Ma. de los Ángeles González
EL TONO ELEGÍACO y nostálgico de la juventud, la plenitud viril y polierótica y las vacaciones interminables de la burguesía valenciana en sus villas de recreo de los años setenta, es el que predomina en el conjunto de cuentos reunidos por Carlos Marzal (Valencia, 1961). La mitad de ellos recrean la adolescencia omnipotente, el verano y la felicidad, pero a la vez narran un momento de riesgo o derrumbe, el quiebre de la dicha. Una cita de Faulkner ampara el libro (y presta el título): "No hay que sacar conclusiones morales -dijo Stevens- . La gente se limita a hacer las cosas lo mejor que puede.[…]
-Los pobres desgraciados hijos de perra. No te pares. Acelera un poco".
Sin embargo, varios relatos de Marzal se ocupan del instante en que los hechos obligan a parar la carrera, neutralizando la soberbia juvenil. Porque la fuerza, la belleza y la salud no son bienes que se merezcan, y suelen dilapidarse. Como contrapeso del derroche, van apareciendo las ocasiones perdidas y las circunstancias adversas: unas pueden ser banales o trascendentes y las otras duras o trágicas, pero ninguna pasa sin dejar huella.
La conclusión que surge del conjunto es que todos somos "los pobres desgraciados hijos de perra", sometidos a un azar que tuerce las posibilidades: "La juventud y la infancia son las dos edades del hombre que disponen de un clima propio que se fragua al margen del clima de las circunstancias. Cuando uno se convierte en adulto lo hace al ritmo de la música que su destino toca para él. La música del trabajo. La música de su matrimonio. La música de sus hijos. La música de los asuntos que se van dejando en el camino" ("Tierras Hondas").
La muerte (en "Con un poco de suerte" y "Los fundamentos de Noam") y la enfermedad (en "Leche de búfala" y "Siempre tuve palabras") obligan a abandonar el mundo edénico e irresponsable, cuya marca es la inocencia del tiempo. Otros dos relatos prolongan en las canchas de tenis la apuesta a la potencia física de los varones adultos, la esperanza de "mantenerse a flote durante unos instantes más, por seguir soñando, antes de hundirse, con la entelequia de que aún contaban con las fuerzas suficientes como para tener algo que hacer en los campeonatos del club, en las citas nocturnas, en el reparto de los dulces del mundo". Una voz masculina que se expresa sobre la edad, el deseo y el amor es casi atípica en estos tiempos. Y dice que frente a la fragilidad de todo, las palabras ofrecen perdurabilidad, a la vez que informan el mundo. "Hasta que no lo conté a mis amigos no me sentí enamorado hasta el mismo final del pozo del amor. Y descubrí que los hombres somos criaturas narrativas por naturaleza, y que necesitamos la fábula como sustento alimenticio", confiesa el narrador de "Tierras Hondas", uno de los mejores cuentos del volumen que, con "El primer tren de la mañana", rinde culto al héroe solitario, experto en abandonar hermosas mujeres para luego arrepentirse.
En "Intimidad", el enfrentamiento generacional se juega en el campo literario: desde la mirada del viejo escritor, los jóvenes se reconocen por su "brillo de avidez y voracidad contenida en los ojos". Los nuevos tiempos traen "jóvenes muy preparados, muy viajados, muy licenciados y doctorados. Con algo de engreídos de importantes familias, de niños ricos que juegan a la literatura como quien juega al polo". Son nuevas fórmulas para viejos vicios: es el "gremio de los pedantes listos que se saben listos y pedantes, y que están encantados de serlo y saber que lo son. Había conocido a muchos idénticos en distintas generaciones de poetas". Esnobismo y vanidad, pugna entre el éxito y la indignidad de ganar dinero, entre la pureza del arte y el mundo de los premios y la fama, el miedo a convertirse en "un profesional de la escritura" o peor aún, en "un autor prolífico", son cuestiones que se debaten, entre el pudor y el cinismo, en "Una fórmula mágica" y "Medio folio".
LOS POBRES DESGRACIADOS HIJOS DE PERRA, de Carlos Marzal. Tusquets, 2010. Barcelona, 318 págs. Distribuye Urano.