Distraídos e ignorantes

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LA IDEA de que un joven de hoy se cargue una mochila de libros de texto aburridos definidos por burócratas ministeriales y se encierre en un aula a soportar un discurso irrelevante en su perspectiva, y que todo esto lo aguante en nombre del futuro, es simplemente absurda.

La frase de Manuel 0 citada en uno de los trabajos de este oportuno libro colectivo, es una buena muestra de la necesidad de pensar La sociedad de la ignorancia, a contrapelo de cierto optimismo sospechoso acerca de la "sociedad del conocimiento" y lugares comunes similares.

El capítulo en el cual se cita a Castells es "Educar, entre la evasión y la utopía" y su responsable es Ferrán Ruiz. El autor completa la idea señalando que "en los tiempos actuales hay motivos para poner en tela de juicio hasta qué punto lo que es obligatorio aprender sirve para la vida, el trabajo, la ciudadanía e incluso la cultura en una sociedad en cambio".

Por su parte, en "La sociedad de la `crisis de sentido`", Joan Campàs apela a Nicolás Negroponte para situar en un contexto más amplio los variados asuntos del libro: "El valor de la información sobre la información puede ser mayor que el de la propia información". Es que no basta con tranquilizarse por la disponibilidad en la web de la habitual fast food con que suelen nutrirse los navegantes poco exigentes. Por ello Campàs también recurre a Juan Luis Cebrián: "No somos capaces de comprender que ya la información en sí no es poder, sino la administración y la coordinación razonable de la información, para obtener resultados operativos".

Todos los colaboradores arriman su propia ascua, no necesariamente apocalíptica, a un debate fascinante. "La sociedad del conocimiento y las dificultades de su producción", de Marina Subirats, señala con agudeza que hoy lo que importa no es la nobleza de la investigación, sino la carrera personal, planificada de acuerdo a los cánones académicos del primer mundo. El predominio de lo competitivo conduce a tratar de cuidarse de publicar en "revistas que no cuentan, o en idiomas que no cuentan". Y en "La sociedad del desconocimiento", de Daniel Innerarity, se observa la necesidad de tomar mayor conciencia de lo que se ignora, a moverse en lo borroso y aun lo caótico. El mismo autor reivindica las "tecnologías de la humildad", "una manera institucionalizada de pensar los márgenes del conocimiento humano, reconociendo los límites de la predicción y del control".

Prácticamente todo el volumen está destinado a desarticular los facilismos habituales cuando se cantan loas a las nuevas tecnologías y sus impactos sobre la sociedad. Los compiladores son Goncal Mayos, profesor de Filosofía en la Universidad de Barcelona, y Antoni Brey, ingeniero de Telecomunicaciones y autor, entre otros, de El fenómeno Wi-Fi.

El primero de ellos vuelca sus reflexiones principalmente en la web, y ha propuesto el estimulante concepto de "macrofilosofía". Al parecer, según Mayos, dado que sólo la filosofía "parece interesarse por lo común, transversal, interdisciplinario", la macrofilosofía procurará hacerse cargo "de lo subyacente, básico e interdisciplinar en los saberes humanos". Su propósito sería que "la sociedad del `conocimiento` no se deslice hacia la sociedad de la ignorancia o de la incultura".

El problema reside luego en cómo definir esa sociedad ignorante e inculta aludida por el título del libro. Mayos pide prestado el agudo neologismo "infoxicación" para calificar esa nube de vaguedades o simplificaciones que impiden ver que la anhelada "sociedad del conocimiento" es en la práctica "una sociedad de la ignorancia, compuesta por sabios impotentes, expertos productivos encerrados en sus torres de marfil y masas fascinadas y sumidas en la inmediatez compulsiva de un consumismo alienante".

El riesgo de repetir una prédica muy transitada en obras del siglo pasado y del presente, es eludido por los autores de La sociedad de la ignorancia con el aporte de nuevos matices, y el registro acumulativo de fenómenos muy actuales. Por ejemplo, Antoni Brey insiste en que la comunicación humana actual, "la de todos con todos", es una compleja red cuya aparición es equiparable a la del habla, la escritura y la imprenta, con todos los trastornos y oportunidades imaginables que ello acarrea.

Por su parte, Joan Campàs apunta que estamos inmersos en el spam y en el zapping, esa cultura perpetuamente distraída en la que se alcanza rápido el umbral del aburrimiento. Las consecuencias laborales y educativas son evidentes: "Es una cultura en la cual raramente alguien hace una sola cosa a la vez, de manera concentrada y durante un período largo. Es una cultura que de manera creciente se dedica a suministrar contenidos a personas que tienen una capacidad mínima para prestar atención".

En el capítulo que cierra el volumen, se logra condensar y dar cierto vuelo a las advertencias que lo recorren. En "La `sociedad de la incultura`, ¿cara oculta de la `sociedad del conocimiento?`", Mayos se interroga junto a Richard Sennett, acerca de las consecuencias de la "corrosión del carácter" que provocaría el capitalismo avanzado: "¿Cómo pueden perseguirse objetivos a largo plazo en una sociedad a corto plazo? ¿Cómo puede un ser humano desarrollar un relato de su identidad vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos?".

LA SOCIEDAD DE LA IGNORANCIA, de Goncal Mayos y Antoni Brey (editores), Joan Campàs, Daniel Innerarity, Ferran Ruiz y Marina Subirats. Prólogo de Eudald Carbonell. Barcelona, 2011. Ed. Península, 236 págs. Distribuye Océano.

Retazos

LA NUEVA fluidez de la comunicación, a través de Internet, ha permitido superar la unidireccionalidad de los medios del siglo XX y convertirla en bidireccionalidad, en multidireccionalidad, en red. De pronto, la jerarquía que definía la importancia de las voces y de los mensajes emitidos también parece haberse diluido: todos y todas podemos hablar, expresarnos, crear, opinar y comunicar. Y todos los mensajes parecen valer por igual.

La liberación de la creatividad es una fiesta, pero más bien una fiesta de la emoción que de la razón. La exaltación del yo, me, mi, conmigo. Están la s redes, por supuesto. Tejemos más redes que nunca, aquí están las posibilidades de Internet, de los chats, los blogs, los Facebooks, los Twitter, los instrumentos nacidos un mes sí y otro también para hablarnos, informarnos, intercambiar y jugar. Cierto, cierto, y comparto el gozo y la felicidad de encontrar hoteles remotos desde mi casa, compañeros nuevos y amistades antiguas, información sobre la lluvia en Buenos Aires o, al minuto, la foto de la nieta de mi amiga. Lo que no creo es compartir conocimiento. Retazos sí, muchos. Cada vez más.

Están las redes que nos unen. Pero el sentido parece fragmentarse. La creatividad parece llevarnos, de momento, al soliloquio. No deseado, todo lo contrario, impulsado por ansia de compartir. Cada día se crea un ingente número de nuevos blogs, dispuestos a debatir de lo divino y lo humano. ¿Cuánto conocimiento generan, realmente? Si visitáis algunos veréis que, en su mayoría, son como gritos lanzados al vacío. O ecos. El grito se expandió al mundo entero pero no tuvo dónde rebotar. (En La sociedad de la ignorancia, págs. 97-100).

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