Hugo Fontana
LAS IMÁGENES de Barack Obama junto a parte de su gabinete, presenciando en vivo y en directo el ataque de tropas estadounidenses a la casa donde guardaba sus flacos e irascibles huesos Osama Bin Laden, parecen haber inaugurado una nueva forma de testimoniar la guerra. Y de esas mismas imágenes podría desprenderse una serie de hipótesis, a cual de ellas más peregrina. Quizá, dentro de algunos años, el oficio de corresponsal en los frentes de batalla, aquella profesión de la que supieron vanagloriarse escritores del porte de Ernest Hemingway o John Steinbeck, ya no sea necesaria y acabe por desaparecer.
La guerra está siendo transmitida desde el lugar de los hechos y va cambiando de forma. Pero lo que no se modificará jamás es que al día siguiente vencidos y vencedores contarán sus bajas, y que detrás de la palabra "bajas" habrá hombres y mujeres víctimas de la peor estupidez humana.
VEINTE AÑOS. El periodista catalán Plàcid García-Planas (premio de periodismo de investigación Grupo Godó y Grup 62) nació en Sabadell en 1963. Columnista del diario barcelonés La vanguardia, ha cubierto numerosos conflictos, entre ellos los desatados por bosnios, serbios, croatas, albaneses, montenegrinos, afganos, iraquíes, palestinos, judíos, libaneses, talibanes, inmigrantes indocumentados en Francia y caballeros de la alta costura en París, y todo ello en apenas los últimos veinte años. Tal como advirtiera Noam Chomsky, el signo de estos tiempos -y el Departamento de Estado- envuelve con eufemismos las batallas modernas pero ellas siguen tan activas como en la primera mitad del siglo XX o como en el resto de la Historia. Y aunque en sus crónicas García-Planas busque volver protagonistas a detalles en apariencia azarosos o insignificantes, la guerra es la guerra, un escenario donde solo sobrevive el más fuerte.
El presente libro se abre con un capítulo que recorre algunos de los sitios donde, a lo largo de su siniestro mandato, Hitler solía descansar, dictaminar, elaborar estrategias y a veces también ocultarse. En la actual Escuela Superior de Música y Teatro de Munich, donde ahora es frecuente escuchar esa música degenerada llamada jazz, se levantaba hace setenta años la sede central del Partido Nazi, donde el Führer preparó la invasión a los Sudetes, territorios checoeslovacos de habla alemana. En Obersalzberg, lugar de espectacular belleza donde fue escrita la segunda parte de Mi lucha, ahora se levanta un hotel de lujo. Y en la explanada del que fuera el último búnker de Hitler ahora hay un parque y algunos bloques de apartamentos, vestigios de la deprimente arquitectura de la RDA. Por algunos de los senderos que lo cruzan, pueden verse conejos correteando encima de la habitación donde la esposa de Goebbels mandó asesinar con cianuro a sus seis hijos: Helga, Hilde, Helmut, Holde, Hedda y Heide, todos con "h", como el apellido del líder.
En una de las esquinas de Piazzale Loreto, en Milán, donde Benito Mussolini y su amada Claretta Petacci colgaron un día cabeza abajo víctimas de los partisanos, ahora un McDonald`s ofrece sus hamburguesas Big Tasty con papas "vértigo".
Y donde antes flameaba una enorme bandera con su correspondiente esvástica, hoy Penélope Cruz intenta vender un perfume que lleva su nombre.
Simpson en el frente. García-Planas ha ido y venido anotando en una pequeña libreta hallazgos, frases, recuerdos, impresiones ("la mejor manera de escribir la guerra en una crónica es a través de la paradoja y del lirismo", ha confesado en una entrevista). No es Ryszard Kapuscinski: no tiene su estilo ni la caja en la que escribe (reseñas de prensa de unos cinco mil caracteres, transcriptas seguramente sin mayor edición) le permitiría acercarse al aplomo y al brillo del notable periodista polaco. Pero el libro se lee con interés, a veces con asombro, otras con resignación, anécdota tras anécdota.
Un judío ortodoxo se convierte al islamismo tras visitar con entusiasmo algunas páginas de Internet. Vecinos de diferente origen étnico, que vivieron durante décadas en el mismo barrio o ciudad (Belgrado, Kosovo, Sarajevo, Krajina, Vukovar), se despiertan una mañana transformados en enemigos irreconciliables y se destrozan entre ellos. En el Beirut que supo ser próspero en algún cercano tiempo, drusos, cristianos maronitas, musulmanes suníes y chiíes observan atónitos cómo la ciudad que tanto amaron se convierte en un escenario donde cruzan sus devastadores misiles integrantes del Hezbollah apoyados por Irán y soldados del ejército israelí desde sus helicópteros Made in USA. Y entre todo ello, alguien, en una habitación aún impoluta, escucha un concierto de Brahms o los fraseos de un bolero empalagoso y triste.
Cabe preguntarse qué sentido tiene saber que el primer suicida palestino que hizo estallar una bomba en un asentamiento israelí en 2002 llevaba puesta una camiseta del Real Madrid. O que el segundo muchacho que lo hizo llevaba una con los colores del Barcelona. O saber que el cronista encontró el envoltorio plateado de un preservativo entre una docena de oxidados tanques soviéticos, en pleno Kandahar, la capital religiosa de los talibán. O que una tanqueta conducida por el soldado Méndez en el frente kuwaití lleva el nombre de Bart Simpson pintado en uno de sus flancos. Acaso sean noticias irrelevantes las que este volumen nos acerca, pero, de algún incierto modo, revelan que detrás de las barbaridades de una guerra revisten seres humanos con una vida conectada con algunos íconos o conductas de la más sencilla cotidianidad.
JAZZ EN EL DESPACHO DE HITLER. OTRA FORMA DE VER LAS GUERRAS, de Plàcid García-Planas, Península, 2010. Barcelona, 277 págs. Distribuye Océano.
París sin fiesta
EN OCTUBRE de 2005 dos adolescentes franceses de origen magrebí morían electrocutados al intentar huir de una persecución policial. El presidente Jaques Chirac, temiendo una descontrolada revuelta popular, declaró de inmediato el estado de emergencia. Los protagonistas de esa masiva rebelión, que ganaron las calles de París, incendiaron más de diez mil automóviles y fueron brutalmente reprimidos; habían sido, según García-Planas, tildados de "chusma" por el entonces ministro del Interior, un individuo de ascendencia húngara, "bajito como Napoleón, (que) mueve mucho las piernas y desprende una voz serena", y que respondía al sobrenombre de Sarko. Diecisiete meses después de haber comandado y arengado desde su despacho a la policía parisina, Nicolas Sarkozy, Sarko, "arrasaba en las urnas y se convertía en presidente de Francia".