Cambio de envase

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El 28 de enero de 2008, el escritor francés Frédéric Beigbeder fue detenido por esnifar cocaína sobre el capó de un Chrysler negro. Armaba las líneas de coca con una VISA Oro y decía inspirarse en un pasaje nada menos que de Lunar Park de su admirado Bret Easton Ellis, pero igual fue conducido a la comisaría, prontuariado y encerrado un par de días, sin que le valiera de nada esgrimir su condición de literato que, además, aparecía en un programa televisivo.

El incidente no hubiera pretextado mucho más si unas semanas más tarde el hermano mayor de Beigbeder no hubiese sido condecorado con la Legión de Honor al éxito empresarial de manos del propio presidente Nicolas Sarkozy. Era -o hubiera sido, en una lectura muy antigua- como subrayar su condición de oveja negra. Pero de esa contraposición de destinos un escritor se puede hacer cargo fácilmente, y Beigbeder le sacó punta al asunto: inventó una novela.

Una novela francesa (2009) capitaliza el fugaz paso por una prisión parisina de un escritor célebre, ofrecido a sí mismo en una autopsia sentimental que consigna varias heridas: una infancia de la que se reconoce amnésico, el divorcio de sus padres, la rivalidad con un hermano perfecto, sus propios dos divorcios, la crianza de su hija pequeña, etc. La facilidad y/o debilidad de Beigbeder para autobiografiarse hace que apenas use el arte literario del camuflaje; no puede ni quiere esconderse y circula alternadamente como un dandy y un loser de sus propias ficciones.

Lo mostró en 13,99 euros (2000), la novela que lo sacó de la agencia publicitaria Young&Rubicam (mundo que retrata y del que lo despidieron), lo insertó en la literatura con pingües beneficios y le dio la ilusión de ser creador en vez de "creativo". Lo había hecho ya en libros anteriores como El amor dura tres años (1997) con la puntería afinada que da el despecho amoroso. Ahí sacaba lustre a su ingenio verbal y se descolgaba con implacables sentencias sobre ese sentimiento que ya Ambrose Bierce había definido como "insanía temporaria curable mediante el matrimonio".

En Una novela francesa se muestra más a la intemperie, menos protegido por el ácido del desencanto, cede parte del protagonismo a sus bisabuelos y abuelos (héroes de guerra, abnegadas mujeres), romantiza y dramatiza la historia de amor de sus padres, cuestiona pero al fin entroniza la figura fraterna, hace lirismo con la de su hija. Un Beigbeder más dúctil, menos querellante, excepto cuando se mete con el sistema penitenciario y judicial francés quejándose del cercenamiento progresivo de las libertades individuales, y saca las páginas más beigbederianas de esta novela: una impagable charla con el oficial que le toma declaración y un escrache con nombre y apellido al Fiscal de París.

Michel Houellebecq elogia en un medido prólogo la "honestidad" de este libro que se desmarca del Beigbeder habitual, que contiene atisbos de su cinismo y humor sarcástico, pero pasados por el tamiz reflexivo de un ajuste de cuentas moral consigo mismo. Como diciendo: ya no soy el egocéntrico insufrible de mis novelas anteriores, el enfant terrible, el francotirador, etc. Hay dos problemas con este aparente cambio. No conduce a un resultado narrativamente superior (la misma prosa fluida pero también descuidada, inmediatista y fugaz), y proviene de un ex publicitario que sabe de estrategias, y muchas, para mantenerse en la lista del ranking.

UNA NOVELA FRANCESA, de Frédéric Beigbeder. Anagrama, 2011. Barcelona, 213 págs. Distribuye Gussi.

Cocaína

EL POLICÍA teclea todas mis declaraciones en un viejo ordenador. Constato que está tecnológicamente mucho peor equipado que Jack Bauer.

-¿Por qué se droga?- me pregunta.

-Menuda palabrota.

-¿Por qué consume esa sustancia tóxica?

-Búsqueda del placer fugaz. [... ]

-Sólo se hace daño a sí mismo. Usted tiene una hija.

-Comportamiento neurótico. Me he dado cuenta de que me alejo de las personas a las que quiero. Si me presta un diván, le cuento por qué. ¿Dispone usted de tres años?

-No, pero sí de veinticuatro horas, o cuarenta y ocho, o quizá setenta y dos. Puedo prolongar la detención preventiva cuanto sea necesario. Usted es un tipo conocido y da mal ejemplo. Nos podemos permitir ser más severos con usted que con otro.

-Según Michel Foucault, esta idea de la "biopolítica" nace en el siglo XVII, cuando el Estado empieza a poner en cuarentena a los leprosos y los apestados. Sin embargo, Francia es el país de la libertad, lo que me autoriza a reivindicar el Derecho a Quemarme las Alas, el Derecho a Caer Bajo y el Derecho a Buscarme la Perdición. Son derechos humanos que deberían figurar en el preámbulo de la Constitución al mismo nivel que el Derecho a Engañar a la Mujer sin Salir Fotografiado en los Periódicos, el Derecho a Acostarse con una Prostituta, el Derecho a Fumar un Cigarrillo en el Avión o a Beber Whisky en un Plató de Televisión, el Derecho a Hacer el Amor sin Preservativo con Personas que Aceptan Correr el Riesgo, el Derecho a Morir con Dignidad cuando se Sufre una Enfermedad Dolorosamente Incurable, el Derecho a Picar entre Comidas, el Derecho a No Comer Cinco Frutas y Legumbres al Día, el Derecho a Acostarse con una Persona de Dieciséis Años que Consiente en Ello sin que Dicha Persona Presente una Denuncia por Corrupción de Menores al cabo de Cinco Años…. ¿Continúo?

-Nos estamos desviando del tema. La droga es una plaga que da al traste con la vida de centenares de miles de jóvenes que no tienen la misma suerte que usted. Usted ha nacido en una buena familia, se ve que se gana bien la vida y tiene estudios superiores. Usted no puede quejarse.

-¡Ah, no! Usted también con eso…, ¡eso sí que no! ¿O sea que por el hecho de ser un burgués uno no tiene derecho a quejarse? ¡Mierda, he tenido que escuchar eso toda la vida!

-La mayoría de los delincuentes encerrados aquí son muy pobres; me cuesta menos entender por qué van por el mal camino…

-Si todos los ricos fueran felices, el capitalismo tendría razón y su trabajo sería mucho menos interesante. […]

-Yo soy policía, usted escritor. Cada cual a lo suyo. […] Usted intenta analizar las razones de su rebelión nihilista… Es muy libre de hacerlo. […] De todos modos, me pregunto cómo se las arreglará para escribir sobre sus orígenes.

-Ah… ¿y eso?

-Bueno, todo el mundo lo sabe…

-¿Todo el mundo sabe qué?

-Pues que la cocaína hace perder la memoria.

(Tomado de Una novela francesa)

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