Batallas de género

EN 1946 EL Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York mostró por primera vez una retrospectiva de la obra de una artista: Georgia O`Keeffe.

Cuatro décadas más tarde, en 1989, los neoyorquinos se sorprendieron al ver en la ciudad un afiche con un desnudo femenino de Ingres con cabeza de gorila. En el afiche se leía: "¿Deben las mujeres estar desnudas para entrar en el Met. Museum?" y "Menos del cinco por ciento de los artistas en la Sección de Arte Moderno son mujeres, pero el ochenta y cinco por ciento de los desnudos son femeninos". Las responsables de la acción fueron las Guerrilla Girls, un colectivo de artistas feministas que, para mantener el anonimato, usaban cabezas de gorila en sus acciones.

Ese mismo año se realizó en Washington D.C. una marcha por el derecho al aborto libre. El afiche de la convocatoria se basó en una obra de Barbara Kruger: la cara de una mujer joven en blanco y negro, sobre la que se leía (en letras blancas sobre las características bandas rojas de Kruger): "Tu cuerpo es un campo de batalla".

La irrupción del feminismo en el campo del arte en los años 60 y 70 contribuyó a la consolidación del movimiento posmodernista, destacando las cuestiones de género, orientación sexual, y etnicidad. Este surgimiento y apogeo es analizado en el libro Arte y feminismo, editado por Helena Reckitt y Peggy Phelan, revisando obras producidas por artistas de Estados Unidos y Gran Bretaña.

EL COMIENZO. Se preguntaban cual era la posición de la mujer en el área de la producción artística, hasta el momento dominada por una concepción masculina. Una de las precursoras en el uso de motivos claramente "femeninos" fue Alice Neel, que a principios de los 60 pintó desnudos de amigas y conocidas que estaban embarazadas, entre otros Pregnant Maria (1964), en el que se ve a una mujer con abultado vientre sensualmente estirada en una cama. El desnudo femenino había sido usado como motivo durante siglos por artistas hombres, pero nunca de esa forma. Otra pintora que cambió los parámetros en el género del retrato fue Silvia Sleigh, que en la obra Philip Golub reclining (1971) se retrató a sí misma junto al caballete, pintando un desnudo de un joven de delicado rostro y pelo largo que posaba estirado en un sofá. La performance también sirvió como forma para expresar ideas relacionadas a la condición femenina, entre otras Cut Piece (1964) de Yoko Ono, en la que el público iba cortando pedazos de la ropa de la artista con una tijera, y Vagina Painting (1965) de Shigeko Kubota, que realizó un action painting para el que usó un grueso pincel fijado a su ropa interior.

PRÁCTICA Y TEORIA. Durante los años 70 una nueva generación de artistas mujeres cuestionó el trabajo de sus precursoras al afirmar que estaba basado en la "femineidad", lo que contribuía a que el terreno del arte continuara dominado por una visión patriarcal.

Mientras que la mayoría de las artistas feministas estadounidenses se orientaron hacia la práctica, las británicas profundizaron en aspectos teóricos, basándose en obras de pensadores postestructuralistas y posfreudianos como Lacan, y otros investigadores franceses como Derrida y Foucault.

Algunas artistas feministas usaron materiales que tradicionalmente se relacionaban al mundo de la mujer y el hogar, principalmente textiles en forma de patchwork. Miriam Schapiro, también teórica y docente, creó, entre muchas otras, Connection (1976), en la que combinó collage textil y pintura acrílica sobre tela. Otra artista que se inspiró en lo textil fue Joyce Kozloff, con grandes telas como Zenmour (1975). Parte de una tendencia de la que surgiría el llamado pattern painting, movimiento en que también participaron artistas hombres.

Una de las obras de los años 70 que provocó mayor impacto fue The Dinner Party, realizada entre 1974 y 1979 por Judy Chicago. La instalación fue compuesta como una mesa triangular, de unos quince metros de lado, con treinta y nueve platos decorados con iconografías de la vulva (el "núcleo central" femenino según la artista) que conmemoraban mujeres históricas y mitológicas.

No faltó la crítica. Desde sectores conservadores se acusó a las artistas de odiar a los hombres y de ser lesbianas. Dentro del propio movimiento surgieron voces de protesta de artistas pertenecientes a las comunidades afroamericana e hispana. La cubano-estadounidense Ana Mendieta afirmó que el feminismo era un movimiento de mujeres blancas de clase media, a lo que las artistas negras agregaron acusaciones de racismo. The Dinner Party fue criticada porque de las treinta y nueve mujeres sólo una no era blanca.

Pero no todas las creadoras se identificaban con el feminismo. Algunas muy celebradas por la crítica durante los 80 fueron Jenny Holzer, Barbara Kruger, Sherrie Levine y Cindy Sherman. Se definieron como posmodernistas: consideraban que sus obras trascendían el feminismo.

Cindy Sherman fue una precursora de la fotografía, medio que se impuso como herramienta para plantear cuestiones de género. Ya hacia fines de los 70 Sherman había comenzado la serie Fotogramas, en la que "deconstruyó" la visión conservadora de la sociedad estadounidense (especialmente la propagada desde Hollywood) sobre los roles de la mujer. También en fotografía, mostrando las relaciones de poder en situaciones de pareja, destacó Nan Goldin, que incluso se autorretrató después de haber sido golpeada. Varias artistas negras como Carrie Mae Weems y Lorna Simpson siguieron esta línea, pero vinculada a la discriminación racial.

ARTE Y FEMINISMO, de Helena Reckitt y Peggy Phelan. Phaidon Press Limited, 2010. Londres, 204 págs. Distribuye Océano.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar