca -The Boat House- y sus paisajes geográficos y humanos impactantes. Esos que son el contexto de la cinematográfica llegada en automóvil de la familia Thomas en 1949 a su nueva residencia, que consistió en bordear un extenso acantilado apenas modificado por alguna que otra casa.

La Casa Barca se encuentra en pie, cercana a la población de Laugharne en Gales, y todavía mira hacia el estuario del río Tâf. Estuario y mar vistos desde una casa posada sobre un acantilado, con un jardín inundable y un bote para navegar en él, como exótico paseo doméstico durante la pleamar. A esa casa llegó Aeronwy de seis años, su hermano mayor -Lewellyn- y el menor en camino -Colm-, y en ella permaneció hasta 1953, fecha en que la abandona para ingresar en un internado de señoritas en Tring, en donde se entera de la muerte de su padre durante una gira literaria en Nueva York, víctima de un coma alcohólico.

El paisaje humano lo enriquece Dolly, una mujer de la zona, empleada como limpiadora, niñera, cocinera y que en palabras de Aeronwy era la más hermosa de las mujeres que conocía, junto a su abuela Flo y a su madre Caitlin, además de todo un elenco de personajes a cuál más fascinante en su irremediable sencillez. Booda, el peón sordo que posee un lenguaje de gestos preciso y a la vez metafórico, el ominoso doctor Hughes, la voluptuosa señorita Gwennie, los Williams, Ivy la cocinera y eterna chismosa del pub Brown`s de Laugharne, donde Dylan Thomas bebía ingentes pintas de cerveza, mientras resolvía los complejos crucigramas del Times junto a su padre D.J. Thomas. Cuando el compuesto y acicalado cadáver de Dylan Thomas -embutido en un traje comprado en los Estados Unidos de un estilo que el poeta jamás hubiese usado y que lo convertía en una especie de maniquí- sea velado y enterrado en Laugharne, uno de sus anónimos amigos del Brown`s, realizará un comentario fielmente consignado por Aeronwy, que es una mezcla de humor negro involuntario y observación precisa: "No lo habíamos visto nunca muerto y con aquella corbata." Flo, la madre de Dylan Thomas, hizo otro tipo de observación: "sus manos eran las mismas: estrechas como aletas de pez."

Tono. Aeronwy Thomas sorprende al lector por su permanente ejercicio de sinceridad. Nada ni nadie queda a salvo de la mirada de la niña que recuerda y de la voz adulta que narra, en una suerte de catarsis -reconocida a texto expreso- que resuena a lo largo y ancho del relato. Esa catarsis no es clemente ni piadosa. La madre, Caitlin, franca e irascible, en permanente conflicto por mantener una fidelidad prometida a su esposo -que éste no corresponde- y que por decir lo menos, es un hombre complicado. Colérica y arbitraria, parece tener tiempo sólo para su hijo Colm, no obstante el recuerdo de su hija la muestra como una compañera de aventuras ideal. Bailarina, farrista, alegre, parece tener más compasión por Dylan -escritor, personaje, pusilánime señor feudal, fabricado por la propia Caitlin- que por su hija. Dylan Thomas, encerrado por su esposa en el cobertizo en donde escribía, sujeto a una disciplina de trabajo feroz que desmiente o acaso justifica su adicción profunda por el alcohol. Un hombre necesitado de lucidez que se hunde en una zona gris de impavidez y extravío. Su hija que lo ama, no puede dejar de contar al menos una de las dos veces que la borrachera de su padre evitó que la reconociera como su propia hija. Como muestra de maestría narrativa, durante el episodio el poeta sólo emite interjecciones sin sentido. Un trío de penitentes -padre, madre, hija- que parecen naufragar en una casa a la deriva y a la vez anclada en un paisaje majestuoso.

Se puede señalar en el texto algún alargamiento innecesario en las anécdotas -la acusación de Booda como posible asesino y su absolución posterior- alguna cuenta sin saldar con su hermano Llewelyn, pero resulta inobjetable la honestidad intelectual de la autora de estas memorias. No es un panegírico oportunista a un escritor que fue muy famoso en vida. Difundido por la BBC, saludado por la Reina Madre y por su hija Isabel y aclamado en los Estados Unidos como sólo lo fue Oscar Wilde. De la memoria de Aeronwy sólo brota la verdad de esa niña que fue y de la mujer que luchó con este texto por diez años, publicándolo en 2009 poco antes de morir.

PAISAJES DE MI PADRE, de Aeronwy Thomas. Circe, 2010. Barcelona, 270 págs. Distribuye Océano.

Tareas de padre

UNA VEZ por semana Dylan Thomas leía, representaba y comentaba cuentos para su hija. La lectura se producía luego del baño semanal de la familia. "Pasamos a nuevos cuentos de Grimm. No tardó en estar tan absorto como yo por las historias de doncellas que huían aterradas de los lobos y otros brutos. Mientras leía, lo fotografié mentalmente para no olvidarlo nunca. Cierta vez que yo había elegido un cuento de Hoffmann, apareció mi madre blandiendo unas tijeras de cortar uñas. Nosotros estábamos en las nubes. Mi padre continuó leyendo mientras mi madre le cortaba las uñas (no los dedos de las manos ni de los pies) y le ataba los cordones de los zapatos, que a menudo él no ataba.

Cogiendo las tijeras dije: -Ahora voy a cortarte las manos, ¿quieres?

-No, sólo el dedo chico, por favor - dijo mi padre con la mayor naturalidad, como quien pide una hogaza de pan blanco al panadero. Mi madre perdió la paciencia, me arrancó las tijeras de las manos y nos dio un coscorrón a cada uno."

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